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1. Ahora tornemos al propósito. Esta quietud y recogimiento
del alma es cosa que se siente mucho en la satisfacción y paz
que en ella se pone, con grandísimo contento y sosiego de las
potencias y muy suave deleite. Parécele como no ha llegado a más que
no le queda qué desear y que de buena gana diría con San Pedro que
fuese allí su morada. No osa bullirse ni menearse, que de
entre las manos le parece se le ha de ir aquel bien; ni resolgar
algunas veces no querría. No entiende la pobrecita que, pues
ella por sí no pudo nada para traer a sí aquel bien, que menos podrá
detenerle más de lo que el Señor quisiere.
Ya he dicho que en este primer recogimiento y quietud no faltan las
potencias del alma, mas está tan satisfecha con Dios que
mientras aquello dura, aunque las dos potencias se desbaraten,
como la voluntad está unida con Dios, no se pierde la quietud y el
sosiego, antes ella poco a poco torna a recoger el entendimiento y
memoria. Porque, aunque ella aún no está de todo punto engolfada,
está tan bien ocupada sin saber cómo, que por mucha diligencia que
ellas pongan, no la pueden quitar su contento y gozo, antes muy sin
trabajo se va ayudando para que esta centellica de amor de Dios no se
apague.
2. Plega a Su Majestad me dé gracia para que yo dé esto a
entender bien, porque hay muchas, muchas almas que llegan a
este estado y pocas las que pasan adelante, y no sé quién tiene la
culpa. A buen seguro que no falta Dios, que ya que Su Majestad
hace merced que llegue a este punto, no creo cesará de hacer muchas
más, si no fuese por nuestra culpa. Y va mucho en que el alma que
llega aquí conozca la dignidad grande en que está y la gran merced que
le ha hecho el Señor y cómo de buena razón no había de ser de la
tierra, porque ya parece la hace su bondad vecina del cielo, si no
queda por su culpa; y desventurada será si torna atrás. Yo pienso
será para ir hacia abajo, como yo iba, si la misericordia del Señor
no me tornara. Porque, por la mayor parte, será por graves culpas,
a mi parecer, ni es posible dejar tan gran bien sin gran ceguedad de
mucho mal.
3. Y así ruego yo, por amor del Señor, a las almas a quien Su
Majestad ha hecho tan gran merced de que lleguen a este estado, que se
conozcan y tengan en mucho, con una humilde y santa presunción para no
tornar a las ollas de Egipto Y si por su flaqueza y maldad y
ruin y miserable natural cayeren, como yo hice, siempre tengan delante
el bien que perdieron, y tengan sospecha y anden con temor (que tienen
razón de tenerle) que, si no tornan a la oración, han de ir de mal
en peor. Que ésta llamo yo verdadera caída, la que aborrece el
camino por donde ganó tanto bien, y con estas almas hablo; que no
digo que no han de ofender a Dios y caer en pecados, aunque sería
razón se guardase mucho de ellos quien ha comenzado a recibir estas
mercedes, mas somos miserables. Lo que aviso mucho es que no deje la
oración, que allí entenderá lo que hace y ganará arrepentimiento
del Señor y fortaleza para levantarse; y crea que, si de ésta se
aparta, que lleva, a mi parecer, peligro. No sé si entiendo lo que
digo, porque como he dicho juzgo por mí...
4. Es, pues, esta oración una centellica que comienza el Señor a
encender en el alma del verdadero amor suyo, y quiere que el alma vaya
entendiendo qué cosa es este amor con regalo, esta quietud y
recogimiento y centellica, si es espíritu de Dios y no gusto dado del
demonio o procurado por nosotros. Aunque a quien tiene experiencia es
imposible no entender luego que no es cosa que se puede adquirir, sino
que este natural nuestro es tan ganoso de cosas sabrosas que
todo lo prueba. Mas quédase muy en frío bien en breve, porque, por
mucho que quiera comenzar a hacer arder el fuego para alcanzar este
gusto, no parece sino que le echa agua para matarle. Pues
esta centellica puesta por Dios, por pequeñita que es, hace mucho
ruido, y si no la mata por su culpa, ésta es la que comienza a
encender el gran fuego que echa llamas de sí, como diré en su lugar,
del grandísimo amor de Dios que hace Su Majestad tengan
las almas perfectas.
5. Es esta centella una señal o prenda que da Dios a esta alma de
que la escoge ya para grandes cosas, si ella se apareja para
recibirlas. Es gran don, mucho más de lo que yo podré decir.
Esme gran lástima, porque como digo conozco muchas almas que
llegan aquí, y que pasen de aquí como han de pasar, son tan pocas,
que se me hace vergüenza decirlo. No digo yo que hay pocas,
que muchas debe haber, que por algo nos sustenta Dios. Digo lo que
he visto. Querríalas mucho avisar que miren no escondan el talento,
pues que parece las quiere Dios escoger para provecho de otras muchas,
en especial en estos tiempos que son menester amigos fuertes de Dios
para sustentar los flacos. Y los que esta merced conocieren en sí,
ténganse por tales, si saben responder con las leyes que aun
la buena amistad del mundo pide; y si no como he dicho, teman
y hayan miedo no se hagan a sí mal y ¡plega a Dios sea a sí solos!
6. Lo que ha de hacer el alma en los tiempos de esta quietud, no es
más de con suavidad y sin ruido. Llamo «ruido» andar con el
entendimiento buscando muchas palabras y consideraciones para dar
gracias de este beneficio y amontonar pecados suyos y faltas para ver
que no lo merece. Todo esto se mueve aquí, y representa el
entendimiento, y bulle la memoria, que cierto estas potencias a mí me
cansan a ratos, que con tener poca memoria no la puedo sojuzgar. La
voluntad, con sosiego y cordura, entienda que no se negocia bien con
Dios a fuerza de brazos, y que éstos son unos leños grandes
puestos sin discreción para ahogar esta centella, y conózcalo y con
humildad diga: «Señor, ¿qué puedo yo aquí? ¿Qué tiene que
ver la sierva con el Señor, y la tierra con el cielo?», o palabras
que se ofrecen aquí de amor, fundada mucho en conocer que es verdad lo
que dice, y no haga caso del entendimiento, que es un moledor.
Y si ella le quiere dar parte de lo que goza, o trabaja por
recogerle, que muchas veces se verá en esta unión de la voluntad y
sosiego, y el entendimiento muy desbaratado, y vale más que
le deje que no que vaya ella tras él, digo la voluntad, sino estése
ella gozando de aquella merced y recogida como sabia abeja; porque si
ninguna entrase en la colmena, sino que por traerse unas a otras se
fuesen todas, mal se podría labrar la miel.
7. Así que perderá mucho el alma si no tiene aviso en esto; en
especial si es el entendimiento agudo, que cuando comienza a ordenar
pláticas y buscar razones, en tantito, si son bien dichas,
pensará hace algo. La razón que aquí ha de haber es entender claro
que no hay ninguna para que Dios nos haga tan gran merced, sino sola
su bondad, y ver que estamos tan cerca, y pedir a Su Majestad
mercedes y rogarle por la Iglesia y por los que se nos han encomendado
y por las ánimas de purgatorio, no con ruido de palabras, sino con
sentimiento de desear que nos oiga. Es oración que comprende mucho y
se alcanza más que por mucho relatar el entendimiento. Despierte en
sí la voluntad algunas razones que de la misma razón se representarán
de verse tan mejorada, para avivar este amor, y haga algunos actos
amorosos de qué hará por quien tanto debe, sin como he dicho
admitir ruido del entendimiento a que busque grandes cosas. Más hacen
aquí al caso unas pajitas puestas con humildad (y menos serán que
pajas, si las ponemos nosotros) y más le ayudan a encender, que no
mucha leña junta de razones muy doctas, a nuestro parecer,
que en un credo la ahogarán.
Esto es bueno para los letrados que me lo mandan escribir; porque,
por la bondad de Dios, todos llegan aquí, y podrá ser se les vaya
el tiempo en aplicar Escrituras. Y aunque no les dejarán de
aprovechar mucho las letras antes y después, aquí en estos ratos de
oración poca necesidad hay de ellas, a mi parecer, si no es para
entibiar la voluntad; porque el entendimiento está entonces, de verse
cerca de la luz, con grandísima claridad, que aun yo, con ser la que
soy, parezco otra.
8. Y es así que me ha acaecido estando en esta quietud, con no
entender casi cosa que rece en latín, en especial del Salterio, no
sólo entender el verso en romance, sino pasar adelante en regalarme de
ver lo que el romance quiere decir.
Dejemos si hubiesen de predicar o enseñar, que entonces bien es
ayudarse de aquel bien para ayudar a los pobres de poco saber, como
yo, que es gran cosa la caridad y este aprovechar almas siempre, yendo
desnudamente por Dios.
Así que en estos tiempos de quietud, dejar descansar el alma
con su descanso. Quédense las letras a un cabo. Tiempo vendrá que
aprovechen al Señor y las tengan en tanto, que por ningún tesoro
quisieran haberlas dejado de saber, sólo para servir a Su Majestad,
porque ayudan mucho. Mas delante de la Sabiduría infinita, créanme
que vale más un poco de estudio de humildad y un acto de ella, que
toda la ciencia del mundo. Aquí no hay que argüir, sino
que conocer lo que somos con llaneza, y con simpleza representarnos
delante de Dios, que quiere se haga el alma boba, como a la verdad lo
es delante de su presencia, pues Su Majestad se humilla
tanto que la sufre cabe sí siendo nosotros lo que somos.
9. También se mueve el entendimiento a dar gracias muy compuestas;
mas la voluntad, con sosiego, con un no osar alzar los ojos con el
publicano, hace más hacimiento de gracias que cuanto el
entendimiento, con trastornar la retórica, por ventura puede hacer.
En fin, aquí no se ha de dejar del todo la oración mental
ni algunas palabras aun vocales, si quisieren alguna vez o pudieren;
porque, si la quietud es grande, puédese mal hablar, si no es con
mucha pena.
Siéntese, a mi parecer, cuándo es espíritu de Dios, o procurado
de nosotros con comienzo de devoción que da Dios y queremos como he
dicho pasar nosotros a esta quietud de la voluntad: no hace
efecto ninguno, acábase presto, deja sequedad.
10. Si es del demonio, alma ejercitada paréceme lo entenderá;
porque deja inquietud y poca humildad y poco aparejo para los efectos
que hace el de Dios. No deja luz en el entendimiento ni firmeza en la
verdad. Puede hacer aquí poco daño o ninguno, si el alma
endereza su deleite y suavidad, que allí siente, a Dios, y poner en
El sus pensamientos y deseos, como queda avisado; no puede ganar nada
el demonio, antes permitirá Dios que con el mismo deleite que causa
en el alma pierda mucho; porque éste ayudará a que el alma, como
piense que es Dios, venga muchas veces a la oración con codicia de
El; y si es alma humilde y no curiosa ni interesal de deleites,
aunque sean espirituales, sino amiga de cruz, hará poco caso del
gusto que da el demonio; lo que no podrá así hacer si es espíritu de
Dios, sino tenerlo en muy mucho. Mas cosa que pone el demonio, como
él es todo mentira, con ver que el alma con el gusto y
deleite se humilla (que en esto ha de tener mucho: en todas las cosas
de oración y gustos procurar salir humilde), no tornará muchas veces
el demonio, viendo su pérdida.
11. Por esto y por otras muchas cosas, avisé yo en el primer modo
de oración, en la primera agua, que es gran negoción
comenzar las almas oración comenzándose a desasir de todo género de
contentos, y entrar determinadas a sólo ayudar a llevar la cruz a
Cristo, como buenos caballeros que sin sueldo quieren servir a su
rey, pues le tienen bien seguro. Los ojos en el verdadero y perpetuo
reino que pretendemos ganar. Es muy gran cosa traer esto siempre
delante, en especial en los principios; que después tanto se ve claro,
que antes es menester olvidarlo para vivir, que procurarlo:
traer a la memoria lo poco que dura todo y cómo no es todo nada y en lo
nonada que se ha de estimar el descanso.
12. Parece que esto es cosa muy baja, y así es verdad, que los
que están adelante en más perfección tendrían por afrenta y entre
sí se correrían si pensasen que porque se han de acabar los
bienes de este mundo los dejan, sino que, aunque durasen para
siempre, se alegran de dejarlos por Dios. Y mientras más perfectos
fueren, más; y mientras más duraren, más. Aquí en estos está
ya crecido el amor, y él es el que obra. Mas a los que comienzan
esles cosa importantísima, y no lo tengan por bajo, que es gran bien
el que se gana, y por eso lo aviso tanto; que les será menester, aun
a los muy encumbrados en oración, algunos tiempos que los quiere Dios
probar, y parece que Su Majestad los deja. Que, como ya he dicho
y no querría esto se olvidase, en esta vida que vivimos no
crece el alma como el cuerpo, aunque decimos que sí, y de verdad
crece. Mas un niño, después que crece y echa gran cuerpo y ya le
tiene de hombre, no torna a descrecer y a tener pequeño cuerpo; acá
quiere el Señor que sí, a lo que yo he visto por mí, que no lo sé
por más. Debe ser por humillarnos para nuestro gran bien y
para que no nos descuidemos mientras estuviéremos en este destierro,
pues el que más alto estuviere, más se ha de temer y fiar menos de
sí. Vienen veces que es menester, para librarse de ofender a Dios
estos que ya están tan puesta su voluntad en la suya, que por no hacer
una imperfección se dejarían atormentar y pasarían mil muertes, que
para no hacer pecados según se ven combatidos de tentaciones y
persecuciones sea menester aprovecharse de las primeras armas de la
oración y tornen a pensar que todo se acaba y que hay cielo e infierno
y otras cosas de esta suerte.
13. Pues tornando a lo que decía, gran fundamento es,
para librarse de los ardides y gustos que da el demonio, el comenzar
con determinación de llevar camino de cruz desde el principio y no los
desear, pues el mismo Señor mostró ese camino de perfección
diciendo: Toma tu cruz y sígueme. El es nuestro dechado;
no hay que temer quien por sólo contentarle siguiere sus consejos.
14. En el aprovechamiento que vieren en sí entenderán que no es
demonio; que, aunque tornen a caer, queda una señal de que estuvo
allí el Señor, que es levantarse presto, y éstas que ahora diré:
cuando es espíritu de Dios, no es menester andar rastreando cosas
para sacar humildad y confusión, porque el mismo Señor la da de
manera bien diferente de la que nosotros podemos ganar con nuestras
consideracioncillas, que no son nada en comparación de una verdadera
humildad con luz que enseña aquí el Señor, que hace una confusión
que hace deshacer. Esto es cosa muy conocida, el
conocimiento que da Dios para que conozcamos que ningún bien tenemos
de nosotros, y mientras mayores mercedes, más.
Pone un gran deseo de ir adelante en la oración y no la dejar por
ninguna cosa de trabajo que le pudiese suceder.
A todo se ofrece.
Una seguridad, con humildad y temor, de que ha de salvarse.
Echa luego el temor servil del alma y pónele el fiel temor muy más
crecido.
Ve que se le comienza un amor con Dios muy sin interés suyo.
Desea ratos de soledad para gozar más de aquel bien.
15. En fin, por no me cansar, es un principio de todos los
bienes, un estar ya las flores en término que no les falta casi nada
para brotar. Y esto verá muy claro el alma, y en ninguna manera por
entonces se podrá determinar a que no estuvo Dios con ella, hasta que
se torna a ver con quiebras e imperfecciones, que entonces todo lo
teme. Y es bien que tema. Aunque almas hay que les aprovecha más
creer cierto que es Dios, que todos los temores que la puedan poner;
porque, si de suyo es amorosa y agradecida, más la hace tornar a
Dios la memoria de la merced que la hizo, que todos los castigos del
infierno que la representen. Al menos la mía, aunque tan ruin, esto
me acaecía.
16. Porque las señales del buen espíritu se irán diciendo, mas
como a quien le cuestan muchos trabajos sacarlas en limpio, no las digo
ahora aquí. Creo, con el favor de Dios, en esto atinaré algo;
porque, dejado la experiencia en que he mucho entendido, sélo de
algunos letrados muy letrados y personas muy santas, a quien es razón
se dé crédito, y no anden las almas tan fatigadas, cuando llegaren
aquí por la bondad del Señor, como yo he andado.
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