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1. Querría saber declarar con el favor de Dios la diferencia que
hay de unión a arrobamiento o elevamiento o vuelo que llaman de
espíritu o arrebatamiento, que todo es uno. Digo que estos
diferentes nombres todo es una cosa, y también se llama éxtasis.
Es grande la ventaja que hace a la unión. Los efectos muy
mayores hace y otras hartas operaciones, porque la unión parece
principio y medio y fin, y lo es en lo interior; mas así como
estotros fines son en más alto grado, hace los efectos interior y
exteriormente. Declárelo el Señor, como ha hecho lo
demás, que, cierto, si Su Majestad no me hubiera dado a entender
por qué modos y maneras se puede algo decir, yo no supiera.
2. Consideremos ahora que esta agua postrera, que hemos dicho,
es tan copiosa que, si no es por no lo consentir la tierra,
podemos creer que se está con nosotros esta nube de la gran Majestad
acá en esta tierra. Mas cuando este gran bien le agradecemos,
acudiendo con obras según nuestras fuerzas, coge el Señor el alma,
digamos ahora, a manera que las nubes cogen los vapores de la tierra,
y levántala toda de ella (helo oído así esto de que cogen las nubes
los vapores, o el sol), y sube la nube al cielo y llévala
consigo, y comiénzala a mostrar cosas del reino que le tiene
aparejado. No sé si la comparación cuadra, mas en hecho de verdad
ello pasa así.
3. En estos arrobamientos parece no anima el alma en el cuerpo, y
así se siente muy sentido faltar de él el calor natural; vase
enfriando, aunque con grandísima suavidad y deleite. Aquí no hay
ningún remedio de resistir, que en la unión, como estamos en nuestra
tierra, remedio hay: aunque con pena y fuerza, resistir se puede casi
siempre. Acá, las más veces, ningún remedio hay, sino que
muchas, sin prevenir el pensamiento ni ayuda ninguna, viene un ímpetu
tan acelerado y fuerte, que veis y sentís levantarse esta nube o esta
águila caudalosa y cogeros con sus alas.
4. Y digo que se entiende y veisos llevar, y no sabéis dónde.
Porque, aunque es con deleite, la flaqueza de nuestro natural hace
temer a los principios, y es menester ánima determinada y animosa
mucho más que para lo que queda dicho para arriscarlo todo,
venga lo que viniere, y dejarse en las manos de Dios e ir adonde nos
llevaren, de grado, pues os llevan aunque os pese. Y en tanto
extremo, que muy muchas veces querría yo resistir, y pongo todas mis
fuerzas, en especial algunas que es en público y otras hartas en
secreto, temiendo ser engañada. Algunas podía algo, con gran
quebrantamiento: como quien pelea con un jayán fuerte, quedaba
después cansada; otras era imposible, sino que me llevaba el alma y
aun casi ordinario la cabeza tras ella, sin poderla tener, y
algunas toda el cuerpo, hasta levantarle.
5. Esto ha sido pocas, porque como una vez fuese adonde estábamos
juntas en el coro y yendo a comulgar, estando de rodillas, dábame
grandísima pena, porque me parecía cosa muy extraordinaria y que
había de haber luego mucha nota; y así mandé a las monjas
(porque es ahora después que tengo oficio de Priora), no lo
dijesen. Mas otras veces, como comenzaba a ver que iba a hacer el
Señor lo mismo (y una estando personas principales de señoras, que
era la fiesta de la vocación, en un sermón), tendíame en
el suelo y allegábanse a tenerme el cuerpo, y todavía se echaba de
ver. Supliqué mucho al Señor que no quisiese ya darme más mercedes
que tuviesen muestras exteriores; porque yo estaba cansada ya de andar
en tanta cuenta y que aquella merced podía Su Majestad
hacérmela sin que se entendiese. Parece ha sido por su bondad servido
de oírme, que nunca más hasta ahora lo he tenido; verdad es que ha
poco.
6. Es así que me parecía, cuando quería resistir, que desde
debajo de los pies me levantaban fuerzas tan grandes que no sé cómo lo
comparar, que era con mucho más ímpetu que estotras cosas de
espíritu, y así quedaba hecha pedazos; porque es una pelea grande
y, en fin, aprovecha poco cuando el Señor quiere, que no hay poder
contra su poder. Otras veces es servido de contentarse con que veamos
nos quiere hacer la merced y que no queda por Su Majestad, y
resistiéndose por humildad, deja los mismos efectos que si del todo se
consintiese.
7. A los que esto hace son grandes: lo uno, muéstrase el
gran poder del Señor y cómo no somos parte, cuando Su Majestad
quiere, de detener tan poco el cuerpo como el alma, ni somos señores
de ello; sino que, mal que nos pese, vemos que hay superior y que
estas mercedes son dadas de El y que nosotros no podemos en nada nada,
e imprímese mucha humildad. Y aun yo confieso que gran temor me
hizo; al principio, grandísimo; porque verse así levantar
un cuerpo de la tierra, que aunque el espíritu le lleva tras sí y es
con suavidad grande si no se resiste, no se pierde el sentido; al
menos yo estaba de manera en mí, que podía entender era llevada.
Muéstrase una majestad de quien puede hacer aquello, que espeluza los
cabellos, y queda un gran temor de ofender a tan gran Dios;
éste, envuelto en grandísimo amor que se cobra de nuevo a quien vemos
le tiene tan grande a un gusano tan podrido, que no parece se contenta
con llevar tan de veras el alma a Sí, sino que quiere el cuerpo, aun
siendo tan mortal y de tierra tan sucia como por tantas ofensas se ha
hecho.
8. También deja un desasimiento extraño, que yo no podré decir
cómo es. Paréceme que puedo decir es diferente en alguna manera,
digo, más que estotras cosas de sólo espíritu; porque ya que estén
cuanto al espíritu con todo desasimiento de las cosas, aquí parece
quiere el Señor el mismo cuerpo lo ponga por obra, y hácese una
extrañeza nueva para con las cosas de la tierra, que es muy penosa la
vida.
9. Después da una pena, que ni la podemos traer a nosotros ni
venida se puede quitar. Yo quisiera harto dar a entender esta gran
pena y creo no podré, mas diré algo si supiere. Y hase de notar,
que estas cosas son ahora muy a la postre, después de todas
las visiones y revelaciones que escribiré; y el tiempo que solía
tener oración, adonde el Señor me daba tan grandes gustos y
regalos, ahora, ya que eso no cesa algunas veces, las más y lo más
ordinario es esta pena que ahora diré.
Es mayor y menor. De cuando es mayor quiero ahora decir, porque,
aunque adelante diré de estos grandes ímpetus que me daban
cuando me quiso el Señor dar los arrobamientos, no tiene más que
ver, a mi parecer, que una cosa muy corporal a una muy espiritual, y
creo no lo encarezco mucho. Porque aquella pena parece, aunque la
siente el alma, es en compañía del cuerpo; entrambos parece
participan de ella, y no es con el extremo del desamparo que en ésta.
Para la cual como he dicho no somos parte, sino muchas veces
a deshora viene un deseo que no sé cómo se mueve, y de este deseo,
que penetra toda el alma en un punto, se comienza tanto a fatigar, que
sube muy sobre sí y de todo lo criado, y pónela Dios tan desierta de
todas las cosas, que por mucho que ella trabaje, ninguna que la
acompañe le parece hay en la tierra, ni ella la querría, sino morir
en aquella soledad. Que la hablen y ella se quiera hacer toda la
fuerza posible a hablar, aprovecha poco; que su espíritu, aunque
ella más haga, no se quita de aquella soledad.
Y con parecerme que está entonces lejísimo Dios, a veces comunica
sus grandezas por un modo el más extraño que se puede pensar; y así
no se sabe decir, ni creo lo creerá ni entenderá sino quien
hubiere pasado por ello; porque no es la comunicación para consolar,
sino para mostrar la razón que tiene de fatigarse de estar ausente de
bien que en sí tiene todos los bienes.
10. Con esta comunicación crece el deseo y el extremo de soledad en
que se ve, con una pena tan delgada y penetrativa que, aunque el alma
se estaba puesta en aquel desierto, que al pie de la letra me parece se
puede entonces decir (y por ventura lo dijo el real Profeta estando en
la misma soledad, sino que como a santo se la daría el Señor a
sentir en más excesiva manera): Vigilavi, et factus sum sicut
passer solitarius in tecto; y así, se me representa este
verso entonces que me parece lo veo yo en mí, y consuélame ver que
han sentido otras personas tan gran extremo de soledad, cuánto más
tales.
Así parece que está el alma no en sí, sino en el tejado o techo de
sí misma y de todo lo criado; porque aun encima de lo muy superior del
alma me parece que está.
11. Otras veces parece anda el alma como necesitadísima, diciendo
y preguntando a sí misma: ¿Dónde está tu Dios? Es de
mirar que el romance de estos versos yo no sabía bien el que era, y
después que lo entendía me consolaba de ver que me los había traído
el Señor a la memoria sin procurarlo yo. Otras me acordaba de lo que
dice San Pablo, que está crucificado al mundo. No digo yo
que sea esto así, que ya lo veo; mas paréceme que está así el
alma, que ni del cielo le viene consuelo ni está en él, ni de la
tierra le quiere ni está en ella, sino como crucificada entre el cielo
y la tierra, padeciendo sin venirle socorro de ningún cabo. Porque
el que le viene del cielo (que es, como he dicho, una
noticia de Dios tan admirable, muy sobre todo lo que podemos
desear), es para más tormento; porque acrecienta el deseo de manera
que, a mi parecer, la gran pena algunas veces quita el sentido, sino
que dura poco sin él.
Parecen unos tránsitos de la muerte, salvo que trae consigo un tan
gran contento este padecer, que no sé yo a qué lo comparar. Ello es
un recio martirio sabroso, pues todo lo que se le puede representar al
alma de la tierra, aunque sea lo que le suele ser más sabroso,
ninguna cosa admite; luego parece lo lanza de sí.
Bien entiende que no quiere sino a su Dios; mas no ama cosa
particular de El, sino todo junto le quiere y no sabe lo que quiere.
Digo «no sabe», porque no representa nada la imaginación; ni, a
mi parecer, mucho tiempo de lo que está así no obran las potencias.
Como en la unión y arrobamiento el gozo, aquí la pena las suspende.
12. ¡Oh Jesús! ¡Quién pudiera dar a entender bien a vuestra
merced esto, aun para que me dijera lo que es, porque es en
lo que ahora anda siempre mi alma!
Lo más ordinario, en viéndose desocupada, es puesta en estas ansias
de muerte, y teme, cuando ve que comienzan, porque no se ha de
morir; mas llegada a estar en ello, lo que hubiese de vivir querría
en este padecer; aunque es tan excesivo, que el sujeto le
puede mal llevar, y así algunas veces se me quitan todos los pulsos
casi, según dicen las que algunas veces se llegan a mí de las
hermanas que ya más lo entienden, y las canillas muy
abiertas, y las manos tan yertas que yo no las puedo algunas veces
juntar; y así me queda dolor hasta otro día en los pulsos y en el
cuerpo, que parece me han descoyuntado.
13. Yo bien pienso alguna vez ha de ser el Señor servido, si va
adelante como ahora, que se acabe con acabar la vida, que, a mi
parecer, bastante es tan gran pena para ello, sino que no lo
merezco yo. Toda la ansia es morirme entonces. Ni me acuerdo de
purgatorio, ni de los grandes pecados que he hecho, por donde merecía
el infierno. Todo se me olvida con aquella ansia de ver a Dios; y
aquel desierto y soledad le parece mejor que toda la compañía del
mundo.
Si algo la podría dar consuelo, es tratar con quien hubiese pasado
por este tormento; y ver que, aunque se queje de él, nadie le parece
la ha de creer, [14] también la atormenta; que esta pena
es tan crecida que no querría soledad como otras, ni compañía sino
con quien se pueda quejar. Es como uno que tiene la soga a la garganta
y se está ahogando, que procura tomar huelgo. Así me parece que
este deseo de compañía es de nuestra flaqueza; que como nos pone la
pena en peligro de muerte (que esto sí, cierto, hace; yo me he
visto en este peligro algunas veces con grandes enfermedades y
ocasiones, como he dicho, y creo podría decir es éste tan grande
como todos), así el deseo que el cuerpo y alma tienen de no se
apartar es el que pide socorro para tomar huelgo y, con decirlo y
quejarse y divertirse, buscar remedio para vivir muy contra
voluntad del espíritu o de lo superior del alma, que no querría salir
de esta pena.
15. No sé yo si atino a lo que digo o si lo sé decir, mas, a
todo mi parecer, pasa así. Mire vuestra merced qué descanso puede
tener en esta vida, pues el que había que era la oración y soledad,
porque allí me consolaba el Señor es ya lo más ordinario este
tormento, y es tan sabroso y ve el alma que es de tanto precio, que ya
le quiere más que todos los regalos que solía tener. Parécele más
seguro, porque es camino de cruz, y en sí tiene un gusto muy de valor,
a mi parecer, porque no participa con el cuerpo sino pena,
y el alma es la que padece y goza sola del gozo y contento que da este
padecer.
No sé yo cómo puede ser esto, mas así pasa, que, a mi parecer,
no trocaría esta merced que el Señor me hace (que bien de su mano
y como he dicho nonada adquirida de mí, porque es muy muy
sobrenatural) por todas las que después diré; no digo juntas, sino
tomada cada una por sí. Y no se deje de tener acuerdo que es después
de todo lo que va escrito en este libro y en lo que ahora me tiene el
Señor.
Digo que estos ímpetus es después de las mercedes que aquí van, que
me ha hecho el Señor.
16. Estando yo a los principios con temor (como me acaece casi en
cada merced que me hace el Señor, hasta que con ir adelante Su
Majestad asegura), me dijo que no temiese y que tuviese en más esta
merced que todas las que me había hecho; que en esta pena se
purificaba el alma, y se labra o purifica como el oro en el crisol,
para poder mejor poner los esmaltes de sus dones, y que se
purgaba allí lo que había de estar en purgatorio.
Bien entendía yo era gran merced, mas quedé con mucha más
seguridad, y mi confesor me dice que es bueno. Y aunque yo temí,
por ser yo tan ruin, nunca podía creer que era malo; antes, el muy
sobrado bien me hacía temer, acordándome cuán mal lo tengo
merecido. Bendito sea el Señor que tan bueno es. Amén.
17. Parece que he salido de propósito, porque comencé a decir de
arrobamientos y esto que he dicho aun es más que arrobamiento, y así
deja los efectos que he dicho.
18. Ahora tornemos a arrobamiento, de lo que en ellos es más
ordinario.
Digo que muchas veces me parecía me dejaba el cuerpo tan ligero, que
toda la pesadumbre de él me quitaba, y algunas era tanto, que casi no
entendía poner los pies en el suelo. Pues cuando está en el
arrobamiento, el cuerpo queda como muerto, sin poder nada de sí
muchas veces, y como le toma se queda: si en pie, si sentado, si las
manos abiertas, si cerradas. Porque aunque pocas veces se
pierde el sentido, algunas me ha acaecido a mí perderle del todo,
pocas y poco rato. Mas lo ordinario es que se turba y aunque no puede
hacer nada de sí cuanto a lo exterior, no deja de entender y oír como
cosa de lejos.
No digo que entiende y oye cuando está en lo subido de él (digo
subido, en los tiempos que se pierden las potencias, porque están muy
unidas con Dios), que entonces no ve ni oye ni siente, a mi
parecer; mas, como dije en la oración de unión pasada,
este transformamiento del alma del todo en Dios dura poco; mas eso que
dura, ninguna potencia se siente, ni sabe lo que pasa allí.
No debe ser para que se entienda mientras vivimos en la tierra, al
menos no lo quiere Dios, que no debemos ser capaces para ello. Yo
esto he visto por mí.
19. Diráme vuestra merced que cómo dura alguna vez tantas horas el
arrobamiento, y muchas veces. Lo que pasa por mí es que como dije en
la oración pasada gózase con intervalos. Muchas veces se
engolfa el alma o la engolfa el Señor en sí, por mejor decir, y
teniéndola así un poco, quédase con sola la voluntad. Paréceme es
este bullicio de estotras dos potencias como el que tiene una
lengüecilla de estos relojes de sol, que nunca para; mas cuando el
sol de justicia quiere, hácelas detener.
Esto digo que es poco rato. Mas como fue grande el ímpetu, y
levantamiento de espíritu, y aunque éstas tornen a bullirse, queda
engolfada la voluntad, hace, como señora del todo, aquella
operación en el cuerpo; porque, ya que las otras dos
potencias bullidoras la quieren estorbar, de los enemigos los menos:
no la estorben también los sentidos; y así hace que estén
suspendidos, porque lo quiere así el Señor. Y por la mayor parte
están cerrados los ojos, aunque no queramos cerrarlos; y si abiertos
alguna vez, como ya dije, no atina ni advierte lo que ve.
20. Aquí es mucho menos lo que puede hacer de sí, para que cuando
se tornaren las potencias a juntar no haya tanto que hacer. Por eso,
a quien el Señor diere esto, no se desconsuele cuando se vea así
atado el cuerpo muchas horas, y a veces el entendimiento y memoria
divertidos. Verdad es que lo ordinario es estar embebidas en alabanzas
de Dios o en querer comprender y entender lo que ha pasado por ellas;
y aun para esto no están bien despiertas, sino como una persona que ha
mucho dormido y soñado, y aún no acaba de despertar.
21. Declárome tanto en esto, porque sé que hay ahora, aun en
este lugar, personas a quien el Señor hace estas mercedes,
y si los que las gobiernan no han pasado por esto, por ventura les
parecerá que han de estar como muertas en arrobamiento, en especial si
no son letrados, y lastima lo que se padece con los confesores que no
lo entienden, como yo diré después. Quizá yo no sé lo
que digo. Vuestra merced lo entenderá, si atino en algo, pues el
Señor le ha ya dado experiencia de ello, aunque como no es de mucho
tiempo, quizá no habrá mirádolo tanto como yo.
Así que, aunque mucho lo procuro, por buenos ratos no hay fuerza en
el cuerpo para poderse menear; todas las llevó el alma consigo.
Muchas veces queda sano que estaba bien enfermo y lleno de grandes
dolores y con más habilidad, porque es cosa grande lo que allí se
da, y quiere el Señor algunas veces como digo lo goce el cuerpo,
pues ya obedece a lo que quiere el alma. Después que torna en sí,
si ha sido grande el arrobamiento, acaece andar un día o dos y aun
tres tan absortas las potencias, o como embobecida, que no
parece anda en sí.
22. Aquí es la pena de haber de tornar a vivir. Aquí le nacieron
las alas para bien volar. Ya se le ha caído el pelo malo.
Aquí se levanta ya del todo la bandera por Cristo, que no parece
otra cosa sino que este alcaide de esta fortaleza se sube o le suben a
la torre más alta a levantar la bandera por Dios. Mira a los de
abajo como quien está en salvo. Ya no teme los peligros, antes los
desea, como quien por cierta manera se le da allí seguridad de la
victoria. Vese aquí muy claro en lo poco que todo lo de acá se ha de
estimar y lo nonada que es. Quien está de lo alto, alcanza muchas
cosas. Ya no quiere querer, ni tener libre albedrío no querría,
y así lo suplica al Señor. Dale las llaves de su
voluntad.
Hele aquí el hortelano hecho alcaide. No quiere hacer
cosa, sino la voluntad del Señor, ni serlo él de sí ni de
nada ni de un pero de esta huerta, sino que, si algo bueno hay en
ella, lo reparta Su Majestad; que de aquí adelante no quiere cosa
propia, sino que haga de todo conforme a su gloria y a su voluntad.
23. Y en hecho de verdad pasa así todo esto, si los arrobamientos
son verdaderos, que queda el alma con los efectos y aprovechamiento que
queda dicho. Y si no son estos, dudaría yo mucho serlos de parte de
Dios, antes temería no sean los rabiamientos que dice San Vicente.
Esto entiendo yo y he visto por experiencia: quedar aquí
el alma señora de todo y con libertad en una hora y menos, que ella no
se puede conocer. Bien ve que no es suyo, ni sabe cómo se le dio
tanto bien, mas entiende claro el grandísimo provecho que cada rapto
de estos trae.
No hay quien lo crea si no ha pasado por ello; y así no creen a la
pobre alma, como la han visto ruin y tan presto la ven pretender cosas
tan animosas; porque luego da en no se contentar con servir en poco al
Señor, sino en lo más que ella puede. Piensan es tentación y
disparate. Si entendiesen no nace de ella sino del Señor a quien ya
ha dado las llaves de su voluntad, no se espantarían.
24. Tengo para mí que un alma que allega a este estado, que ya
ella no habla ni hace cosa por sí, sino que de todo lo que ha
de hacer tiene cuidado este soberano Rey. ¡Oh, válgame Dios,
qué claro se ve aquí la declaración del verso, y cómo se entiende
tenía razón y la tendrán todos de pedir alas de paloma!
Entiéndese claro es vuelo el que da el espíritu para levantarse de
todo lo criado, y de sí mismo el primero; mas es vuelo suave, es
vuelo deleitoso, vuelo sin ruido.
25. ¡Qué señorío tiene un alma que el Señor llega aquí, que
lo mire todo sin estar enredada en ello! ¡Qué corrida está del
tiempo que lo estuvo! ¡Qué espantada de su ceguedad! ¡Qué
lastimada de los que están en ella, en especial si es gente de
oración y a quien Dios ya regala! Querría dar voces para dar a
entender qué engañados están, y aun así lo hace algunas veces, y
lluévenle en la cabeza mil persecuciones. Tiénenla por poco humilde
y que quiere enseñar a de quien había de aprender, en
especial si es mujer. Aquí es el condenar y con razón, porque no
saben el ímpetu que la mueve, que a veces no se puede valer, ni puede
sufrir no desengañar a los que quiere bien y desea ver sueltos de esta
cárcel de esta vida, que no es menos ni le parece menos en la
que ella ha estado.
26. Fatígase del tiempo en que miró puntos de honra y en el
engaño que traía de creer que era honra lo que el mundo llama honra;
ve que es grandísima mentira y que todos andamos en ella; entiende que
la verdadera honra no es mentirosa, sino verdadera, teniendo en algo
lo que es algo, y lo que no es nada tenerlo en nonada, pues todo es
nada y menos que nada lo que se acaba y no contenta a Dios.
27. Ríese de sí, del tiempo que tenía en algo los dineros y
codicia de ellos, aunque en ésta nunca creo y es así verdad confesé
culpa; harta culpa era tenerlos en algo. Si con ellos se pudiera
comprar el bien que ahora veo en mí, tuviéralos en mucho; mas ve que
este bien se gana con dejarlo todo. ¿Qué es esto que se compra con
estos dineros que deseamos? ¿Es cosa de precio? ¿Es cosa durable?
¿O para qué los queremos? Negro descanso se procura, que tan caro
cuesta. Muchas veces se procura con ellos el infierno y se compra
fuego perdurable y pena sin fin. ¡Oh, si todos diesen en tenerlos
por tierra sin provecho, qué concertado andaría el mundo, qué sin
tráfagos! ¡Con qué amistad se tratarían todos si faltase
interés de honra y de dineros! Tengo para mí se remediaría todo.
28. Ve de los deleites tan gran ceguedad, y cómo con ellos compra
trabajo, aun para esta vida, y desasosiego. ¡Qué inquietud!
¡Qué poco contento! ¡Qué trabajar en vano!
Aquí no sólo las telarañas ve de su alma y las faltas grandes, sino
un polvito que haya, por pequeño que sea, porque el sol está muy
claro; y así, por mucho que trabaje un alma en perfeccionarse, si de
veras la coge este Sol, toda se ve muy turbia. Es como el agua que
está en un vaso, que si no le da el sol está muy claro; si da en
él, vese que está todo lleno de motas. Al pie de la letra es esta
comparación. Antes de estar el alma en este éxtasis, parécele que
trae cuidado de no ofender a Dios y que conforme a sus fuerzas hace lo
que puede; mas llegada aquí, que le da este sol de justicia
que la hace abrir los ojos, ve tanta motas, que los querría tornar a
cerrar; porque aún no es tan hija de esta águila caudalosa, que
pueda mirar este sol de en hito en hito; mas, por poco que
los tenga abiertos, vese toda turbia. Acuérdase del verso que dice;
¿Quién será justo delante de Ti?.
29. Cuando mira este divino sol, deslúmbrale la claridad. Como
se mira a sí, el barro la tapa los ojos: ciega está esta palomita.
Así acaece muy muchas veces quedarse así ciega del todo, absorta,
espantada, desvanecida de tantas grandezas como ve.
Aquí se gana la verdadera humildad, para no se le dar nada de decir
bienes de sí, ni que lo digan otros. Reparte el Señor del huerto
la fruta y no ella, y así no se le pega nada a las manos. Todo el
bien que tiene va guiado a Dios. Si algo dice de sí, es para su
gloria. Sabe que no tiene nada él allí y, aunque quiera,
no puede ignorarlo, porque lo ve por vista de ojos, que, mal que le
pese, se los hace cerrar a las cosas del mundo, y que los tenga
abiertos para entender verdades.
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