|
1. Quedó mi alma de esta confesión tan blanda, que me parecía no
hubiera cosa a que no me dispusiera; y así comencé a hacer mudanza en
muchas cosas, aunque el confesor no me apretaba, antes parecía
hacía poco caso de todo. Y esto me movía más, porque lo llevaba
por modo de amar a Dios y como que dejaba libertad y no apremio,
si yo no me le pusiese por amor.
Estuve así casi dos meses, haciendo todo mi poder en resistir los
regalos y mercedes de Dios. Cuanto a lo exterior, veíase la
mudanza, porque ya el Señor me comenzaba a dar ánimo para pasar por
algunas cosas que decían personas que me conocían, pareciéndoles
extremos, y aun en la misma casa. Y de lo que antes hacía,
razón tenían, que era extremo; mas de lo que era obligada al hábito
y profesión que hacía, quedaba corta.
2. Gané de este resistir gustos y regalos de Dios, enseñarme Su
Majestad. Porque antes me parecía que para darme regalos en la
oración era menester mucho arrinconamiento, y casi no me osaba
bullir. Después vi lo poco que hacía al caso; porque cuando más
procuraba divertirme, más me cubría el Señor de aquella
suavidad y gloria, que me parecía toda me rodeaba y que por ninguna
parte podía huir, y así era. Yo traía tanto cuidado, que me daba
pena. El Señor le traía mayor a hacerme mercedes y a señalarse
mucho más que solía en estos dos meses, para que yo mejor entendiese
no era más en mi mano.
Comencé a tomar de nuevo amor a la sacratísima Humanidad.
Comenzóse a asentar la oración como edificio que ya llevaba
cimiento, y a aficionarme a más penitencia, de que yo estaba
descuidada por ser tan grandes mis enfermedades. Díjome aquel varón
santo que me confesó, que algunas cosas no me podrían dañar; que
por ventura me daba Dios tanto mal, porque yo no hacía penitencia,
me la quería dar Su Majestad. Mandábame hacer algunas
mortificaciones no muy sabrosas para mí. Todo lo hacía, porque
parecíame que me lo mandaba el Señor, y dábale gracia para que me
lo mandase de manera que yo le obedeciese. Iba ya sintiendo mi alma
cualquiera ofensa que hiciese a Dios, por pequeña que fuese, de
manera que si alguna cosa superflua traía, no podía recogerme hasta
que me la quitaba. Hacía mucha oración porque el Señor me tuviese
de su mano; pues trataba con sus siervos, permitiese no tornase
atrás, que me parecía fuera gran delito y que habían ellos de perder
crédito por mí.
3. En este tiempo vino a este lugar el padre Francisco, que era
duque de Gandía y había algunos años que, dejándolo todo,
había entrado en la Compañía de Jesús. Procuró mi confesor, y
el caballero que he dicho también vino a mí, para que le hablase y
diese cuenta de la oración que tenía, porque sabía iba adelante en
ser muy favorecido y regalado de Dios, que como quien había mucho
dejado por El, aun en esta vida le pagaba.
Pues después que me hubo oído, díjome que era espíritu de Dios y
que le parecía que no era bien ya resistirle más, que hasta entonces
estaba bien hecho, sino que siempre comenzase la oración en un paso de
la Pasión, y que si después el Señor me llevase el espíritu, que
no lo resistiese, sino que dejase llevarle a Su Majestad, no lo
procurando yo. Como quien iba bien adelante, dio la medicina y
consejo, que hace mucho en esto la experiencia. Dijo que era yerro
resistir ya más.
Yo quedé muy consolada, y el caballero también holgábase
mucho que dijese era de Dios, y siempre me ayudaba y daba avisos en lo
que podía, que era mucho.
4. En este tiempo mudaron a mi confesor de este lugar a otro,
lo que yo sentí muy mucho, porque pensé me había de tornar a ser
ruin y no me parecía posible hallar otro como él. Quedó mi alma
como en un desierto, muy desconsolada y temerosa. No sabía qué
hacer de mí. Procuróme llevar una parienta mía a su casa, y
yo procuré ir luego a procurar otro confesor en la Compañía. Fue
el Señor servido que comencé a tomar amistad con una señora viuda,
de mucha calidad y oración, que trataba con ellos mucho.
Hízome confesar a su confesor, y estuve en su casa muchos
días. Vivía cerca. Yo me holgaba por tratar mucho con ellos,
que, de sólo entender la santidad de su trato, era grande el provecho
que mi alma sentía.
5. Este Padre me comenzó a poner en más perfección. Decíame
que para del todo contentar a Dios no había de dejar nada por hacer;
también con harta maña y blandura, porque no estaba aún mi alma nada
fuerte, sino muy tierna, en especial en dejar algunas amistades que
tenía. Aunque no ofendía a Dios con ellas, era mucha afición, y
parecíame a mí era ingratitud dejarlas, y así le decía que, pues
no ofendía a Dios, que por qué había de ser desagradecida. El me
dijo que lo encomendase a Dios unos días y rezase el himno de Veni,
Creator, porque me diese luz de cuál era lo mejor.
Habiendo estado un día mucho en oración y suplicando al Señor me
ayudase a contentarle en todo, comencé el himno, y estándole
diciendo, vínome un arrebatamiento tan súbito que casi me sacó de
mí, cosa que yo no pude dudar, porque fue muy conocido. Fue la
primera vez que el Señor me hizo esta merced de arrobamientos.
Entendí estas palabras: Ya no quiero que tengas
conversación con hombres, sino con ángeles. A mí me hizo mucho
espanto, porque el movimiento del ánima fue grande, y muy en el
espíritu se me dijeron estas palabras, y así me hizo temor, aunque
por otra parte gran consuelo, que en quitándoseme el temor que a mi
parecer causó la novedad, me quedó.
6. Ello se ha cumplido bien, que nunca más yo he podido asentar en
amistad ni tener consolación ni amor particular sino a personas que
entiendo le tienen a Dios y le procuran servir, ni ha sido en mi mano,
ni me hace el caso ser deudos ni amigos. Si no entiendo
esto o es persona que trata de oración, esme cruz penosa tratar con
nadie. Esto es así, a todo mi parecer, sin ninguna falta.
7. Desde aquel día yo quedé tan animosa para dejarlo todo por Dios
como quien había querido en aquel momento que no me parece fue más
dejar otra a su sierva. Así que no fue menester mandármelo más;
que como me veía el confesor tan asida en esto, no había osado
determinadamente decir que lo hiciese. Debía aguardar a que el
Señor obrase, como lo hizo. Ni yo pensé salir con ello, porque ya
yo misma lo había procurado, y era tanta la pena que me daba, que
como cosa que me parecía no era inconveniente, lo dejaba; ya aquí me
dio el Señor libertad y fuerza para ponerlo por obra. Así se lo
dije al confesor y lo dejé todo conforme a como me lo mandó. Hizo
harto provecho a quien yo trataba ver en mí esta determinación.
8. Sea Dios bendito por siempre, que en un punto me dio la libertad
que yo, con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había,
no pude alcanzar conmigo, haciendo hartas veces tan gran
fuerza, que me costaba harto de mi salud. Como fue hecho de quien es
poderoso y Señor verdadero de todo, ninguna pena me dio.
|
|