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1. Después de mucho tiempo que el Señor me había hecho ya muchas
de las mercedes que he dicho y otras muy grandes, estando un
día en oración me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me
parecía estar metida en el infierno. Entendí que quería el Señor
que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado, y yo
merecido por mis pecados. Ello fue en brevísimo espacio, mas aunque
yo viviese muchos años, me parece imposible olvidárseme.
Parecíame la entrada a manera de un callejón muy largo y estrecho, a
manera de horno muy bajo y oscuro y angosto. El suelo me pareció de
un agua como lodo muy sucio y de pestilencial olor, y muchas sabandijas
malas en él. Al cabo estaba una concavidad metida en una pared, a
manera de una alacena, adonde me vi meter en mucho estrecho.
Todo esto era deleitoso a la vista en comparación de lo que allí
sentí. Esto que he dicho va mal encarecido.
2. Estotro me parece que aun principio de encarecerse como es
no le puede haber, ni se puede entender; mas sentí un fuego en el
alma, que yo no puedo entender cómo poder decir de la manera que es.
Los dolores corporales tan incomportables, que, con haberlos
pasado en esta vida gravísimos y, según dicen los médicos, los
mayores que se pueden acá pasar (porque fue encogérseme todos los
nervios cuando me tullí, sin otros muchos de muchas maneras que he
tenido, y aun algunos, como he dicho, causados del demonio),
no es todo nada en comparación de lo que allí sentí, y ver que
habían de ser sin fin y sin jamás cesar.
Esto no es, pues, nada en comparación del agonizar del alma: un
apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sentible y con
tan desesperado y afligido descontento, que yo no sé cómo lo
encarecer. Porque decir que es un estarse siempre arrancando el alma,
es poco, porque aun parece que otro os acaba la vida; mas aquí el
alma misma es la que se despedaza.
El caso es que yo no sé cómo encarezca aquel fuego interior y aquel
desesperamiento, sobre tan gravísimos tormentos y dolores. No veía
yo quién me los daba, mas sentíame quemar y desmenuzar, a lo que me
parece. Y digo que aquel fuego y desesperación interior es lo peor.
3. Estando en tan pestilencial lugar, tan sin poder esperar
consuelo, no hay sentarse ni echarse, ni hay lugar, aunque me
pusieron en éste como agujero hecho en la pared. Porque estas
paredes, que son espantosas a la vista, aprietan ellas mismas, y todo
ahoga. No hay luz, sino todo tinieblas oscurísimas. Yo no entiendo
cómo puede ser esto, que con no haber luz, lo que a la vista ha de
dar pena todo se ve.
No quiso el Señor entonces viese más de todo el infierno. Después
he visto otra visión de cosas espantosas, de algunos vicios el
castigo. Cuanto a la vista, muy más espantosos me parecieron, mas
como no sentía la pena, no me hicieron tanto temor; que en esta
visión quiso el Señor que verdaderamente yo sintiese aquellos
tormentos y aflicción en el espíritu, como si el cuerpo lo estuviera
padeciendo.
Yo no sé cómo ello fue, mas bien entendí ser gran merced y que
quiso el Señor yo viese por vista de ojos de dónde me había librado
su misericordia. Porque no es nada oírlo decir, ni haber yo otras
veces pensado en diferentes tormentos (aunque pocas, que por temor no
se llevaba bien mi alma), ni que los demonios atenazan, ni otros
diferentes tormentos que he leído, no es nada con esta pena,
porque es otra cosa. En fin como de dibujo a la verdad, y el quemarse
acá es muy poco en comparación de este fuego de allá.
4. Yo quedé tan espantada, y aún lo estoy ahora escribiéndolo,
con que ha casi seis años, y es así que me parece el calor
natural me falta de temor aquí adonde estoy. Y así no me acuerdo vez
que tengo trabajo ni dolores, que no me parece nonada todo lo que acá
se puede pasar, y así me parece en parte que nos quejamos sin
propósito. Y así torno a decir que fue una de las mayores mercedes
que el Señor me ha hecho, porque me ha aprovechado muy mucho, así
para perder el miedo a las tribulaciones y contradicciones de esta
vida, como para esforzarme a padecerlas y dar gracias al Señor que me
libró, a lo que ahora me parece, de males tan perpetuos y terribles.
5. Después acá, como digo, todo me parece fácil en comparación
de un momento que se haya de sufrir lo que yo en él allí padecí.
Espántame cómo habiendo leído muchas veces libros adonde se da algo
a entender las penas del infierno, cómo no las temía ni tenía en lo
que son. ¿Adónde estaba? ¿Cómo me podía dar cosa descanso de lo
que me acarreaba ir a tan mal lugar? ¡Seáis bendito, Dios mío,
por siempre! Y ¡cómo se ha parecido que me queríais Vos
mucho más a mí que yo me quiero! ¡Qué de veces, Señor, me
librasteis de cárcel tan tenebrosa, y cómo me tornaba yo a meter en
ella contra vuestra voluntad!
6. De aquí también gané la grandísima pena que me da las muchas
almas que se condenan (de estos luteranos en especial, porque
eran ya por el bautismo miembros de la Iglesia), y los ímpetus
grandes de aprovechar almas, que me parece, cierto, a mí que, por
librar una sola de tan gravísimos tormentos, pasaría yo muchas
muertes muy de buena gana. Miro que, si vemos acá una persona que
bien queremos, en especial con un gran trabajo o dolor, parece que
nuestro mismo natural nos convida a compasión y, si es grande, nos
aprieta a nosotros. Pues ver a un alma para sin fin en el sumo trabajo
de los trabajos, ¿quién lo ha de poder sufrir? No hay corazón que
lo lleve sin gran pena. Pues acá con saber que, en fin, se
acabará con la vida y que ya tiene término, aun nos mueve a tanta
compasión, estotro que no le tiene no sé cómo podemos sosegar viendo
tantas almas como lleva cada día el demonio consigo.
7. Esto también me hace desear que, en cosa que tanto importa, no
nos contentemos con menos de hacer todo lo que pudiéremos de nuestra
parte. No dejemos nada, y plega al Señor sea servido de darnos
gracia para ello.
Cuando yo considero que, aunque era tan malísima, traía algún
cuidado de servir a Dios y no hacía algunas cosas que veo que, como
quien no hace nada, se las tragan en el mundo y, en fin, pasaba
grandes enfermedades y con mucha paciencia, que me la daba el Señor;
no era inclinada a murmurar, ni a decir mal de nadie, ni me parece
podía querer mal a nadie, ni era codiciosa, ni envidia jamás me
acuerdo tener de manera que fuese ofensa grave del Señor, y otras
algunas cosas, que, aunque era tan ruin, traía temor de Dios lo
más continuo; y veo adonde me tenían ya los demonios
aposentada, y es verdad que, según mis culpas, aun me parece
merecía más castigo. Mas, con todo, digo que era terrible
tormento, y que es peligrosa cosa contentarnos, ni traer sosiego ni
contento el alma que anda cayendo a cada paso en pecado mortal; sino
que por amor de Dios nos quitemos de las ocasiones, que el Señor nos
ayudará como ha hecho a mí. Plega a Su Majestad que no me deje de
su mano para que yo torne a caer, que ya tengo visto adónde he de ir a
parar. No lo permita el Señor, por quien Su Majestad es, amén.
8. Andando yo, después de haber visto esto y otras grandes cosas y
secretos que el Señor, por quien es, me quiso mostrar de la gloria
que se dará a los buenos y pena a los malos, deseando modo y manera en
que pudiese hacer penitencia de tanto mal y merecer algo para ganar
tanto bien, deseaba huir de gentes y acabar ya de en todo en todo
apartarme del mundo. No sosegaba mi espíritu, mas no
desasosiego inquieto, sino sabroso. Bien se veía que era de Dios,
y que le había dado Su Majestad al alma calor para digerir otros
manjares más gruesos de los que comía.
9. Pensaba qué podría hacer por Dios. Y pensé que lo primero
era seguir el llamamiento que Su majestad me había hecho a religión,
guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese. Y
aunque en la casa adonde estaba había muchas siervas de Dios y era
harto servido en ella, a causa de tener gran necesidad salían las
monjas muchas veces a partes adonde con toda honestidad y religión
podíamos estar; y también no estaba fundada en su primer rigor la
Regla, sino guardábase conforme a lo que en toda la Orden, que es
con bula de relajación. Y también otros inconvenientes,
que me parecía a mí tenía mucho regalo, por ser la casa
grande y deleitosa. Mas este inconveniente de salir, aunque yo era la
que mucho lo usaba, era grande para mí ya, porque algunas personas,
a quien los prelados no podían decir de no, gustaban estuviese yo en
su compañía, e, importunados, mandábanmelo. Y así,
según se iba ordenando, pudiera poco estar en el monasterio, porque
el demonio en parte debía ayudar para que no estuviese en casa, que
todavía, como comunicaba con algunas lo que los que me
trataban me enseñaban, hacíase gran provecho.
10. Ofrecióse una vez, estando con una persona, decirme a mí y a
otras que si no seríamos para ser monjas de la manera de las
descalzas, que aun posible era poder hacer un monasterio. Yo, como
andaba en estos deseos, comencélo a tratar con aquella señora mi
compañera viuda que ya he dicho, que tenía el mismo deseo.
Ella comenzó a dar trazas para darle renta, que ahora veo yo que no
llevaban mucho camino y el deseo que de ello teníamos nos hacía
parecer que sí.
Mas yo, por otra parte, como tenía tan grandísimo contento en la
casa que estaba, porque era muy a mi gusto y la celda en que
estaba hecha muy a mi propósito, todavía me detenía. Con todo
concertamos de encomendarlo mucho a Dios.
11. Habiendo un día comulgado, mandóme mucho Su Majestad lo
procurase con todas mis fuerzas, haciéndome grandes promesas de que no
se dejaría de hacer el monasterio, y que se serviría mucho en él, y
que se llamase San José, y que a la una puerta nos guardaría él y
nuestra Señora la otra, y que Cristo andaría con nosotras, y que
sería una estrella que diese de sí gran resplandor, y que, aunque
las religiones estaban relajadas, que no pensase se servía
poco en ellas; que qué sería del mundo si no fuese por los
religiosos; que dijese a mi confesor esto que me mandaba, y
que le rogaba El que no fuese contra ello ni me lo estorbase.
12. Era esta visión con tan grandes efectos, y de tal manera esta
habla que me hacía el Señor, que yo no podía dudar que era El.
Yo sentí grandísima pena, porque en parte se me representaron los
grandes desasosiegos y trabajos que me había de costar, y como estaba
contentísima en aquella casa; que, aunque antes lo trataba, no era
con tanta determinación ni certidumbre que sería. Aquí
parecía se me ponía apremio y, como veía comenzaba cosa de gran
desasosiego, estaba en duda de lo que haría. Mas fueron muchas veces
las que el Señor me tornó a hablar en ello, poniéndome delante
tantas causas y razones que yo veía ser claras y que era su voluntad,
que ya no osé hacer otra cosa sino decirlo a mi confesor, y dile por
escrito todo lo que pasaba.
13. El no osó determinadamente decirme que lo dejase, mas veía
que no llevaba camino conforme a razón natural, por haber poquísima y
casi ninguna posibilidad en mi compañera, que era la que lo había de
hacer. Díjome que lo tratase con mi prelado, y que lo que
él hiciese, eso hiciese yo.
Yo no trataba estas visiones con el prelado, sino aquella señora
trató con él que quería hacer este monasterio. Y el provincial vino
muy bien en ello, que es amigo de toda religión, y diole todo el
favor que fue menester, y díjole que él admitiría la casa.
Trataron de la renta que había de tener. Y nunca queríamos fuesen
más de trece por muchas causas.
Antes que lo comenzásemos a tratar, escribimos al santo Fray Pedro
de Alcántara todo lo que pasaba, y aconsejónos que no lo dejásemos
de hacer, y dionos su parecer en todo.
14. No se hubo comenzado a saber por el lugar, cuando no
se podrá escribir en breve la gran persecución que vino sobre
nosotras, los dichos, las risas, el decir que era disparate. A
mí, que bien me estaba en mi monasterio. A la mi compañera tanta
persecución, que la traían fatigada. Yo no sabía qué me hacer.
En parte me parecía que tenían razón.
Estando así muy fatigada encomendándome a Dios, comenzó Su
majestad a consolarme y a animarme. Díjome que aquí vería lo que
habían pasado los santos que habían fundado las Religiones; que
mucha más persecución tenía por pasar de las que yo podía pensar;
que no se nos diese nada. Decíame algunas cosas que dijese a
mi compañera; y lo que más me espantaba yo es que luego quedábamos
consoladas de lo pasado y con ánimo para resistir a todos. Y es así
que de gente de oración y todo, en fin, el lugar no había casi
persona que entonces no fuese contra nosotras y le pareciese grandísimo
disparate.
15. Fueron tantos los dichos y el alboroto de mi mismo monasterio,
que al Provincial le pareció recio ponerse contra todos, y así mudó
el parecer y no la quiso admitir. Dijo que la renta no era
segura y que era poca, y que era mucha la contradicción. Y en todo
parece tenía razón. Y, en fin, lo dejó y no lo quiso admitir.
Nosotras, que ya parecía teníamos recibidos los primeros golpes,
dionos muy gran pena; en especial me la dio a mí de ver al Provincial
contrario, que, con quererlo él, tenía yo disculpa con todos. A
la mi compañera ya no la querían absolver si no lo dejaba, porque
decían era obligada a quitar el escándalo.
16. Ella fue a un gran letrado muy gran siervo de Dios,
de la Orden de Santo Domingo, a decírselo y darle cuenta de todo.
Esto fue aun antes que el Provincial lo tuviese dejado, porque en
todo el lugar no teníamos quien nos quisiese dar parecer. Y así
decían que sólo era por nuestras cabezas. Dio esta señora relación
de todo y cuenta de la renta que tenía de su mayorazgo a este santo
varón, con harto deseo nos ayudase, porque era el mayor letrado que
entonces había en el lugar, y pocos más en su Orden. Yo
le dije todo lo que pensábamos hacer y algunas causas. No le dije
cosa de revelación ninguna, sino las razones naturales que me
movían, porque no quería yo nos diese parecer sino conforme a ellas.
El nos dijo que le diésemos de término ocho días para responder, y
que si estábamos determinadas a hacer lo que él dijese. Yo le dije
que sí; mas aunque yo esto decía y me parece lo hiciera (porque no
veía camino por entonces de llevarlo adelante), nunca jamás
se me quitaba una seguridad de que se había de hacer. Mi compañera
tenía más fe; nunca ella, por cosa que la dijesen, se determinaba a
dejarlo.
17. Yo, aunque como digo me parecía imposible dejarse de hacer,
de tal manera creo ser verdadera la revelación, como no vaya contra lo
que está en la Sagrada Escritura o contra las leyes de la Iglesia
que somos obligadas a hacer. Porque, aunque a mí verdaderamente me
parecía era de Dios, si aquel letrado me dijera que no lo podíamos
hacer sin ofenderle y que íbamos contra conciencia, paréceme luego me
apartara de ello o buscara otro medio. Mas a mí no me daba el señor
sino éste.
Decíame después este siervo de Dios que lo había tomado a cargo con
toda determinación de poner mucho en que nos apartásemos de hacerlo,
porque ya había venido a su noticia el clamor del pueblo, y también
le parecía desatino, como a todos, y en sabiendo habíamos ido a
él, le envió a avisar un caballero que mirase lo que hacía, que no
nos ayudase. Y que, en comenzando a mirar en lo que nos había de
responder y a pensar en el negocio y el intento que llevábamos y manera
de concierto y religión, se le asentó ser muy en servicio de Dios,
y que no había de dejar de hacerse.
Y así nos respondió nos diésemos prisa a concluirlo, y dijo la
manera y traza que se había de tener; y aunque la hacienda era poca,
que algo se había de fiar de Dios; que quien lo contradijese fuese a
él, que él respondería. Y así siempre nos ayudó, como después
diré.
18. Con esto fuimos muy consoladas y con que algunas personas
santas, que nos solían ser contrarias, estaban ya más aplacadas, y
algunas nos ayudaban.
Entre ellas era el caballero santo, de quien ya he hecho
mención,que, como lo es y le parecía llevaba camino de tanta
perfección, por ser todo nuestro fundamento en oración, aunque los
medios le parecían muy dificultosos y sin camino, rendía su parecer a
que podía ser cosa de Dios, que el mismo señor le debía mover.
Y así hizo al maestro, que es el clérigo siervo de Dios que dije
que había hablado primero, que es espejo de todo el lugar,
como persona que le tiene Dios en él para remedio y aprovechamiento de
muchas almas, y ya venía en ayudarme en el negocio.
Y estando en estos términos y siempre con ayuda de muchas oraciones y
teniendo comprada ya la casa en buena parte, aunque pequeña...;
mas de esto a mí no se me daba nada, que me había dicho el Señor
que entrase como pudiese, que después yo vería lo que Su
majestad hacía. ¡Y cuán bien que lo he visto! Y así, aunque
veía ser poca la renta, tenía creído el Señor lo había por otros
medios de ordenar y favorecernos.
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