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1. Quiero ahora tornar adonde dejé de mi vida, que me he
detenido, creo, más de lo que me había de detener, porque se
entienda mejor lo que está por venir. Es otro libro nuevo de aquí
adelante, digo otra vida nueva. La de hasta aquí era mía; la que
he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración, es que
vivía Dios en mí, a lo que me parecía; porque entiendo yo
era imposible salir en tan poco tiempo de tan malas costumbres y obras.
Sea el Señor alabado que me libró de mí.
2. Pues comenzando a quitar ocasiones y a darme más a la oración,
comenzó el Señor a hacerme las mercedes, como quien deseaba, a lo
que pareció, que yo las quisiese recibir. Comenzó Su Majestad a
darme muy ordinario oración de quietud, y muchas veces de unión, que
duraba mucho rato.
Yo, como en estos tiempos habían acaecido grandes ilusiones en
mujeres y engaños que las había hecho el demonio, comencé a
temer, como era tan grande el deleite y suavidad que sentía, y muchas
veces sin poderlo excusar, puesto que veía en mí por otra parte una
grandísima seguridad que era Dios, en especial cuando estaba en la
oración, y veía que quedaba de allí muy mejorada y con más
fortaleza. Mas en distrayéndome un poco, tornaba a temer y a pensar
si quería el demonio, haciéndome entender que era bueno, suspender
el entendimiento para quitarme la oración mental y que no pudiese
pensar en la Pasión ni aprovecharme del entendimiento, que me
parecía a mí mayor pérdida, como no lo entendía.
3. Mas como Su Majestad quería ya darme luz para que no le
ofendiese ya y conociese lo mucho que le debía, creció de suerte este
miedo, que me hizo buscar con diligencia personas espirituales con
quien tratar, que ya tenía noticia de algunos, porque habían venido
aquí los de la Compañía de Jesús, a quien yo sin conocer a
ninguno era muy aficionada, de sólo saber el modo que llevaban de vida
y oración; mas no me hallaba digna de hablarlos ni fuerte para
obedecerlos, que esto me hacía más temer, porque tratar con ellos y
ser la que era hacíaseme cosa recia.
4. En esto anduve algún tiempo, hasta que ya, con mucha batería
que pasé en mí y temores, me determiné a tratar con una
persona espiritual para preguntarle qué era la oración que yo tenía,
y que me diese luz, si iba errada, y hacer todo lo que pudiese por no
ofender a Dios. Porque la falta como he dicho que veía en mí
de fortaleza me hacía estar tan tímida.
¡Qué engaño tan grande, válgame Dios, que para querer ser buena
me apartaba del bien! En esto debe poner mucho el demonio en el
principio de la virtud, porque yo no podía acabarlo conmigo. Sabe
él que está todo el medio de un alma en tratar con amigos de
Dios, y así no había término para que yo a esto me determinase.
Aguardaba a enmendarme primero, como cuando dejé la oración,
y por ventura nunca lo hiciera, porque estaba ya tan caída en cosillas
de mala costumbre que no acababa de entender eran malas, que era
menester ayuda de otros y darme la mano para levantarme. Bendito sea
el Señor que, en fin, la suya fue la primera.
5. Como yo vi iba tan adelante mi temor, porque crecía la
oración, parecióme que en esto había algún gran bien o grandísimo
mal. Porque bien entendía ya era cosa sobrenatural lo que tenía,
porque algunas veces no lo podía resistir. Tenerlo cuando yo
quería, era excusado. Pensé en mí que no tenía remedio si no
procuraba tener limpia conciencia y apartarme de toda ocasión, aunque
fuese de pecados veniales, porque, siendo espíritu de Dios, clara
estaba la ganancia; si era demonio, procurando yo tener contento al
Señor y no ofenderle, poco daño me podía hacer, antes él
quedaría con pérdida. Determinada en esto y suplicando siempre a
Dios me ayudase, procurando lo dicho algunos días, vi que no tenía
fuerza mi alma para salir con tanta perfección a solas, por algunas
aficiones que tenía a cosas que, aunque de suyo no eran muy malas,
bastaban para estragarlo todo.
6. Dijéronme de un clérigo letrado que había en este lugar,
que comenzaba el Señor a dar a entender a la gente su
bondad y buena vida. Yo procuré por medio de un caballero santo que
hay en este lugar. Es casado, mas de vida tan ejemplar y
virtuosa, y de tanta oración y caridad, que en todo él resplandece
su bondad y perfección. Y con mucha razón, porque grande bien ha
venido a muchas almas por su medio, por tener tantos talentos, que,
aun con no le ayudar su estado, no puede dejar con ellos de obrar.
Mucho entendimiento y muy apacible para todos. Su conversación no
pesada, tan suave y agraciada, junto con ser recta y santa, que da
contento grande a los que trata. Todo lo ordena para gran bien de las
almas que conversa, y no parece trae otro estudio sino hacer por todos
los que él ve se sufre y contentar a todos.
7. Pues este bendito y santo hombre, con su industria, me
parece fue principio para que mi alma se salvase. Su humildad a mí
espántame, que con haber, a lo que creo, poco menos de cuarenta
años que tiene oración no sé si son dos o tres menos, y lleva toda
la vida de perfección, que, a lo que parece, sufre su
estado. Porque tiene una mujer tan gran sierva de Dios y de tanta
caridad, que por ella no se pierde; en fin, como mujer de quien Dios
sabía había de ser tan gran siervo suyo, la escogió. Estaban
deudos suyos casados con parientes míos. Y también con otro
harto siervo de Dios, que estaba casado con una prima mía, tenía
mucha comunicación.
8. Por esta vía procuré viniese a hablarme este clérigo que digo
tan siervo de Dios, que era muy su amigo, con quien pensé
confesarme y tener por maestro. Pues trayéndole para que me hablase,
y yo con grandísima confusión de verme presente de hombre tan santo,
dile parte de mi alma y oración, que confesarme no quiso:
dijo que era muy ocupado, y era así. Comenzó con determinación
santa a llevarme como a fuerte, que de razón había de estar según la
oración vio que tenía, para que en ninguna manera ofendiese a Dios.
Yo, como vi su determinación tan de presto en cosillas que, como
digo, yo no tenía fortaleza para salir luego con tanta
perfección, afligíme; y como vi que tomaba las cosas de mi alma como
cosa que en una vez había de acabar con ella, yo veía que había
menester mucho más cuidado.
9. En fin, entendí no eran por los medios que él me daba por donde
yo me había de remediar, porque eran para alma más perfecta; y yo,
aunque en las mercedes de Dios estaba adelante, estaba muy en los
principios en las virtudes y mortificación. Y cierto, si no hubiera
de tratar más de con él, yo creo nunca medrara mi alma; porque de la
aflicción que me daba de ver cómo yo no hacía ni me parece podía lo
que él me decía, bastaba para perder la esperanza y dejarlo todo.
Algunas veces me maravillo, que siendo persona que tiene gracia
particular en comenzar a llegar almas a Dios, cómo no fue servido
entendiese la mía ni se quisiese encargar de ella, y veo fue todo para
mayor bien mío, porque yo conociese y tratase gente tan santa como la
de la Compañía de Jesús.
10. De esta vez quedé concertada con este caballero santo, para
que alguna vez me viniese a ver. Aquí se vio su gran humildad,
querer tratar con persona tan ruin como yo. Comenzóme a visitar y a
animarme y decirme que no pensase que en un día me había de apartar de
todo, que poco a poco lo haría Dios; que en cosas bien livianas
había él estado algunos años, que no las había podido acabar
consigo. ¡Oh humildad, qué grandes bienes haces adonde estás y a
los que se llegan a quien la tiene! Decíame este santo (que a mi
parecer con razón le puedo poner este nombre) flaquezas, que a él le
parecían que lo eran, con su humildad, para mi remedio; y mirado
conforme a su estado, no era falta ni imperfección, y conforme al
mío, era grandísima tenerlas.
Yo no digo esto sin propósito, porque parece me alargo en
menudencias, e importan tanto para comenzar a aprovechar un alma y
sacarla a volar (que aún no tiene plumas, como dicen), que no lo
creerá nadie, sino quien ha pasado por ello. Y porque espero yo en
Dios vuestra merced ha de aprovechar muchas, lo digo aquí,
que fue toda mi salud saberme curar y tener humildad y caridad para
estar conmigo, y sufrimiento de ver que no en todo me enmendaba. Iba
con discreción, poco a poco dando maneras para vencer el demonio. Yo
le comencé a tener tan grande amor, que no había para mí mayor
descanso que el día que le veía, aunque eran pocos. Cuando
tardaba, luego me fatigaba mucho, pareciéndome que por ser tan ruin
no me veía.
11. Como él fue entendiendo mis imperfecciones tan grandes, y aun
serían pecados (aunque después que le traté, más enmendada
estaba), y como le dije las mercedes que Dios me hacía, para que me
diese luz, díjome que no venía lo uno con lo otro, que
aquellos regalos eran ya de personas que estaban muy aprovechadas y
mortificadas, que no podía dejar de temer mucho, porque le parecía
mal espíritu en algunas cosas, aunque no se determinaba, mas
que pensase bien todo lo que entendía de mi oración y se lo dijese.
Y era el trabajo que yo no sabía poco ni mucho decir lo que era mi
oración; porque esta merced de saber entender qué es, y saberlo
decir, ha poco que me lo dio Dios.
12. Como me dijo esto, con el miedo que yo traía, fue grande mi
aflicción y lágrimas. Porque, cierto, yo deseaba contentar a Dios
y no me podía persuadir a que fuese demonio; mas temía por mis
grandes pecados me cegase Dios para no lo entender.
Mirando libros para ver si sabría decir la oración que tenía,
hallé en uno que se llama Subida del Monte, en lo que toca
a unión del alma con Dios, todas las señales que yo tenía en aquel
no pensar nada, que esto era lo que yo más decía: que no podía
pensar nada cuando tenía aquella oración; y señalé con unas rayas
las partes que eran, y dile el libro para que él y el otro clérigo
que he dicho, santo y siervo de Dios, lo mirasen y me dijesen lo que
había de hacer; y que, si les pareciese, dejaría la oración del
todo, que para qué me había yo de meter en esos peligros; pues a
cabo de veinte años casi que había que la tenía, no había
salido con ganancia, sino con engaños del demonio, que mejor era no
la tener; aunque también esto se me hacía recio, porque ya yo había
probado cuál estaba mi alma sin oración.
Así que todo lo veía trabajoso, como el que está metido en un
río, que a cualquier parte que vaya de él teme más peligro, y él
se está casi ahogando.
Es un trabajo muy grande éste, y de éstos he pasado muchos, como
diré adelante; que aunque parece no importa, por ventura
hará provecho entender cómo se ha de probar el espíritu.
13. Y es grande, cierto, el trabajo que se pasa, y es menester
tiento, en especial con mujeres, porque es mucha nuestra flaqueza y
podría venir a mucho mal diciéndoles muy claro es demonio; sino
mirarlo muy bien, y apartarlas de los peligros que puede haber, y
avisarlas en secreto pongan mucho y le tengan ellos, que
conviene.
Y en esto hablo como quien le cuesta harto trabajo no le tener algunas
personas con quien he tratado mi oración, sino preguntando unos y
otros, por bien me han hecho harto daño, que se han divulgado cosas
que estuvieran bien secretas pues no son para todos y parecía las
publicaba yo. Creo sin culpa suya lo ha permitido el Señor para que
yo padeciese. No digo que decían lo que trataba con ellos en
confesión; mas, como eran personas a quien yo daba cuenta por mis
temores para que me diesen luz, parecíame a mí habían de callar.
Con todo, nunca osaba callar cosa a personas semejantes.
Pues digo que se avise con mucha discreción, animándolas y
aguardando tiempo, que el Señor las ayudará como ha hecho a mí;
que si no, grandísimo daño me hiciera, según era temerosa y
medrosa. Con el gran mal de corazón que tenía, espántome cómo no
me hizo mucho mal.
14. Pues como di el libro, y hecha relación de mi vida y
pecados lo mejor que pude por junto (que no confesión, por ser
seglar, mas bien di a entender cuán ruin era), los dos siervos de
Dios miraron con gran caridad y amor lo que me convenía.
Venida la respuesta que yo con harto temor esperaba, y habiendo
encomendado a muchas personas que me encomendasen a Dios y yo con harta
oración aquellos días, con harta fatiga vino a mí y díjome que, a
todo su parecer de entrambos, era demonio; que lo que me convenía era
tratar con un padre de la Compañía de Jesús, que como yo le
llamase diciendo tenía necesidad vendría, y que le diese cuenta de
toda mi vida por una confesión general, y de mi condición, y todo
con mucha claridad; que por la virtud del sacramento de la confesión
le daría Dios más luz; que eran muy experimentados en cosas de
espíritu; que no saliese de lo que me dijese en todo, porque estaba
en mucho peligro si no había quien me gobernase.
15. A mí me dio tanto temor y pena, que no sabía qué me hacer.
Todo era llorar. Y estando en un oratorio muy afligida, no sabiendo
qué había de ser de mí, leí en un libro que parece el Señor me lo
puso en las manos que decía San Pablo: Que era Dios muy fiel, que
nunca a los que le amaban consentía ser del demonio engañados.
Esto me consoló mucho.
Comencé a tratar de mi confesión general y poner por escrito todos
los males y bienes, un discurso de mi vida lo más claramente que yo
entendí y supe, sin dejar nada por decir.
Acuérdome que como vi, después que lo escribí, tantos males y casi
ningún bien, que me dio una aflicción y fatiga grandísima.
También me daba pena que me viesen en casa tratar con gente tan santa
como los de la Compañía de Jesús, porque temía mi ruindad y
parecíame quedaba obligada más a no lo ser y quitarme de mis
pasatiempos, y si esto no hacía, que era peor; y así, procuré con
la sacristana y portera no lo dijesen a nadie. Aprovechóme poco, que
acertó a estar a la puerta, cuando me llamaron, quien lo dijo por
todo el convento. Mas ¡qué de embarazos pone el demonio y qué de
temores a quien se quiere llegar a Dios!
16. Tratando con aquel siervo de Dios que lo era harto y
bien avisado toda mi alma, como quien bien sabía este lenguaje,
me declaró lo que era y me animó mucho. Dijo ser
espíritu de Dios muy conocidamente, sino que era menester tornar de
nuevo a la oración: porque no iba bien fundada, ni había comenzado a
entender mortificación (y era así, que aun el nombre no me parece
entendía), y que en ninguna manera dejase la oración, sino que me
esforzase mucho, pues Dios me hacía tan particulares mercedes; que
qué sabía si por mis medios quería el Señor hacer bien a muchas
personas, y otras cosas (que parece profetizó lo que después el
Señor ha hecho conmigo); que tendría mucha culpa si no respondía a
las mercedes que Dios me hacía.
En todo me parecía hablaba en él el Espíritu Santo para curar mi
alma, según se imprimía en ella.
17. Hízome gran confusión. Llevóme por medios que parecía del
todo me tornaba otra. ¡Qué gran cosa es entender un alma! Díjome
tuviese cada día oración en un paso de la Pasión, y que me
aprovechase de él, y que no pensase sino en la Humanidad, y
que aquellos recogimientos y gustos resistiese cuanto pudiese, de
manera que no los diese lugar hasta que él me dijese otra cosa.
18. Dejóme consolada y esforzada, y el Señor que me ayudó y a
él para que entendiese mi condición y cómo me había de gobernar.
Quedé determinada de no salir de lo que me mandase en ninguna cosa, y
así lo hice hasta hoy. Alabado sea el Señor, que me ha dado gracia
para obedecer a mis confesores, aunque imperfectamente; y casi siempre
han sido de estos benditos hombres de la Compañía de Jesús; aunque
imperfectamente, como digo, los he seguido.
Conocida mejoría comenzó a tener mi alma, como ahora diré.
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