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1. Pues viendo yo lo poco o nonada que podía hacer para no tener
estos ímpetus tan grandes, también temía de tenerlos; porque pena y
contento no podía yo entender cómo podía estar junto; que ya
pena corporal y contento espiritual, ya lo sabía que era bien
posible; mas tan excesiva pena espiritual y con tan grandísimo gusto,
esto me desatinaba.
Aún no cesaba en procurar resistir, mas podía tan poco, que algunas
veces me cansaba. Amparábame con la cruz y queríame defender del que
con ella nos amparó a todos. Veía que no me entendía nadie,
que esto muy claro lo entendía yo; mas no lo osaba decir sino a mi
confesor, porque esto fuera decir bien de verdad que no tenía
humildad.
2. Fue el Señor servido remediar gran parte de mi trabajo y por
entonces todo con traer a este lugar al bendito Fray Pedro de
Alcántara, de quien ya hice mención y dije algo de su penitencia,
que, entre otras cosas, me certificaron había traído veinte
años cilicio de hoja de lata continuo. Es autor de unos libros
pequeños de oración que ahora se tratan mucho, de romance, porque
como quien bien la había ejercitado, escribió harto provechosamente
para los que la tienen. Guardó la primera Regla del
bienaventurado San Francisco con todo rigor y lo demás que allá
queda algo dicho.
3. Pues como la viuda sierva de Dios, que he dicho, y amiga
mía, supo que estaba aquí tan gran varón, y sabía mi necesidad,
porque era testigo de mis aflicciones y me consolaba harto, porque era
tanta su fe que no podía sino creer que era espíritu de Dios el que
todos los más decían era del demonio, y como es persona de harto buen
entendimiento y de mucho secreto y a quien el Señor hacía harta
merced en la oración, quiso Su Majestad darla luz en lo que los
letrados ignoraban. Dábanme licencia mis confesores que descansase
con ella algunas cosas, porque por hartas causas cabía en ella.
Cabíale parte algunas veces de las mercedes que el Señor me
hacía, con avisos harto provechosos para su alma.
Pues como lo supo, para que mejor le pudiese tratar, sin decirme nada
recaudó licencia de mi Provincial para que ocho días
estuviese en su casa, y en ella y en algunas iglesias le hablé muchas
veces esta primera vez que estuvo aquí, que después en diversos
tiempos le comuniqué mucho. Como le di cuenta en suma de mi
vida y manera de proceder de oración, con la mayor claridad que yo
supe, que esto he tenido siempre, tratar con toda claridad y verdad
con los que comunico mi alma, hasta los primeros movimientos querría
yo les fuesen públicos, y las cosas más dudosas y de sospecha yo les
argüía con razones contra mí, así que sin doblez ni encubierta
le traté mi alma.
4. Casi a los principio vi que me entendía por experiencia, que era
todo lo que yo había menester; porque entonces no me sabía entender
como ahora, para saberlo decir, que después me lo ha dado Dios que
sepa entender y decir las mercedes que Su Majestad me hace,
y era menester que hubiese pasado por ello quien del todo me entendiese
y declarase lo que era. El me dio grandísima luz, porque al menos en
las visiones que no eran imaginarias no podía yo entender qué podía
ser aquello, y parecíame que en las que veía con los ojos del alma
tampoco entendía cómo podía ser; que como he dicho sólo
las que se ven con los ojos corporales era de las que me parecía a mí
había de hacer caso, y éstas no tenía.
5. Este santo hombre me dio luz en todo y me lo declaró, y dijo que
no tuviese pena, sino que alabase a Dios y estuviese tan cierta que
era espíritu suyo, que, si no era la fe, cosa más verdadera no
podía haber, ni que tanto pudiese creer. Y él se consolaba mucho
conmigo y hacíame todo favor y merced, y siempre después tuvo mucha
cuenta conmigo y daba parte de sus cosas y negocios. Y como
me veía con los deseos que él ya poseía por obra que éstos
dábamelos el Señor muy determinados y me veía con tanto ánimo,
holgábase de tratar conmigo; que a quien el Señor llega a este
estado no hay placer ni consuelo que se iguale a topar con quien le
parece le ha dado el Señor principios de esto; que entonces no debía
yo tener mucho más, a lo que me parece, y plega al Señor lo tenga
ahora.
6. Húbome grandísima lástima. Díjome que uno de los mayores
trabajos de la tierra era el que había padecido, que es contradicción
de buenos, y que todavía me quedaba harto, porque siempre tenía
necesidad y no había en esta ciudad quien me entendiese; mas que él
hablaría al que me confesaba y a uno de los que me daban más
pena, que era este caballero casado que ya he dicho.
Porque, como quien me tenía mayor voluntad, me hacía toda la
guerra. Y es alma temerosa y santa, y como me había visto tan poco
había tan ruin, no acababa de asegurarse.
Y así lo hizo el santo varón, que los habló a entrambos y les dio
causas y razones para que se asegurasen y no me inquietasen más. El
confesor poco había menester; el caballero tanto, que aun no del todo
bastó, mas fue parte para que no tanto me amedrentase.
7. Quedamos concertados que le escribiese lo que me sucediese más de
ahí adelante, y de encomendarnos mucho a Dios; que era tanta su
humildad, que tenía en algo las oraciones de esta miserable, que era
harta mi confusión. Dejóme con grandísimo consuelo y contento, y
con que tuviese la oración con seguridad, y que no dudase de que era
Dios; y de lo que tuviese alguna duda y, por más seguridad, de todo
diese parte al confesor, y con esto viviese segura.
Mas tampoco podía tener esa seguridad del todo, porque me llevaba el
Señor por camino de temer, como creer que era demonio cuando me
decían que lo era. Así que temor ni seguridad nadie podía que yo la
tuviese de manera que les pudiese dar más crédito del que el Señor
ponía en mi alma. Así que, aunque me consoló y sosegó, no le di
tanto crédito para quedar del todo sin temor, en especial cuando el
Señor me dejaba en los trabajos de alma que ahora diré. Con todo,
quedé como digo muy consolada.
No me hartaba de dar gracias a Dios y al glorioso padre mío San
José, que me pareció le había él traído, porque era Comisario
General de la Custodia de San José, a quien yo mucho me
encomendaba y a nuestra Señora.
8. Acaecíame algunas veces y aun ahora me acaece, aunque no tantas
estar con tan grandísimos trabajos de alma junto con tormentos y
dolores de cuerpo, de males tan recios, que no me podía valer.
Otras veces tenía males corporales más graves, y como no tenía los
del alma, los pasaba con mucha alegría; mas cuando era todo junto,
era tan gran trabajo que me apretaba muy mucho. Todas las mercedes que
me había hecho el Señor se me olvidaban. Sólo quedaba una memoria
como cosa que se ha soñado, para dar pena. Porque se entorpece el
entendimiento de suerte, que me hacía andar en mil dudas y sospecha,
pareciéndome que yo no lo había sabido entender y que quizá se me
antojaba y que bastaba que anduviese yo engañada sin que engañase a
los buenos. Parecíame yo tan mala, que cuantos males y herejías se
habían levantado me parecía eran por mis pecados.
9. Esta es una humildad falsa que el demonio inventaba para
desasosegarme y probar si puede traer el alma a desesperación. Tengo
ya tanta experiencia que es cosa de demonio, que, como ya ve que le
entiendo, no me atormenta en esto tantas veces como solía. Vese
claro en la inquietud y desasosiego con que comienza, y el alboroto que
da en el alma todo lo que dura, y la oscuridad y aflicción que en ella
pone, la sequedad y mala disposición para oración ni para ningún
bien. Parece que ahoga el alma y ata el cuerpo para que de nada
aproveche. Porque la humildad verdadera, aunque se conoce el alma por
ruin, y da pena ver lo que somos, y pensamos grandes encarecimientos
de nuestra maldad, tan grandes como los dichos, y se sienten
con verdad, no viene con alboroto ni desasosiega el alma ni la oscurece
ni da sequedad; antes la regala, y es todo al revés: con quietud,
con suavidad, con luz. Pena que, por otra parte conforta de ver
cuán gran merced la hace Dios en que tenga aquella pena y cuán bien
empleada es. Duélele lo que ofendió a Dios. Por otra parte, la
ensancha su misericordia. Tiene luz para confundirse a sí y alaba a
Su Majestad porque tanto la sufrió.
En estotra humildad que pone el demonio, no hay luz para ningún
bien, todo parece lo pone Dios a fuego y a sangre.
Represéntale la justicia, y aunque tiene fe que hay misericordia,
porque no puede tanto el demonio que la haga perder, es de manera que
no me consuela, antes cuando mira tanta misericordia, le ayuda a mayor
tormento, porque me parece estaba obligada a más.
10. Es una invención del demonio de las más penosas y sutiles y
disimuladas que yo he entendido de él, y así querría avisar a
vuestra merced para que, si por aquí le tentare, tenga
alguna luz y lo conozca, si le dejare el entendimiento para conocerlo.
Que no piense que va en letras y saber, que, aunque a mí todo me
falta, después de salida de ello bien entiendo es desatino. Lo que
he entendido es que quiere y permite el Señor y le da licencia, como
se la dio para que tentase a Job, aunque a mí como a ruin no
es con aquel rigor.
11. Hame acaecido y me acuerdo ser un día antes de la víspera de
Corpus Christi, fiesta de quien yo soy devota, aunque no
tanto como es razón. Esta vez duróme sólo hasta el día,
que otras dúrame ocho y quince días, y aun tres semanas, y no sé si
más, en especial las Semanas Santas, que solía ser mi regalo de
oración. Me acaece que coge de presto el entendimiento por cosas tan
livianas a las veces, que otras me riera yo de ellas; y hácele estar
trabucado en todo lo que él quiere y el alma aherrojada allí, sin ser
señora de sí ni poder pensar otra cosa más de los disparates que él
la representa, que casi ni tienen tomo ni atan ni desatan;
sólo ata para ahogar de manera el alma, que no cabe en sí. Y es
así que me ha acaecido parecerme que andan los demonios como jugando a
la pelota con el alma, y ella que no es parte para librarse de
su poder.
No se puede decir lo que en este caso se padece. Ella anda a buscar
reparo, y permite Dios no le halle. Sólo queda siempre la razón
del libre albedrío, no clara. Digo yo que debe ser casi
tapados los ojos, como una persona que muchas veces ha ido por una
parte, que, aunque sea noche y a oscuras, ya por el tino pasado sabe
adónde puede tropezar, porque lo ha visto de día, y guárdase de
aquel peligro. Así es para no ofender a Dios, que parece se va por
la costumbre. Dejemos aparte el tenerla el Señor, que es
lo que hace al caso.
12. La fe está entonces tan amortiguada y dormida como todas las
demás virtudes, aunque no perdida, que bien cree lo que tiene la
Iglesia, mas pronunciado por la boca, y que parece por otro cabo la
aprietan y entorpecen para que, casi como cosa que oyó de lejos, le
parece conoce a Dios.
El amor tiene tan tibio que, si oye hablar en El, escucha como una
cosa que cree ser el que es porque lo tiene la Iglesia; mas no hay
memoria de lo que ha experimentado en sí.
Irse a rezar, no es sino más congoja, o estar en soledad; porque el
tormento que en sí se siente, sin saber de qué, es incomportable.
A mi parecer, es un poco del traslado del infierno. Esto es
así, según el Señor en una visión me dio a entender; porque el
alma se quema en sí, sin saber quién ni por dónde le ponen fuego,
ni cómo huir de él, ni con qué le matar.
Pues quererse remediar con leer, es como si no se supiese. Una vez
me acaeció ir a leer una vida de un santo para ver si me embebería y
para consolarme de lo que él padeció, y leer cuatro o cinco veces
otros tantos renglones y, con ser romance, menos entendía de ellos a
la postre que al principio, y así lo dejé. Esto me acaeció muchas
veces, sino que ésta se me acuerda más en particular.
13. Tener, pues, conversación con nadie, es peor. Porque un
espíritu tan disgustado de ira pone el demonio, que parece a todos me
querría comer, sin poder hacer más, y algo parece se hace en irme a
la mano, o hace el Señor en tener de su mano a quien así
está, para que no diga ni haga contra sus prójimos cosa que los
perjudique y en que ofenda a Dios.
Pues ir al confesor, esto es cierto que muchas veces me acaecía lo
que diré, que, con ser tan santos como lo son los que en este tiempo
he tratado y trato, me decían palabras y me reñían con una
aspereza, que después que se las decía yo ellos mismos se espantaban
y me decían que no era más en su mano. Porque, aunque ponían muy
por sí de no lo hacer otras veces (que se les hacía después lástima
y aún escrúpulo), cuando tuviese semejantes trabajos de cuerpo y de
alma, y se determinaban a consolarme con piedad, no podían. No
decían ellos malas palabras digo en que ofendiesen a Dios, mas las
más disgustadas que se sufrían para confesor. Debían
pretender mortificarme, y aunque otras veces me holgaba y estaba para
sufrirlo, entonces todo me era tormento.
Pues dame también parecer que los engaño, e iba a ellos y
avisábalos muy a las veras que se guardasen de mí, que podría ser
los engañase. Bien veía yo que de advertencia no lo haría, ni les
diría mentira, mas todo me era temor. Uno me dijo una vez,
como entendió la tentación, que no tuviese pena, que aunque yo
quisiese engañarle, seso tenía él para no dejarse engañar. Esto
me dio mucho consuelo.
14. Algunas veces y casi ordinario, al menos lo más continuo en
acabando de comulgar descansaba; y aun algunas, en llegando al
Sacramento, luego a la hora quedaba tan buena, alma y
cuerpo, que yo me espanto. No parece sino que en un punto se deshacen
todas las tinieblas del alma y, salido el sol, conocía las tonterías
en que había estado.
Otras, con sola una palabra que me decía el Señor, con sólo
decir: No estés fatigada; no hayas miedo como ya dejo otra vez dicho,
quedaba del todo sana, o con ver alguna visión, como si no
hubiera tenido nada. Regalábame con Dios; quejábame a El cómo
consentía tantos tormentos que padeciese; mas ello era bien pagado,
que casi siempre eran después en gran abundancia las mercedes.
No me parece sino que sale el alma del crisol como el oro,
más afinada y clarificada, para ver en sí al Señor. Y así se
hacen después pequeños estos trabajos con parecer incomportables, y
se desean tornar a padecer, si el Señor se ha de servir más de
ello. Y aunque haya mas tribulaciones y persecuciones, como se pasen
sin ofender al Señor, sino holgándose de padecerlo por El, todo es
para mayor ganancia, aunque como se han de llevar no los llevo yo,
sino harto imperfectamente.
15.Otras veces me venían de otra suerte, y vienen, que de todo
punto me parece se me quita la posibilidad de pensar cosa buena ni
desearla hacer, sino un alma y cuerpo del todo inútil y pesado; mas
no tengo con esto estotras tentaciones y desasosiegos, sino un
disgusto, sin entender de qué, ni nada contenta al alma. Procuraba
hacer buenas obras exteriores para ocuparme medio por fuerza, y conozco
bien lo poco que es un alma cuando se esconde la gracia. No me daba
mucha pena, porque este ver mi bajeza me daba alguna satisfacción.
16. Otras veces me hallo que tampoco cosa formada puedo pensar de
Dios ni de bien que vaya con asiento, ni tener oración, aunque esté
en soledad; mas siento que le conozco. El entendimiento e
imaginación entiendo yo es aquí lo que me daña, que la
voluntad buena me parece a mí que está y dispuesta para todo bien.
Mas este entendimiento está tan perdido, que no parece sino un loco
furioso que nadie le puede atar, ni soy señora de hacerle estar quedo
un credo. Algunas veces me río y conozco mi miseria, y
estoyle mirando y déjole a ver qué hace; y gloria a Dios nunca por
maravilla va a cosa mala, sino indiferentes: si algo hay que hacer
aquí y allí y acullá. Conozco más entonces la grandísima merced
que me hace el Señor cuando tiene atado este loco en perfecta
contemplación. Miro qué sería si me viesen este desvarío las
personas que me tienen por buena. He lástima grande al alma de verla
en tan mala compañía. Deseo verla con libertad, y así digo al
Señor: «¿cuándo, Dios mío, acabaré ya de ver mi alma junta en
vuestra alabanza, que os gocen todas las potencias? ¡No permitáis,
Señor, sea ya más despedazada, que no parece sino que cada pedazo
anda por su cabo!».
Esto paso muchas veces. Algunas bien entiendo le hace harto al caso
la poca salud corporal. Acuérdome mucho del daño que nos hizo el
primer pecado, que de aquí me parece nos vino ser incapaces
de gozar tanto bien en un ser, y deben ser los míos, que,
si yo no hubiera tenido tantos, estuviera más entera en el bien.
17. Pasé también otro gran trabajo: que como todos los libros que
leía que tratan de oración me parecía los entendía todos y que ya me
había dado aquello el Señor, que no los había menester, y así no
los leía, sino vidas de Santos, que, como yo me hallo tan corta en
lo que ellos servían a Dios, esto parece me aprovecha y anima.
Parecíame muy poca humildad pensar yo había llegado a tener aquella
oración; y como no podía acabar conmigo otra cosa, dábame mucha
pena, hasta que letrados y el bendito Fray Pedro de Alcántara me
dijeron que no se me diese nada. Bien veo yo que en el servir a Dios
no he comenzado aunque en hacerme Su Majestad mercedes es como a
muchos buenos y que estoy hecha una imperfección, si no es en los
deseos y en amar, que en esto bien veo me ha favorecido el
Señor para que le pueda en algo servir. Bien me parece a mí que le
amo, mas las obras me desconsuelan y las muchas imperfecciones que veo
en mí.
18. Otras veces me da una bobería de alma digo yo que es, que ni
bien ni mal me parece que hago, sino andar al hilo de la gente, como
dicen: ni con pena ni con gloria, ni la da vida ni muerte, ni placer
ni pesar. No parece se siente nada. Paréceme a mí que anda el alma
como un asnillo que pace, que se sustenta porque lo dan de comer y come
casi sin sentirlo; porque el alma en este estado no debe estar sin
comer algunas grandes mercedes de Dios, pues en vida tan miserable no
le pesa de vivir y lo pasa con igualdad, mas no se sienten movimientos
ni efectos para que se entienda el alma.
19. Paréceme ahora a mí como un navegar con un aire muy sosegado,
que se anda mucho sin entender cómo; porque en estotras maneras son
tan grandes los efectos, que casi luego ve el alma su mejora. Porque
luego bullen los deseos y nunca acaba de satisfacerse un alma.
Esto tienen los grandes ímpetus de amor que he dicho, a
quien Dios los da. Es como unas fontecicas que yo he visto manar,
que nunca cesa de hacer movimiento la arena hacia arriba.
Al natural me parece este ejemplo o comparación de las almas que aquí
llegan: siempre está bullendo el amor y pensando qué hará. No cabe
en sí, como en la tierra parece no cabe aquel agua, sino que la echa
de sí. Así está el alma muy ordinario, que no sosiega ni cabe en
sí con el amor que tiene; ya la tiene a ella empapada en sí.
Querría bebiesen los otros, pues a ella no la hace falta, para que
la ayudasen a alabar a Dios. ¡Oh, qué de veces me acuerdo del agua
viva que dijo el Señor a la Samaritana!, y así soy muy aficionada
a aquel Evangelio; y es así, cierto, que sin entender como
ahora este bien, desde muy niña lo era, y suplicaba muchas veces al
Señor me diese aquel agua, y la tenía dibujada adonde estaba
siempre, con este letrero, cuando el Señor llegó al pozo.
Domine, da mihi aquam.
20. Parece también como un fuego que es grande y, para que no se
aplaque, es menester haya siempre qué quemar. Así son las almas que
digo. Aunque fuese muy a su costa, querrían traer leña para que no
cesase este fuego. Yo soy tal que aun con pajas que pudiese echar en
él me contentaría, y así me acaece algunas y muchas veces; unas me
río y otras me fatigo mucho. El movimiento interior me incita a que
sirva en algo de que no soy para más en poner ramitos y flores a
imágenes, en barrer, en poner un oratorio, en unas cositas tan bajas
que me hacía confusión. Si hacía o hago algo de penitencia, todo
poco y de manera que, a no tomar el Señor la voluntad, veía yo era
sin ningún tomo, y yo misma burlaba de mí.
Pues no tienen poco trabajo a ánimas que da Dios por su bondad este
fuego de amor suyo en abundancia, faltar fuerzas corporales para hacer
algo por El. Es una pena bien grande. Porque, como le faltan
fuerzas para echar alguna leña en este fuego y ella muere porque no se
mate, paréceme que ella entre sí se consume y hace ceniza y
se deshace en lágrimas y se quema; y es harto tormento, aunque es
sabroso.
21. Alabe muy mucho al Señor el alma que ha llegado aquí y le da
fuerzas corporales para hacer penitencia, o le dio letras y talentos y
libertad para predicar y confesar y llegar almas a Dios. Que
no sabe ni entiende el bien que tiene, si no ha pasado por gustar qué
es no poder hacer nada en servicio del Señor, y recibir siempre
mucho. Sea bendito por todo y denle gloria los ángeles, amén.
22. No sé si hago bien de escribir tantas menudencias. Como
vuestra merced me tornó a enviar a mandar que no se me diese
nada de alargarme ni dejase nada, voy tratando con claridad y verdad lo
que se me acuerda. Y no puede ser menos de dejarse mucho, porque
sería gastar mucho más tiempo, y tengo tan poco como he dicho,
y por ventura no sacar ningún provecho.
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