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1. Quiero decir, ya que he dicho algunas tentaciones y turbaciones
interiores y secretas que el demonio me causaba, otras que
hacía casi públicas en que no se podía ignorar que era él.
2. Estaba una vez en un oratorio, y aparecióme hacia el lado
izquierdo, de abominable figura; en especial miré la boca, porque me
habló, que la tenía espantable. Parecía le salía una gran llama
del cuerpo, que estaba toda clara, sin sombra. Díjome
espantablemente que bien me había librado de sus manos, mas que él me
tornaría a ellas. Yo tuve gran temor y santigüéme como pude, y
desapareció y tornó luego. Por dos veces me acaeció esto. Yo no
sabía qué me hacer. Tenía allí agua bendita y echélo hacia
aquella parte, y nunca más tornó.
3. Otra vez me estuvo cinco horas atormentando, con tan terribles
dolores y desasosiego interior y exterior, que no me parece se podía
ya sufrir. Las que estaban conmigo estaban espantadas y no sabían
qué se hacer ni yo cómo valerme. Tengo por costumbre, cuando los
dolores y mal corporal es muy intolerable, hacer actos como puedo entre
mí, suplicando al Señor, si se sirve de aquello, que me dé Su
Majestad paciencia y me esté yo así hasta el fin del mundo.
Pues como esta vez vi el padecer con tanto rigor, remediábame con
estos actos para poderlo llevar, y determinaciones. Quiso el Señor
entendiese cómo era el demonio, porque vi cabe mí un negrillo muy
abominable, regañando como desesperado de que adonde pretendía ganar
perdía. Yo, como le vi, reíme, y no hube miedo, porque había
allí algunas conmigo que no se podían valer ni sabían qué remedio
poner a tanto tormento, que eran grandes los golpes que me hacía dar
sin poderme resistir, con cuerpo y cabeza y brazos. Y lo peor era el
desasosiego interior, que de ninguna suerte podía tener sosiego. No
osaba pedir agua bendita por no las poner miedo y porque no entendiesen
lo que era.
4. De muchas veces tengo experiencia que no hay cosa con que huyan
más para no tornar. De la cruz también huyen, mas vuelven. Debe
ser grande la virtud del agua bendita. Para mí es particular y muy
conocida consolación que siente mi alma cuando lo tomo. Es cierto que
lo muy ordinario es sentir una recreación que no sabría yo darla a
entender, como un deleite interior que toda el alma me conforta. Esto
no es antojo, ni cosa que me ha acaecido sola una vez, sino muy
muchas, y mirado con gran advertencia. Digamos como si uno estuviese
con mucha calor y sed y bebiese un jarro de agua fría, que parece todo
él sintió el refrigerio. Considero yo qué gran cosa es todo lo que
está ordenado por la Iglesia, y regálame mucho ver que tengan tanta
fuerza aquellas palabras, que así la pongan en el agua, para que sea
tan grande la diferencia que hace a lo que no es bendito.
5. Pues como no cesaba el tormento, dije: si no se riesen,
pediría agua bendita. Trajéronmelo y echáronmelo a mí, y no
aprovechaba; echélo hacia donde estaba, y en un punto se fue y
se me quitó todo el mal como si con la mano me lo quitaran, salvo que
quedé cansada como si me hubieran dado muchos palos. Hízome gran
provecho ver que, aun no siendo un alma y cuerpo suyo, cuando el
Señor le da licencia hace tanto mal, ¿qué hará cuando él lo posea
por suyo? Diome de nuevo gana de librarme de tan ruin compañía.
6. Otra vez poco ha, me acaeció lo mismo, aunque no duró tanto,
y yo estaba sola. Pedí agua bendita, y las que entraron después que
ya se habían ido (que eran dos monjas bien de creer, que por
ninguna suerte dijeran mentira), olieron un olor muy malo, como de
piedra azufre. Yo no lo olí. Duró de manera que se pudo advertir a
ello.
Otra vez estaba en el coro y diome un gran ímpetu de recogimiento.
Fuime de allí porque no lo entendiesen, aunque cerca oyeron todas dar
golpes grandes adonde yo estaba, y yo cabe mí oí hablar como que
concertaban algo, aunque no entendí qué; habla gruesa; mas estaba
tan en oración, que no entendí cosa ni hube ningún miedo. Casi
cada vez era cuando el Señor me hacía merced de que por mi
persuasión se aprovechase algún alma.
Y es cierto que me acaeció lo que ahora diré, y de esto hay muchos
testigos, en especial quien ahora me confiesa, que lo vio por
escrito en una carta; sin decirle yo quién era la persona cuya era la
carta, bien sabía él quién era.
7. Vino una persona a mí que había dos años y medio que estaba en
un pecado mortal, de los más abominables que yo he oído, y en todo
este tiempo ni le confesaba ni se enmendaba, y decía misa. Y aunque
confesaba otros, éste decía que cómo le había de confesar, cosa
tan fea. Y tenía gran deseo de salir de él y no se podía valer a
sí. A mí hízome gran lástima; y ver que se ofendía Dios
de tal manera, me dio mucha pena. Prometíle de suplicar mucho a
Dios le remediase y hacer que otras personas lo hiciesen, que eran
mejores que yo, y escribía a cierta persona que él me dijo podía dar
las cartas. Y es así que a la primera se confesó; que quiso
Dios (por las muchas personas muy santas que lo habían suplicado a
Dios, que se lo había yo encomendado) hacer con esta alma esta
misericordia, y yo, aunque miserable, hacía lo que podía con harto
cuidado.
Escribióme que estaba ya con tanta mejoría, que había días
que no caía en él; mas que era tan grande el tormento que le daba la
tentación, que parecía estaba en el infierno, según lo que
padecía; que le encomendase a Dios. Yo lo torné a encomendar a mis
Hermanas, por cuyas oraciones debía el Señor hacerme esta merced,
que lo tomaron muy a pechos. Era persona que no podía nadie atinar en
quién era. Yo supliqué a Su Majestad se aplacasen aquellos
tormentos y tentaciones, y se viniesen aquellos demonios a atormentarme
a mí, con que yo no ofendiese en nada al Señor. Es así
que pasé un mes de grandísimos tormentos. Entonces eran estas dos
cosas que he dicho.
8. Fue el Señor servido que le dejaron a él. Así me lo
escribieron, porque yo le dije lo que pasaba en este mes. Tomó
fuerza su alma y quedó del todo libre, que no se hartaba de dar
gracias al Señor y a mí, como si yo hubiera hecho algo, sino que ya
el crédito que tenía de que el Señor me hacía mercedes le
aprovechaba. Decía que cuando se veía muy apretado, leía mis
cartas y se le quitaba la tentación, y estaba muy espantado de lo que
yo había padecido y cómo se había librado él. Y aun yo me espanté
y lo sufriera otros muchos años por ver aquel alma libre. Sea alabado
por todo, que mucho puede la oración de los que sirven al Señor,
como yo creo lo hacen en esta casa estas hermanas; sino que,
como yo lo procuraba, debían los demonios indignarse más conmigo, y
el Señor por mis pecados lo permitía.
9. En este tiempo también una noche pensé me ahogaban; y como
echaron mucha agua bendita, vi ir mucha multitud de ellos, como quien
se va desempeñando. Son tantas veces las que estos malditos me
atormentan y tan poco el miedo que yo ya los he, con ver que no se
pueden menear si el Señor no les da licencia, que cansaría a vuestra
merced y me cansaría si las dijese.
10. Lo dicho aproveche de que el verdadero siervo de Dios
se le dé poco de estos espantajos que éstos ponen para hacer temer.
Sepan que, a cada vez que se nos da poco de ellos, quedan con menos
fuerza y el alma muy más señora. Siempre queda algún gran
provecho, que por no alargar no lo digo.
Sólo diré esto que me acaeció una noche de las ánimas:
estando en un oratorio, habiendo rezado un nocturno y diciendo
unas oraciones muy devotas que están al fin de él muy devotas
que tenemos en nuestro rezado, se me puso sobre el libro para que no
acabase la oración. Yo me santigüé, y fuese. Tornando a
comenzar, tornóse. Creo fueron tres veces las que la comencé y,
hasta que eché agua bendita, no pude acabar. Vi que salieron algunas
almas del purgatorio en el instante, que debía faltarlas poco, y
pensé si pretendía estorbar esto.
Pocas veces le he visto tomando forma y muchas sin ninguna forma, como
la visión que sin forma se ve claro está allí, como he dicho.
11. Quiero también decir esto, porque me espantó mucho: estando
un día de la Trinidad en cierto monasterio en el coro y en
arrobamiento, vi una gran contienda de demonios contra ángeles. Yo
no podía entender qué querría decir aquella visión. Antes de
quince días se entendió bien en cierta contienda que acaeció entre
gente de oración y muchos que no lo eran, y vino harto daño a la casa
que era; fue contienda que duró mucho y de harto desasosiego.
Otras veces veía mucha multitud de ellos en rededor de mí, y
parecíame estar una gran claridad que me cercaba toda, y ésta no les
consentía llegar a mí. Entendí que me guardaba Dios,
para que no llegasen a mí de manera que me hiciesen ofenderle. En lo
que he visto en mí algunas veces, entendí que era verdadera visión.
El caso es que ya tengo tan entendido su poco poder, si yo no soy
contra Dios, que casi ningún temor los tengo. Porque no son nada
sus fuerzas, si no ven almas rendidas a ellos y cobardes, que aquí
muestran ellos su poder.
Algunas veces, en las tentaciones que ya dije, me parecía
que todas las vanidades y flaquezas de tiempos pasados tornaban a
despertar en mí, que tenía bien que encomendarme a Dios. Luego era
el tormento de parecerme que, pues me venían aquellos pensamientos,
que debía de ser todo demonio, hasta que me sosegaba el confesor.
Porque aun primer movimiento de mal pensamiento me parecía a mí no
había de tener quien tantas mercedes recibía del Señor.
12. Otras veces me atormentaba mucho y aún ahora me atormenta ver
que se hace mucho caso de mí, en especial personas principales, y de
que decían mucho bien. En esto he pasado y paso mucho. Miro luego a
la vida de Cristo y de los santos, y paréceme que voy al revés, que
ellos no iban sino por desprecio e injurias. Háceme andar temerosa y
como que no oso alzar la cabeza ni querría parecer, lo que no
hago cuando tengo persecuciones. Anda el ánima tan señora, aunque
el cuerpo lo siente, y por otra parte ando afligida, que yo no sé
cómo esto puede ser; mas pasa así, que entonces parece está el alma
en su reino y que lo trae todo debajo de los pies.
Dábame algunas veces y duróme hartos días, y parecía era
virtud y humildad por una parte, y ahora veo claro que era tentación.
Un fraile dominico, gran letrado, me lo declaró bien. Cuando
pensaba que estas mercedes que el Señor me hace se habían de venir a
saber en público, era tan excesivo el tormento, que me inquietaba
mucho el ánima. Vino a términos que, considerándolo, de mejor
gana me parece me determinaba a que me enterraran viva que por esto. Y
así, cuando me comenzaron estos grandes recogimientos o arrobamientos
a no poder resistirlos aun en público, quedaba yo después tan
corrida, que no quisiera parecer adonde nadie me viera.
13. Estando una vez muy fatigada de esto, me dijo el Señor, que
qué temía; que en esto no podía, sino haber dos cosas: o que
murmurasen de mí, o alabarle a El; dando a entender que los
que lo creían, le alabarían, y los que no, era condenarme sin
culpa, y que entrambas cosas eran ganancia para mí; que no me
fatigase. Mucho me sosegó esto, y me consuela cuando se me acuerda.
Vino a términos la tentación, que me quería ir de este lugar
y dotar en otro monasterio muy más encerrado que en el que yo
al presente estaba, que había oído decir muchos extremos de él.
Era también de mi Orden, y muy lejos, que eso es lo que a
mí me consolara, estar adonde no me conocieran; y nunca mi confesor
me dejó.
14. Mucho me quitaban la libertad del espíritu estos
temores, que después vine yo a entender no era buena humildad, pues
tanto inquietaba, y me enseñó el Señor esta verdad: que yo tan
determinada y cierta estuviera que no era ninguna cosa buena mía, sino
de Dios, que así como no me pesaba de oír loar a otras personas,
antes me holgaba y consolaba mucho de ver que allí se mostraba Dios,
que tampoco me pesaría mostrase en mí sus obras.
15. También di en otro extremo, que fue suplicar a Dios y hacía
oración particular que cuando a alguna persona le pareciese algo bien
en mí, que Su Majestad le declarase mis pecados, para que viese
cuán sin mérito mío me hacía mercedes, que esto deseo yo siempre
mucho. Mi confesor me dijo que no lo hiciese. Mas hasta ahora poco
ha, si veía yo que una persona pensaba de mí bien mucho, por rodeos
o como podía le daba a entender mis pecados, y con esto parece
descansaba. También me han puesto mucho escrúpulo en esto.
16. Procedía esto no de humildad, a mi parecer, sino de una
tentación venían muchas. Parecíame que a todos los traía
engañados y, aunque es verdad que andan engañados en pensar que hay
algún bien en mí, no era mi deseo engañarlos, ni jamás tal
pretendí, sino que el Señor por algún fin lo permite; y así, aun
con los confesores, si no viera era necesario, no tratara ninguna
cosa, que se me hiciera gran escrúpulo.
Todos estos temorcillos y penas y sombra de humildad entiendo yo ahora
era harta imperfección, y de no estar mortificada; porque un alma
dejada en las manos de Dios no se le da más que digan bien que mal,
si ella entiende bien bien entendido como el Señor quiere hacerle
merced que lo entienda que no tiene nada de sí. Fíese de quien se lo
da, que sabrá por qué lo descubre, y aparéjese a la persecución,
que está cierta en los tiempos de ahora, cuando de alguna persona
quiere el Señor se entienda que la hace semejantes mercedes; porque
hay mil ojos para un alma de éstas, adonde para mil almas de otra
hechura no hay ninguno.
17. A la verdad, no hay poca razón de temer, y éste debía ser
mi temor, y no humildad, sino pusilanimidad. Porque bien se puede
aparejar un alma que así permite Dios que ande en los ojos del mundo,
a ser mártir del mundo, porque si ella no se quiere morir a él, el
mismo mundo los matará. No veo, cierto, otra cosa en él
que bien me parezca, sino no consentir faltas en los buenos que a poder
de murmuraciones no las perfeccione. Digo que es menester más ánimo
para, si uno no está perfecto, llevar camino de perfección, que
para ser de presto mártires. Porque la perfección no se alcanza en
breve, si no es a quien el Señor quiere por particular privilegio
hacerle esta merced. El mundo, en viéndole comenzar, le quiere
perfecto y de mil lenguas le entiende una falta que por ventura en él
es virtud, y quien le condena usa de aquello mismo por vicio y así lo
juzga en el otro. No ha de haber comer ni dormir ni, como dicen,
resolgar; y mientras en más le tienen, más deben olvidar que aún se
están en el cuerpo, por perfecta que tengan el alma. Viven aún en
la tierra sujetos a sus miserias, aunque más la tengan debajo de los
pies. Y así, como digo, es menester gran ánimo, porque la pobre
alma aún no ha comenzado a andar, y quiérenla que vuele. Aún no
tiene vencidas las pasiones, y quieren que en grandes ocasiones estén
tan enteras como ellos leen estaban los santos después de
confirmados en gracia.
Es para alabar al Señor lo que en esto pasa, y aun para lastimar
mucho el corazón; porque muy muchas almas tornan atrás, que no saben
las pobrecitas valerse. Y así creo hiciera la mía, si el Señor
tan misericordiosamente no lo hiciera todo de su parte; y hasta que por
su bondad lo puso todo, ya verá vuestra merced que no ha habido en mí
sino caer y levantar.
18. Querría saberlo decir, porque creo se engañan aquí muchas
almas que quieren volar antes que Dios les dé alas. Ya creo he dicho
otra vez esta comparación, mas viene bien aquí. Trataré
esto, porque veo a algunas almas muy afligidas por esta causa: como
comienzan con grandes deseos y hervor y determinación de ir adelante en
la virtud, y algunas cuanto a lo exterior todo lo dejan por El, como
ven en otras personas, que son más crecidas, cosas muy
grandes de virtudes que les da el Señor, que no nos la podemos
nosotros tomar, ven en todos los libros que están escritos de oración
y contemplación poner cosas que hemos de hacer para subir a esta
dignidad, que ellos no las pueden luego acabar consigo,
desconsuélanse. Como es: un no se nos dar nada que digan mal de
nosotros, antes tener mayor contento que cuando dicen bien; una poca
estima de honra; un desasimiento de sus deudos, que, si no tienen
oración, no los querría tratar, antes le cansan; otras cosas de
esta manera muchas, que, a mi parecer, las ha de dar Dios, porque
me parece son ya bienes sobrenaturales o contra nuestra natural
inclinación.
No se fatiguen; esperen en el Señor, que lo que ahora tienen en
deseos Su Majestad hará que lleguen a tenerlo por obra, con oración
y haciendo de su parte lo que es en sí; porque es muy necesario para
este nuestro flaco natural tener gran confianza y no desmayar, ni
pensar que, si nos esforzamos, dejaremos de salir con victoria.
19. Y porque tengo mucha experiencia de esto, diré algo para aviso
de vuestra merced. No piense, aunque le parezca que sí,
que está ya ganada la virtud, si no la experimenta con su contrario.
Y siempre hemos de estar sospechosos y no descuidarnos
mientras vivimos; porque mucho se nos pega luego, si como digo no
está ya dada del todo la gracia para conocer lo que es todo, y en esta
vida nunca hay todo sin muchos peligros.
Parecíame a mí, pocos años ha, que no sólo no estaba asida a mis
deudos, sino que me cansaban. Y era cierto así, que su
conversación no podía llevar. Ofrecióse cierto negocio de harta
importancia, y hube de estar con una hermana mía a quien yo
quería muy mucho antes y, puesto que en la conversación, aunque ella
es mejor que yo, no me hacía con ella (porque como tiene
diferente estado, que es casada, no puede ser la conversación siempre
en lo que yo la querría, y lo más que podía me estaba sola), vi
que me daban pena sus penas más harto que de prójimo, y algún
cuidado. En fin, entendí de mí que no estaba tan libre como yo
pensaba, y que aún había menester huir la ocasión, para que esta
virtud que el Señor me había comenzado a dar fuese en crecimiento, y
así con su favor lo he procurado hacer siempre después acá.
20. En mucho se ha de tener una virtud cuando el Señor la comienza
a dar, y en ninguna manera ponernos en peligro de perderla. Así es
en cosas de honra y en otras muchas; que crea vuestra merced que no
todos los que pensamos estamos desasidos del todo, lo están,
y es menester nunca descuidar en esto; y cualquiera persona que sienta
en sí algún punto de honra, si quiere aprovechar, créame y dé tras
este atamiento, que es una cadena que no hay lima que la quiebre, si
no es Dios con oración y hacer mucho de nuestra parte. Paréceme que
es una ligadura para este camino, que yo me espanto el daño que hace.
Veo a algunas personas santas en sus obras, que las hacen tan grandes
que espantan las gentes. ¡Válgame Dios! ¿Por qué está aún en
la tierra esta alma? ¿Cómo no está en la cumbre de la perfección?
¿Qué es esto? ¿Quién detiene a quien tanto hace por Dios?
¡Oh, que tiene un punto de honra...! Y lo peor que
tiene es que no quiere entender que le tiene, y es porque algunas veces
le hace entender el demonio que es obligado a tenerle.
21. Pues créanme, crean por amor del Señor a esta hormiguilla
que el Señor quiere que hable, que si no quitan esta oruga, que ya
que a todo el árbol no dañe (porque algunas otras virtudes
quedarán, mas todas carcomidas), no es árbol hermoso, sino que él
no medra, ni aun deja medrar a los que andan cabe él. Porque la
fruta que da de buen ejemplo no es nada sana; poco durará.
Muchas veces lo digo: que por poco que sea el punto de
honra, es como en el canto de órgano, que un punto o compás que se
yerre, disuena toda la música. Y es cosa que en todas partes hace
harto daño al alma, mas en este camino de oración es pestilencia.
22. Andas procurando juntarte con Dios por unión, y queremos
seguir sus consejos de Cristo, cargado de injurias y testimonios, ¿y
queremos muy entera nuestra honra y crédito? No es posible llegar
allá, que no van por un camino. Llega el Señor al alma,
esforzándonos nosotros y procurando perder de nuestro derecho en muchas
cosas.
Dirán algunos: «no tengo en qué ni se me ofrece». Yo creo que a
quien tuviere esta determinación, que no querrá el Señor pierda
tanto bien. Su Majestad ordenará tantas cosas en que gane esta
virtud que no quiera tantas. Manos a la obra.
23. Quiero decir las naderías y poquedades que yo hacía cuando
comencé, o alguna de ellas: las pajitas que tengo dichas
pongo en el fuego, que no soy yo para más. Todo lo recibe el
Señor. Sea bendito por siempre.
Entre mis faltas tenía ésta: que sabía poco del rezado y
de lo que había de hacer en el coro y cómo lo regir, de puro
descuidada y metida en otras vanidades, y veía a otras novicias que me
podían enseñar. Acaecíame no les preguntar, porque no entendiesen
yo sabía poco. Luego se pone delante el buen ejemplo. Esto es muy
ordinario. Ya que Dios me abrió un poco los ojos, aun sabiéndolo,
tantito que estaba en duda, lo preguntaba a las niñas.
Ni perdí honra ni crédito; antes quiso el Señor, a mi
parecer, darme después más memoria.
Sabía mal cantar. Sentía tanto si no tenía estudiando lo que me
encomendaban (y no por el hacer falta delante del Señor, que esto
fuera virtud, sino por las muchas que me oían), que de puro honrosa
me turbaba tanto, que decía muy menos de lo que sabía.
Tomé después por mí, cuando no lo sabía muy bien, decir que no lo
sabía. Sentía harto a los principios, y después gustaba de ello.
Y es así que como comencé a no se me dar nada de que se entendiese no
lo sabía, que lo decía muy mejor, y que la negra honra me
quitaba supiese hacer esto que yo tenía por honra, que cada uno la
pone en lo que quiere.
24. Con estas naderías, que no son nada y harto nada soy yo, pues
esto me daba pena de poco en poco se van haciendo con actos.
Y cosas poquitas como éstas, que en ser hechas por Dios les da Su
Majestad tomo, ayuda Su Majestad para cosas mayores. Y
así en cosas de humildad me acaecía que, de ver que todas
aprovechaban sino yo porque nunca fui para nada de que se iban
del coro, coger todos los mantos; parecíame servía a aquellos
ángeles que allí alababan a Dios. Hasta que, no sé cómo,
vinieron a entenderlo, que no me corrí yo poco; porque no llegaba mi
virtud a querer que entendiesen estas cosas, y no debía ser por
humilde, sino porque no se riesen de mí, como eran tan nonada.
25. ¡Oh Señor mío!, ¡qué vergüenza es ver tantas maldades,
y contar unas arenitas, que aun no las levantaba de la tierra por
vuestro servicio, sino que todo iba envuelto en mil miserias! No
manaba aún el agua, debajo de estas arenas, de vuestra gracia, para
que las hiciese levantar.
¡Oh Criador mío, quién tuviera alguna cosa que contar, entre
tantos males, que fuera de tomo, pues cuento las grandes mercedes que
he recibido de Vos! Es así, Señor mío, que no sé cómo puede
sufrirlo mi corazón, ni cómo podrá quien esto leyere dejarme de
aborrecer, viendo tan mal servidas tan grandísimas mercedes, y que no
he vergüenza de contar estos servicios, en fin, como míos. Sí
tengo, Señor mío; mas el no tener otra cosa que contar de
mi parte me hace decir tan bajos principios, para que tenga esperanza
quien los hiciere grandes, que, pues éstos parece ha tomado el
Señor en cuenta, los tomará mejor. Plega a Su Majestad
me dé gracia para que no esté siempre en principios. Amén.
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