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1. El Señor me enseñe palabras cómo se pueda decir algo de la
cuarta agua. Bien es menester su favor, aun más que para la
pasada; porque en ella aún siente el alma no está muerta del
todo, que así lo podemos decir, pues lo está al mundo; mas, como
dije, tiene sentido para entender que está en él y sentir su
soledad, y aprovéchase de lo exterior para dar a entender lo que
siente, siquiera por señas.
En toda la oración y modos de ella que queda dicho, alguna cosa
trabaja el hortelano; aunque en estas postreras va el trabajo
acompañado de tanta gloria y consuelo del alma, que jamás querría
salir de él, y así no se siente por trabajo, sino por gloria.
Acá no hay sentir, sino gozar sin entender lo que se goza.
Entiéndese que se goza un bien, adonde juntos se encierran todos los
bienes, mas no se comprende este bien. Ocúpanse todos los sentidos
en este gozo, de manera que no queda ninguno desocupado para poder
en otra cosa, exterior ni interiormente.
Antes dábaseles licencia para que, como digo, hagan algunas muestras
del gran gozo que sienten; acá el alma goza más sin comparación, y
puédese dar a entender muy menos, porque no queda poder en el cuerpo,
ni el alma le tiene para poder comunicar aquel gozo. En aquel tiempo
todo le sería gran embarazo y tormento y estorbo de su descanso; y
digo que si es unión de todas las potencias, que, aunque quiera
estando en ello digo no puede, y si puede, ya no es unión.
2. El cómo es ésta que llaman unión y lo que es, yo no lo
sé dar a entender. En la mística teología se declara, que yo los
vocablos no sabré nombrarlos, ni sé entender qué es mente, ni qué
diferencia tenga del alma o espíritu tampoco; todo me parece
una cosa, bien que el alma alguna vez sale de sí misma, a manera de
un fuego que está ardiendo y hecho llama, y algunas veces crece este
fuego con ímpetu; esta llama sube muy arriba del fuego, mas no por
eso es cosa diferente, sino la misma llama que está en el fuego.
Esto vuestras mercedes lo entenderán que yo no lo sé más decir con
sus letras. Lo que yo pretendo declarar es qué siente el
alma cuando está en esta divina unión.
3. Lo que es unión ya se está entendido, que es dos cosas divisas
hacerse una. ¡Oh Señor mío, qué bueno sois! ¡Bendito seáis
para siempre! ¡Alaben os, Dios mío, todas las cosas, que así
nos amasteis, de manera que con verdad podamos hablar de esta
comunicación que aun en este destierro tenéis con las almas!; y aun
con las que son buenas es gran largueza y magnanimidad. En fin,
vuestra, Señor mío, que dais como quien sois. ¡Oh largueza
infinita, cuán magníficas son vuestras obras! Espanta a
quien no tiene ocupado el entendimiento en cosas de la tierra, que no
tenga ninguno para entender verdades. Pues que hagáis a almas que
tanto os han ofendido mercedes tan soberanas, cierto, a mí me acaba
el entendimiento, y cuando llego a pensar en esto, no puedo
ir adelante. ¿Dónde ha de ir que no sea tornar atrás? Pues daros
gracias por tan grandes mercedes, no sabe cómo. Con decir disparates
me remedio algunas veces.
4. Acaéceme muchas, cuando acabo de recibir estas mercedes o me las
comienza Dios a hacer (que estando en ellas ya he dicho que no hay
poder hacer nada), decir: «Señor, mirad lo que hacéis, no
olvidéis tan presto tan grandes males míos; ya que para perdonarme lo
hayáis olvidado, para poner tasa en las mercedes os suplico se os
acuerde. No pongáis, Criador mío, tan precioso licor en vaso tan
quebrado, pues habéis ya visto de otras veces que le torno a
derramar. No pongáis tesoro semejante adonde aún no está como ha de
estar perdida del todo la codicia de consolaciones de la vida, que lo
gastará mal gastado. ¿Cómo dais la fuerza de esta ciudad y llaves
de la fortaleza de ella a tan cobarde alcaide, que al primer combate de
los enemigos los deja entrar dentro? No sea tanto el amor, oh Rey
eterno, que pongáis en aventura joyas tan preciosas. Parece,
Señor mío, se da ocasión para que se tengan en poco, pues las
ponéis en poder de cosa tan ruin, tan baja, tan flaca y miserable, y
de tan poco tomo, que ya que trabaje por no las perder con vuestro
favor (y no es menester pequeño, según yo soy), no puede dar con
ellas a ganar a nadie; en fin, mujer, y no buena, sino ruin.
Parece que no sólo se esconden los talentos, sino que se entierran,
en ponerlos en tierra tan astrosa. No soléis Vos hacer,
Señor, semejantes grandezas y mercedes a un alma, sino para que
aproveche a muchas. Ya sabéis, Dios mío, que de toda voluntad y
corazón os lo suplico y he suplicado algunas veces, y tengo por bien
de perder el mayor bien que se posee en la tierra, por que las hagáis
Vos a quien con este bien más aproveche, porque crezca vuestra
gloria».
5. Estas y otras cosas me ha acaecido decir muchas veces. Veía
después mi necedad y poca humildad. Porque bien sabe el Señor lo
que conviene, y que no había fuerzas en mi alma para salvarse, si Su
Majestad con tantas mercedes no se las pusiera.
6. También pretendo decir las gracias y efectos que quedan en el
alma, y qué es lo que puede de suyo hacer, o si es parte
para llegar a tan gran estado.
7. Acaece venir este levantamiento de espíritu o juntamiento con el
amor celestial: que, a mi entender, es diferente la unión del
levantamiento en esta misma unión. A quien no lo hubiere
probado lo postrero, parecerle ha que no; y a mi parecer,
que con ser todo uno, obra el Señor de diferente manera; y en el
crecimiento del desasir de las criaturas, más mucho en el vuelo del
espíritu. Yo he visto claro ser particular merced, aunque, como
digo, sea todo uno o lo parezca; mas un fuego pequeño también es
fuego como un grande, y ya se ve la diferencia que hay de lo uno a lo
otro: en un fuego pequeño, primero que un hierro pequeño se hace
ascua, pasa mucho espacio; mas si el fuego es grande, aunque sea
mayor el hierro, en muy poquito pierde del todo su ser, al parecer.
Así me parece es en estas dos maneras de mercedes del
Señor, y sé que quien hubiere llegado a arrobamientos lo entenderá
bien. Si no lo ha probado, parecerle ha desatino, y ya puede ser;
porque querer una como yo hablar en una cosa tal y dar a entender algo
de lo que parece imposible aun haber palabras con que lo comenzar,
no es mucho que desatine.
8. Mas creo esto del Señor (que sabe Su Majestad que, después
de obedecer, es mi intención engolosinar las almas de un bien tan
alto) que me ha en ello de ayudar. No diré cosa que no la haya
experimentado mucho. Y es así que cuando comencé esta
postrera agua a escribir, que me parecía imposible saber tratar cosa
más que hablar en griego, que así es ello dificultoso. Con esto,
lo dejé y fui a comulgar. ¡Bendito sea el Señor que así favorece
a los ignorantes! ¡Oh virtud de obedecer, que todo lo puedes!:
aclaró Dios mi entendimiento, unas veces con palabras y otras
poniéndome delante cómo lo había de decir, que, como hizo en la
oración pasada, Su Majestad parece quiere decir lo que yo
no puedo ni sé.
Esto que digo es entera verdad, y así lo que fuere bueno es suya la
doctrina; lo malo, está claro es del piélago de los males, que soy
yo. Y así, digo que si hubiere personas que hayan llegado a las
cosas de oración que el Señor ha hecho merced a esta miserable que
debe haber muchas y quisiesen tratar estas cosas conmigo,
pareciéndoles descaminadas, que ayudara el Señor a su sierva para
que saliera con su verdad adelante.
9. Ahora, hablando de esta agua que viene del cielo para con su
abundancia henchir y hartar todo este huerto de agua, si nunca dejara,
cuando lo hubiera menester, de darlo el Señor, ya se ve qué
descanso tuviera el hortelano. Y a no haber invierno, sino ser
siempre el tiempo templado, nunca faltaran flores y frutas; ya se ve
qué deleite tuviera; mas mientras vivimos es imposible: siempre ha de
haber cuidado de cuando faltare la una agua procurar la otra.
Esta del cielo viene muchas veces cuando más descuidado está el
hortelano. Verdad es que a los principios casi siempre es después de
larga oración mental, que de un grado en otro viene el Señor a tomar
esta avecita y ponerla en el nido para que descanse. Como la
ha visto volar mucho rato, procurando con el entendimiento y voluntad y
con todas sus fuerzas buscar a Dios y contentarle, quiérela dar el
premio aun en esta vida. ¡Y qué gran premio!, que basta un momento
para quedar pagados todos los trabajos que en ella puede haber.
10. Estando así el alma buscando a Dios, siente con un deleite
grandísimo y suave casi desfallecer toda con una manera de desmayo que
le va faltando el huelgo y todas las fuerzas corporales, de
manera que, si no es con mucha pena, no puede aun menear las manos;
los ojos se le cierran sin quererlos cerrar, o si los tiene abiertos,
no ve casi nada; ni, si lee, acierta a decir letra, ni casi atina a
conocerla bien; ve que hay letra, mas, como el entendimiento no
ayuda, no la sabe leer aunque quiera; oye, mas no entiende lo que
oye. Así que de los sentidos no se aprovecha nada, si no es para no
la acabar de dejar a su placer; y así antes la dañan. Hablar es por
demás, que no atina a formar palabra, ni hay fuerza, ya que
atinase, para poderla pronunciar; porque toda la fuerza exterior se
pierde y se aumenta en las del alma para mejor poder gozar de su
gloria. El deleite exterior que se siente es grande y muy conocido.
11. Esta oración no hace daño, por larga que sea. Al menos a
mí nunca me le hizo, ni me acuerdo hacerme el Señor ninguna vez esta
merced, por mala que estuviese, que sintiese mal, antes quedaba con
gran mejoría. Mas ¿qué mal puede hacer tan gran bien? Es cosa tan
conocida las operaciones exteriores, que no se puede dudar que hubo
gran ocasión, pues así quitó las fuerzas con tanto deleite para
dejarlas mayores.
12. Verdad es que a los principios pasa en tan breve tiempo al menos
a mí así me acaecía, que en estas señales exteriores ni en la falta
de los sentidos no se da tanto a entender cuando pasa con brevedad.
Mas bien se entiende en la sobra de las mercedes que ha sido
grande la claridad del sol que ha estado allí, pues así la ha
derretido. Y nótese esto, que a mi parecer por largo que sea el
espacio de estar el alma en esta suspensión de todas las potencias, es
bien breve: cuando estuviese media hora, es muy mucho; yo nunca, a
mi parecer, estuve tanto. Verdad es que se puede mal sentir lo que se
está, pues no se siente; mas digo que de una vez es muy poco espacio
sin tornar alguna potencia en sí. La voluntad es la que mantiene la
tela, mas las otras dos potencias presto tornan a importunar.
Como la voluntad está queda, tórnalas a suspender y están otro poco
y tornan a vivir.
13. En esto se puede pasar algunas horas de oración y se pasan.
Porque, comenzadas las dos potencias a emborrachar y gustar de aquel
vino divino, con facilidad se tornan a perder de sí para estar muy
más ganadas, y acompañan a la voluntad y se gozan todas
tres. Mas este estar perdidas del todo y sin ninguna imaginación en
nada que a mi entender también se pierde del todo digo que es breve
espacio; aunque no tan del todo tornan en sí que no pueden estar
algunas horas como desatinadas, tornando de poco en poco a cogerlas
Dios consigo.
14. Ahora vengamos a lo interior de lo que el alma aquí siente.
¡Dígalo quien lo sabe, que no se puede entender, cuánto más
decir!
Estaba yo pensando cuando quise escribir esto, acabando de comulgar y
de estar en esta misma oración que escribo, qué hacía el alma en
aquel tiempo. Díjome el Señor estas palabras: Deshácese toda,
hija, para ponerse más en Mí. Ya no es ella la que vive, sino Yo.
Como no puede comprender lo que entiende, es no entender
entendiendo.
Quien lo hubiere probado entenderá algo de esto, porque no se puede
decir más claro, por ser tan oscuro lo que allí pasa. Sólo podré
decir que se representa estar junto con Dios, y queda una certidumbre
que en ninguna manera se puede dejar de creer. Aquí faltan todas las
potencias y se suspenden de manera que en ninguna manera como he dicho
se entiende que obran. Si estaba pensando en un paso,
así se pierde de la memoria como si nunca la hubiera habido
de él. Si lee, en lo que leía no hay acuerdo, ni parar. Si
rezar, tampoco. Así que a esta mariposilla importuna de la
memoria aquí se le queman las alas: ya no puede más bullir.
La voluntad debe estar bien ocupada en amar, mas no entiende cómo
ama. El entendimiento, si entiende, no se entiende cómo entiende;
al menos no puede comprender nada de lo que entiende. A mí no me
parece que entiende, porque como digo no se entiende. ¡Yo no acabo
de entender esto!
15. Acaecióme a mí una ignorancia al principio, que no sabía que
estaba Dios en todas las cosas. Y como me parecía estar tan
presente, parecíame imposible. Dejar de creer que estaba
allí no podía, por parecerme casi claro había entendido estar allí
su misma presencia. Los que no tenían letras me decían que estaba
sólo por gracia. Yo no lo podía creer; porque, como digo,
parecíame estar presente, y así andaba con pena. Un gran letrado de
la Orden del glorioso Santo Domingo me quitó de esta duda,
que me dijo estar presente, y cómo se comunicaba con nosotros, que me
consoló harto.
Es de notar y entender que siempre esta agua del cielo, este
grandísimo favor del Señor, deja el alma con grandísimas
ganancias, como ahora diré.
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