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1. Razonablemente está dicho de este modo de oración y lo que ha de
hacer el alma o, por mejor decir, hace Dios en ella, que es el que
toma ya el oficio de hortelano y quiere que ella huelgue. Sólo
consiente la voluntad en aquellas mercedes que goza. Y se ha de
ofrecer a todo lo que en ella quisiere hacer la verdadera sabiduría,
porque es menester ánimo, cierto. Porque es tanto el gozo, que
parece algunas veces no queda un punto para acabar el ánima de salir de
este cuerpo. ¡Y qué venturosa muerte sería!
2. Aquí me parece viene bien, como a vuestra merced se dijo,
dejarse del todo en los brazos de Dios. Si quiere llevarla
al cielo, vaya; si al infierno, no tiene pena, como vaya con su
Bien; si acabar del todo la vida, eso quiere; si que viva mil
años, también. Haga Su Majestad como de cosa propia; ya no es
suya el alma de sí misma; dada está del todo al Señor; descuídese
del todo.
Digo que en tan alta oración como ésta, que cuando la da Dios al
alma puede hacer todo esto. Y mucho más que éstos son sus efectos.
Y entiende que lo hace sin ningún cansancio del entendimiento. Sólo
me parece está como espantada de ver cómo el Señor hace tan
buen hortelano y no quiere que tome él trabajo ninguno, sino que se
deleite en comenzar a oler las flores; que en una llegada de éstas,
por poco que dure, como es tal el hortelano, en fin criador del agua,
dala sin medida, y lo que la pobre del alma con trabajo por ventura
de veinte años de cansar el entendimiento no ha podido
acaudalar, hácelo este hortelano celestial en un punto, y
crece la fruta y madúrala de manera que se puede sustentar de su
huerto, queriéndolo el Señor. Mas no le da licencia que reparta la
fruta, hasta que él esté tan fuerte con lo que ha comido de ella,
que no se le vaya en gustaduras y no dándole nada de provecho ni
pagándosela a quien la diere, sino que los mantenga y dé de
comer a su costa, y quedarse ha él por ventura muerto de hambre.
Esto bien entendido va para tales entendimientos, y sabránlo
aplicar mejor que yo lo sabré decir, y cánsome.
3. En fin, es que las virtudes quedan ahora más fuertes que en la
oración de quietud pasada, que el alma no las puede ignorar,
porque se ve otra y no sabe cómo. Comienza a obrar grandes cosas con
el olor que dan de sí las flores, que quiere el Señor se abran para
que ella vea que tiene virtudes, aunque ve muy bien que no las
podía ella ni ha podido ganar en muchos años, y que en aquello
poquito el celestial hortelano se las dio. Aquí es muy mayor la
humildad y más profunda que al alma queda, que en lo pasado; porque
ve más claro que poco ni mucho hizo, sino consentir que la hiciese el
Señor mercedes y abrazarlas la voluntad.
Paréceme este modo de oración unión muy conocida de toda el alma con
Dios, sino que parece quiere Su Majestad dar licencia a las
potencias para que entiendan y gocen de lo mucho que obra allí.
4. Acaece algunas y muy muchas veces, estando unida la voluntad
(para que vea vuestra merced puede ser esto, y lo entienda cuando lo
tuviere; al menos a mí trájome tonta, y por eso lo digo aquí),
vese claro y entiéndese que está la voluntad atada y
gozando; digo que «se ve claro», y en mucha quietud está sola la
voluntad, y está por otra parte el entendimiento y memoria
tan libres, que pueden tratar en negocios y entender en obras de
caridad.
Esto, aunque parece todo uno, es diferente de la oración de quietud
que dije, en parte, porque allí está el alma que no se
querría bullir ni menear, gozando en aquel ocio santo de María; en
esta oración puede también ser Marta. Así que está casi
obrando juntamente en vida activa y contemplativa, y entender en obras
de caridad y negocios que convengan a su estado, y leer, aunque no del
todo están señores de sí, y entienden bien que está la mejor parte
del alma en otro cabo. Es como si estuviésemos hablando con uno y por
otra parte nos hablase otra persona, que ni bien estaremos en lo uno ni
bien en lo otro.
Es cosa que se siente muy claro y da mucha satisfacción y contento
cuando se tiene, y es muy gran aparejo para que, en teniendo tiempo de
soledad o desocupación de negocios, venga el alma a muy sosegada
quietud. Es un andar como una persona que está en sí satisfecha,
que no tiene necesidad de comer, sino que siente el estómago
contento, de manera que no a todo manjar arrostraría; mas no tan
harta que, si los ve buenos, deje de comer de buena gana. Así, no
le satisface ni querría entonces contento del mundo, porque en sí
tiene el que le satisface más: mayores contentos de Dios, deseos de
satisfacer su deseo, de gozar más, de estar con El. Esto es lo que
quiere.
5. Hay otra manera de unión, que aún no es entera unión, mas es
más que la que acabo de decir, y no tanto como la que se ha dicho de
esta tercera agua.
Gustará vuestra merced mucho, de que el Señor se las dé todas si
no las tiene ya, de hallarlo escrito y entender lo que es. Porque una
merced es dar el Señor la merced, y otra es entender qué merced es y
qué gracia, otra es saber decirla y dar a entender cómo es.
Y aunque no parece es menester más de la primera, para no andar el
alma confusa y medrosa e ir con más ánimo por el camino del Señor
llevando debajo de los pies todas las cosas del mundo, es gran provecho
entenderlo y merced; que por cada una es razón alabe mucho al Señor
quien la tiene, y quien no, porque la dio Su Majestad a alguno de
los que viven, para que nos aprovechase a nosotros.
Ahora pues, acaece muchas veces esta manera de unión que quiero decir
(en especial a mí, que me hace Dios esta merced de esta suerte muy
muchas), que coge Dios la voluntad y aun el entendimiento, a mi
parecer, porque no discurre, sino está ocupado gozando de Dios,
como quien está mirando y ve tanto que no sabe hacia dónde mirar; uno
por otro se le pierde de vista, que no dará señas de cosa. La
memoria queda libre, y junto con la imaginación debe ser; y
ella, como se ve sola, es para alabar a Dios la guerra que da y cómo
procura desasosegarlo todo. A mí cansada me tiene y aborrecida la
tengo, y muchas veces suplico al Señor, si tanto me ha de estorbar,
me la quite en estos tiempos. Alguna veces le digo: «¿Cuándo, mi
Dios, ha de estar ya toda junta mi alma en vuestra alabanza y no hecha
pedazos, sin poder valerse a sí?». Aquí veo el mal que nos causa
el pecado, pues así nos sujetó a no hacer lo que queremos de estar
siempre ocupados en Dios.
6. Digo que me acaece a veces y hoy ha sido la una, y así
lo tengo bien en la memoria que veo deshacerse mi alma, por verse junta
donde está la mayor parte, y ser imposible, sino que le da
tal guerra la memoria e imaginación que no la dejan valer; y como
faltan las otras potencias, no valen, aun para hacer mal, nada.
Harto hacen en desasosegar. Digo «para hacer mal», porque no
tienen fuerza ni paran en un ser. Como el entendimiento no la
ayuda poco ni mucho a lo que le representa, no para en nada, sino de
uno en otro, que no parece sino de estas maripositas de las noches,
importunas y desasosegadas: así anda de un cabo a otro. En extremo
me parece le viene al propio esta comparación, porque aunque no tiene
fuerza para hacer ningún mal, importuna a los que la ven.
Para esto no sé qué remedio haya, que hasta ahora no me le ha dado
Dios a entender; que de buena gana le tomaría para mí, que me
atormenta, como digo, muchas veces. Represéntase aquí
nuestra miseria, y muy claro el gran poder de Dios; pues ésta, que
queda suelta, tanto nos daña y nos cansa, y las otras que están con
Su Majestad, el descanso que nos dan.
7. El postrer remedio que he hallado, a cabo de haberme fatigado
hartos años, es lo que dije en la oración de quietud: que
no se haga caso de ella más que de un loco, sino dejarla con su tema,
que sólo Dios se la puede quitar; y, en fin, aquí por esclava
queda. Hémoslo de sufrir con paciencia, como hizo Jacob a Lía,
porque harta merced nos hace el Señor que gocemos de Raquel.
Digo que «queda esclava», porque, en fin, no puede por
mucho que haga traer a sí las otras potencias; antes ellas, sin
ningún trabajo, la hacen venir muchas veces a sí. Algunas, es
Dios servido de haber lástima de verla tan perdida y desasosegada,
con deseo de estar con las otras, y consiéntela Su Majestad se queme
en el fuego de aquella vela divina, donde las otras están ya hechas
polvo, perdido su ser natural, casi estando sobrenatural,
gozando tan grandes bienes.
8. En todas estas maneras que de esta postrera agua de fuente he
dicho, es tan grande la gloria y descanso del alma, que muy
conocidamente aquel gozo y deleite participa de él el cuerpo, y esto
muy conocidamente, y quedan tan crecidas las virtudes como he dicho.
Parece ha querido el Señor declarar estos estados en que se ve el
alma, a mi parecer, lo más que acá se puede dar a
entender. Trátelo vuestra merced con persona espiritual que
haya llegado aquí y tenga letras. Si le dijere que está bien, crea
que se lo ha dicho Dios y téngalo en mucho a Su Majestad; porque,
como he dicho, andando el tiempo se holgará mucho de entender
lo que es, mientras no le diere la gracia (aunque se la dé de
gozarlo) para entenderlo. Como le haya dado Su Majestad la primera,
con su entendimiento y letras lo entenderá por aquí.
Sea alabado por todos los siglos de los siglos por todo, amén.
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