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l. Mucho he salido del propósito, porque trataba de decir las causas
que hay para ver que no es imaginación; porque ¿cómo
podríamos representar con estudio la Humanidad de Cristo y ordenando
con la imaginación su gran hermosura? Y no era menester poco tiempo,
si en algo se había de parecer a ella. Bien la puede representar
delante de su imaginación y estarla mirando algún espacio, y las
figuras que tiene y la blancura, y poco a poco irla más perfeccionando
y encomendando a la memoria aquella imagen. Esto ¿quién se lo
quita, pues con el entendimiento la pudo fabricar?
En lo que tratamos, ningún remedio hay de esto, sino que la
hemos de mirar cuando el Señor lo quiere representar y como quiere y
lo que quiere. Y no hay quitar ni poner, ni modo para ello aunque
más hagamos, ni para verlo cuando queremos, ni para dejarlo de ver;
en queriendo mirar alguna cosa particular, luego se pierde Cristo.
2. Dos años y medio me duró que muy ordinario me hacía Dios esta
merced. Habrá más de tres que tan continuo me la quitó de este
modo, con otra cosa más subida como quizá diré después; y
con ver que me estaba hablando y yo mirando aquella gran hermosura y la
suavidad con que habla aquellas palabras por aquella hermosísima y
divina boca, y otras veces con rigor, y desear yo en extremo entender
el color de sus ojos o del tamaño que era, para que lo supiese decir,
jamás lo he merecido ver, ni me basta procurarlo, antes se me pierde
la visión del todo. Bien que algunas veces veo mirarme con piedad;
mas tiene tanta fuerza esta vista, que el alma no la puede sufrir, y
queda en tan subido arrobamiento que, para más gozarlo todo, pierde
esta hermosa vista. Así que aquí no hay que querer y no querer.
Claro se ve quiere el Señor que no haya sino humildad y
confusión, y tomar lo que nos dieren y alabar a quien lo da.
3. Esto es en todas las visiones, sin quedar ninguna, que ninguna
cosa se puede, ni para ver menos ni más, hace ni deshace nuestra
diligencia. Quiere el Señor que veamos muy claro no es ésta obra
nuestra, sino de Su Majestad; porque muy menos podemos tener
soberbia, antes nos hace estar muy humildes y temerosos, viendo que,
como el Señor nos quita el poder para ver lo que queremos, nos puede
quitar estas mercedes y la gracia, y quedar perdidos del todo; y que
siempre andemos con miedo, mientras en este destierro vivimos.
4. Casi siempre se me representaba el Señor así resucitado, y en
la Hostia lo mismo, si no eran algunas veces para esforzarme, si
estaba en tribulación, que me mostraba las llagas; algunas veces en
la cruz y en el Huerto; y con la corona de espinas, pocas; y
llevando la cruz también algunas veces, para como digo necesidades
mías y de otras personas, mas siempre la carne glorificada.
Hartas afrentas y trabajos he pasado en decirlo, y hartos temores y
hartas persecuciones. Tan cierto les parecía que tenía demonio, que
me querían conjurar algunas personas. De esto poco se me daba
a mí: más sentía cuando veía yo que temían los confesores de
confesarme, o cuando sabía les decían algo. Con todo, jamás me
podía pesar de haber visto estas visiones celestiales, y por todos los
bienes y deleites del mundo sola una vez no lo trocara. Siempre lo
tenía por gran merced del Señor, y me parece un grandísimo tesoro,
y el mismo Señor me aseguraba muchas veces. Yo me veía crecer en
amarle muy mucho; íbame a quejar a El de todos estos trabajos;
siempre salía consolada de la oración y con nuevas fuerzas. A ellos
no los osaba yo contradecir, porque veía era todo peor, que
les parecía poca humildad. Con mi confesor trataba; él siempre me
consolaba mucho, cuando me veía fatigada.
5. Como las visiones fueron creciendo, uno de ellos que antes me
ayudaba (que era con quien me confesaba algunas veces que no
podía el ministro), comenzó a decir que claro era demonio.
Mándanme que, ya que no había remedio de resistir, que siempre me
santiguase cuando alguna visión viese, y diese higas, porque tuviese
por cierto era demonio, y con esto no vendría; y que no hubiese
miedo, que Dios me guardaría y me lo quitaría. A mí me era esto
gran pena; porque, como yo no podía creer sino que era Dios, era
cosa terrible para mí. Y tampoco podía como he dicho desear
se me quitase; mas, en fin, hacía cuanto me mandaban. Suplicaba
mucho a Dios que me librase de ser engañada. Esto siempre lo hacía
y con hartas lágrimas, y a San Pedro y a San Pablo, que me dijo
el Señor, como fue la primera vez que me apareció en su día,
que ellos me guardarían no fuese engañada; y así muchas
veces los veía al lado izquierdo muy claramente, aunque no con visión
imaginaria. Eran estos gloriosos Santos muy mis señores.
6 Dábame este dar higas grandísima pena cuando veía esta visión
del Señor; porque cuando yo le veía presente, si me hicieran
pedazos no pudiera yo creer que era demonio, y así era un género de
penitencia grande para mí. Y, por no andar tanto santiguándome,
tomaba una cruz en la mano. Esto hacía casi siempre; las
higas no tan continuo, porque sentía mucho. Acordábame de las
injurias que le habían hecho los judíos, y suplicábale me
perdonase, pues yo lo hacía por obedecer al que tenía en su lugar, y
que no me culpase, pues eran los ministros que El tenía puestos en su
Iglesia. Decíame que no se me diese nada, que bien hacía en
obedecer, mas que él haría que se entendiese la verdad. Cuando me
quitaban la oración, me pareció se había enojado. Díjome que les
dijese que ya aquello era tiranía. Dábame causas para que
entendiese que no era demonio. Alguna diré después.
7. Una vez, teniendo yo la cruz en la mano, que la traía en un
rosario, me la tomó con la suya, y cuando me la tornó a
dar, era de cuatro piedras grandes muy más preciosas que diamantes,
sin comparación, porque no la hay casi a lo que se ve sobrenatural.
Diamante parece cosa contrahecha e imperfecta, de las piedras
preciosas que se ven allá. Tenía las cinco llagas de muy linda
hechura. Díjome que así la vería de aquí adelante, y así me
acaecía, que no veía la madera de que era, sino estas piedras. Mas
no lo veía nadie sino yo.
En comenzando a mandarme hiciese estas pruebas y resistiese, era muy
mayor el crecimiento de las mercedes. En queriéndome divertir, nunca
salía de oración. Aun durmiendo me parecía estaba en ella. Porque
aquí era crecer el amor y las lástimas que yo decía al Señor y el
no lo poder sufrir; ni era en mi mano, aunque yo quería y
más lo procuraba, de dejar de pensar en El. Con todo, obedecía
cuando podía, mas podía poco o nonada en esto, y el Señor nunca me
lo quitó; mas, aunque me decía lo hiciese, asegurábame por otro
cabo, y enseñábame lo que les había de decir, y así lo hace
ahora, y dábame tan bastantes razones, que a mí me hacía toda
seguridad.
8. Desde a poco tiempo comenzó Su Majestad, como me lo tenía
prometido, a señalar más que era El, creciendo en mí un
amor tan grande de Dios, que no sabía quién me le ponía, porque
era muy sobrenatural, ni yo le procuraba. Veíame morir con deseo de
ver a Dios, y no sabía adónde había de buscar esta vida, si no era
con la muerte. Dábanme unos ímpetus grandes de este amor, que,
aunque no eran tan insufrideros como los que ya otra vez he dicho
ni de tanto valor, yo no sabía qué me hacer; porque nada me
satisfacía, ni cabía en mí, sino que verdaderamente me parecía se
me arrancaba el alma. ¡Oh artificio soberano del Señor! ¡Qué
industria tan delicada hacíais con vuestra esclava miserable!
Escondíaisos de mí y apretábaisme con vuestro amor, con
una muerte tan sabrosa que nunca el alma querría salir de ella.
9. Quien no hubiere pasado estos ímpetus tan grandes, es imposible
poderlo entender, que no es desasosiego del pecho, ni unas devociones
que suelen dar muchas veces, que parece ahogan el espíritu, que no
caben en sí. Esta es oración más baja, y hanse de evitar estos
aceleramientos con procurar con suavidad recogerlos dentro en sí y
acallar el alma; que es esto como unos niños que tienen un acelerado
llorar, que parece van a ahogarse, y con darlos a beber, cesa aquel
demasiado sentimiento. Así acá la razón ataje a encoger la rienda,
porque podría ser ayudar el mismo natural; vuelva la consideración
con temer no es todo perfecto, sino que puede ser mucha parte sensual,
y acalle este niño con un regalo de amor que la haga mover a
amar por vía suave y no a puñadas, como dicen. Que recojan este
amor dentro, y no como olla que cuece demasiado, porque se pone la
leña sin discreción y se vierte toda; sino que moderen la causa que
tomaron para ese fuego y procuren matar la llama con lágrimas suaves y
no penosas, que lo son las de estos sentimientos y hacen mucho daño.
Yo las tuve algunas veces a los principios, y dejábanme perdida la
cabeza y cansado el espíritu de suerte que otro día y más no estaba
para tornar a la oración. Así que es menester gran discreción a los
principios para que vaya todo con suavidad y se muestre el espíritu a
obrar interiormente. Lo exterior se procure mucho evitar.
10. Estotros ímpetus son diferentísimos. No ponemos nosotros la
leña, sino que parece que, hecho ya el fuego, de presto nos echan
dentro para que nos quememos. No procura el alma que duela esta llaga
de la ausencia del Señor, sino hincan una saeta en lo más vivo de
las entrañas y corazón, a las veces, que no sabe el alma qué ha ni
qué quiere. Bien entiende que quiere a Dios, y que la saeta parece
traía hierba para aborrecerse a sí por amor de este Señor,
y perdería de buena gana la vida por El.
No se puede encarecer ni decir el modo con que llaga Dios el alma, y
la grandísima pena que da, que la hace no saber de sí; mas es esta
pena tan sabrosa, que no hay deleite en la vida que más contento dé.
Siempre querría el alma como he dicho estar muriendo de este
mal.
11. Esta pena y gloria junta me traía desatinada, que no podía yo
entender cómo podía ser aquello. ¡Oh, qué es ver un alma herida!
Que digo que se entiende de manera que se puede decir herida por tan
excelente causa; y ve claro que no movió ella por dónde le viniese
este amor, sino que del muy grande que el Señor la tiene, parece
cayó de presto aquella centella en ella que la hace toda arder.
¡Oh, cuántas veces me acuerdo, cuando así estoy, de aquel verso
de David: Quemadmodum desiderat cervus ad fontes aquarum que
me parece lo veo al pie de la letra en mí!
12. Cuando no da esto muy recio, parece se aplaca algo, al menos
busca el alma algún remedio porque no sabe qué hacer con algunas
penitencias, y no se sienten más ni hace más pena derramar sangre que
si estuviese el cuerpo muerto. Busca modos y maneras para hacer algo
que sienta por amor de Dios; mas es tan grande el primer dolor,
que no sé yo qué tormento corporal le quitase. Como no
está allí el remedio, son muy bajas estas medicinas para tan subido
mal; alguna cosa se aplaca y pasa algo con esto, pidiendo a Dios la
dé remedio para su mal, y ninguno ve sino la muerte, que con ésta
piensa gozar del todo a su Bien. Otras veces da tan recio, que eso
ni nada no se puede hacer, que corta todo el cuerpo. Ni pies ni
brazos no puede menear; antes si está en pie se sienta, como una cosa
trasportada que no puede ni aun resolgar; sólo da unos gemidos no
grandes, porque no puede más; sonlo en el sentimiento.
13. Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión:
veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal,
lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces
se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada
que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese
así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan
encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se
abrasan. Deben ser los que llaman querubines, que los
nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta
diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo
sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin
del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter
por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al
sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en
amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar
aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este
grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el
alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual,
aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un
requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su
bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento.
14. Los días que duraba esto andaba como embobada. No quisiera
ver ni hablar, sino abrazarme con mi pena, que para mí era mayor
gloria que cuantas hay en todo lo criado.
Esto tenía algunas veces, cuando quiso el Señor me
viniesen estos arrobamientos tan grandes, que aun estando entre gentes
no los podía resistir, sino que con harta pena mía se comenzaron a
publicar. Después que los tengo, no siento esta pena tanto, sino la
que dije en otra parte antes no me acuerdo en qué capítulo,
que es muy diferente en hartas cosas y de mayor precio; antes en
comenzando esta pena de que ahora hablo, parece arrebata el Señor el
alma y la pone en éxtasis, y así no hay lugar de tener pena ni de
padecer, porque viene luego el gozar.
Sea bendito por siempre, que tantas mercedes hace a quien tan mal
responde a tan grandes beneficios.
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