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1. Pues estando los negocios en este estado y tan al punto de
acabarse que otro día se habían de hacer las escrituras, fue cuando
el Padre Provincial nuestro mudó parecer. Creo fue movido
por ordenación divina, según después ha parecido; porque como las
oraciones eran tantas, iba el Señor perfeccionando la obra y
ordenando que se hiciese de otra suerte. Como él no lo quiso admitir,
luego mi confesor me mandó no entendiese más en ello, con
que sabe el Señor los grandes trabajos y aflicciones que hasta traerlo
a aquel estado me había costado. Como se dejó y quedó así,
confirmóse más ser todo disparate de mujeres y a crecer la
murmuración sobre mí, con habérmelo mandado hasta entonces mi
Provincial.
2. Estaba muy malquista en todo mi monasterio, porque quería
hacer monasterio más encerrado. Decían que las afrentaba, que allí
podía también servir a Dios, pues había otras mejores que yo; que
no tenía amor a la casa, que mejor era procurar renta para ella que
para otra parte. Unas decían que me echasen en la cárcel;
otras, bien pocas, tornaban algo de mí. Yo bien veía que en muchas
cosas tenían razón, y algunas veces dábales descuento;
aunque, como no había de decir lo principal, que era mandármelo el
Señor, no sabía qué hacer, y así callaba otras. Hacíame Dios
muy gran merced que todo esto no me daba inquietud, sino con tanta
facilidad y contento lo dejé como si no me hubiera costado nada. Y
esto no lo podía nadie creer, ni aun las mismas personas de oración
que me trataban, sino que pensaban estaba muy penada y corrida, y aun
mi mismo confesor no lo acababa de creer. Yo, como me parecía había
hecho todo lo que había podido, parecíame no era más obligada para
lo que me había mandado el Señor, y quedábame en la casa,
que yo estaba muy contenta y a mi placer. Aunque jamás podía dejar
de creer que había de hacerse, yo no veía ya medio, ni sabía cómo
ni cuándo, mas teníalo muy cierto.
3. Lo que mucho me fatigó fue una vez que mi confesor, como
si yo hubiera hecho cosa contra su voluntad (también debía el Señor
querer que de aquella parte que más me había de doler no me dejase de
venir trabajo), y así en esta multitud de persecuciones que a mí me
parecía había de venirme de él consuelo, me escribió que ya vería
que era todo sueño en lo que había sucedido, que me enmendase de
allí adelante en no querer salir con nada ni hablar más en ello, pues
veía el escándalo que había sucedido, y otras cosas, todas para dar
pena. Esto me la dio mayor que todo junto, pareciéndome si había
sido yo ocasión y tenido culpa en que se ofendiese, y que, si estas
visiones eran ilusión, que toda la oración que tenía era engaño, y
que yo andaba muy engañada y perdida.
Apretóme esto en tanto extremo, que estaba toda turbada y con
grandísima aflicción. Mas el Señor, que nunca me faltó, que en
todos estos trabajos que he contado hartas veces me consolaba y
esforzaba que no hay para qué lo decir aquí, me dijo entonces que no
me fatigase, que yo había mucho servido a Dios y no ofendídole en
aquel negocio; que hiciese lo que me mandaba el confesor en callar por
entonces, hasta que fuese tiempo de tornar a ello. Quedé tan
consolada y contenta, que me parecía todo nada la persecución que
había sobre mí.
4. Aquí me enseñó el Señor el grandísimo bien que es pasar
trabajos y persecuciones por El, porque fue tanto el
acrecentamiento que vi en mi alma de amor de Dios y otras muchas
cosas, que yo me espantaba; y esto me hace no poder dejar de desear
trabajos. Y las otras personas pensaban que estaba muy corrida, y sí
estuviera si el Señor no me favoreciera en tanto extremo con merced
tan grande.
Entonces me comenzaron más grandes los ímpetus de amor de Dios que
tengo dicho y mayores arrobamientos, aunque yo callaba y no
decía a nadie estas ganancias. El santo varón dominico no
dejaba de tener por tan cierto como yo que se había de hacer; y como
yo no quería entender en ello por no ir contra la obediencia de mi
confesor, negociábalo él con mi compañera y escribían a Roma y
daban trazas.
5. También comenzó aquí el demonio, de una persona en otra,
procurar se entendiese que había yo visto alguna revelación
en este negocio, e iban a mí con mucho miedo a decirme que andaban los
tiempos recios y que podría ser me levantasen algo y fuesen a
los inquisidores. A mí me cayó esto en gracia y me hizo reír,
porque en este caso jamás yo temí, que sabía bien de mí que en cosa
de la fe contra la menor ceremonia de la Iglesia que alguien viese yo
iba, por ella o por cualquier verdad de la Sagrada Escritura me
pondría yo a morir mil muertes. Y dije que de eso no temiesen; que
harto mal sería para mi alma, si en ella hubiese cosa que fuese de
suerte que yo temiese la Inquisición; que si pensase había para
qué, yo me la iría a buscar; y que si era levantado, que
el Señor me libraría y quedaría con ganancia.
Y tratélo con este Padre mío dominico que como digo era tan
letrado que podía bien asegurar con lo que él me dijese, y díjele
entonces todas las visiones y modo de oración y las grandes mercedes
que me hacía el Señor, con la mayor claridad que pude, y
supliquéle lo mirase muy bien, y me dijese si había algo contra la
Sagrada Escritura y lo que de todo sentía. El me aseguró mucho
y, a mi parecer, le hizo provecho; porque aunque él era muy
bueno, de ahí adelante se dio mucho más a la oración y se apartó en
un monasterio de su Orden, adonde hay mucha soledad, para
mejor poder ejercitarse en esto adonde estuvo más de dos años, y
sacóle de allí la obediencia que sintió harto porque le hubieron
menester, como era persona tal.
6. Yo en parte sentí mucho cuando se fue aunque no se lo estorbé,
por la gran falta que me hacía. Mas entendí su ganancia; porque
estando con harta pena de su ida, me dijo el Señor que me consolase y
no la tuviese, que bien guiado iba. Vino tan aprovechada su alma de
allí y tan adelante en aprovechamiento de espíritu, que me dijo,
cuando vino, que por ninguna cosa quisiera haber dejado de ir allí.
Y yo también podía decir lo mismo; porque lo que antes me aseguraba
y consolaba con solas sus letras, ya lo hacía también con la
experiencia de espíritu, que tenía harta de cosas sobrenaturales.
Y trájole Dios a tiempo que vio Su Majestad había de
ser menester para ayudar a su obra de este monasterio que quería Su
Majestad se hiciese.
7. Pues estuve en este silencio y no entendiendo ni hablando en este
negocio cinco o seis meses, y nunca el Señor me lo mandó.
Yo no entendía qué era la causa, mas no se me podía quitar del
pensamiento que se había de hacer.
Al fin de este tiempo, habiéndose ido de aquí el rector que estaba
en la Compañía de Jesús, trajo Su Majestad aquí otro
muy espiritual y de gran ánimo y entendimiento y buenas letras, a
tiempo que yo estaba con harta necesidad; porque, como el que me
confesaba tenía superior y ellos tienen esta virtud en extremo de no se
bullir sino conforme a la voluntad de su mayor, aunque él
entendía bien mi espíritu y tenía deseo de que fuese muy adelante,
no se osaba en algunas cosas determinar, por hartas causas que para
ello tenía. Y ya mi espíritu iba con ímpetus tan grandes, que
sentía mucho tenerle atado y, con todo, no salía de lo que me
mandaba.
8. Estando un día con gran aflicción de parecerme el confesor no me
creía, díjome el Señor que no me fatigase, que presto se acabaría
aquella pena. Yo me alegré mucho pensando que era que me había de
morir presto, y traía mucho contento cuando se me acordaba. Después
vi claro era la venida de este rector que digo; porque aquella pena
nunca más se ofreció en qué la tener, a causa de que el rector que
vino no iba a la mano al ministro que era mi confesor, antes le decía
que me consolase y que no había de qué temer y que no me llevase por
camino tan apretado, que dejase obrar el espíritu del Señor, que a
veces parecía con estos grandes ímpetus de espíritu no le quedaba al
alma cómo resolgar.
9. Fueme a ver este rector, y mandóme el confesor tratase
con él con toda libertad y claridad. Yo solía sentir grandísima
contradicción en decirlo. Y es así que, en entrando en el
confesonario, sentí en mi espíritu un no sé qué, que antes ni
después no me acuerdo haberlo con nadie sentido, ni yo sabré
decir cómo fue, ni por comparaciones podría. Porque fue un gozo
espiritual y un entender mi alma que aquella alma la había de entender
y que conformaba con ella, aunque como digo no entiendo cómo; porque
si le hubiera hablado o me hubieran dado grandes nuevas de él, no era
mucho darme gozo en entender que había de entenderme; mas ninguna
palabra él a mí ni yo a él nos habíamos hablado, ni era persona de
quien yo tenía antes ninguna noticia.
Después he visto bien que no se engañó mi espíritu, porque de
todas maneras ha hecho gran provecho a mí y a mi alma tratarle.
Porque su trato es mucho para personas que ya parece el Señor tiene
ya muy adelante, porque él las hace correr y no ir paso a paso; y su
modo es para desasirlas de todo y mortificarlas, que en esto le dio el
Señor grandísimo talento también como en otras muchas cosas.
10. Como le comencé a tratar, luego entendí su estilo y vi ser un
alma pura, santa y con don particular del Señor para conocer
espíritus. Consoléme mucho. Desde a poco que le trataba,
comenzó el Señor a tornarme a apretar que tornase a tratar el negocio
del monasterio y que dijese a mi confesor y a este rector
muchas razones y cosas para que no me lo estorbasen; y algunas los
hacía temer, porque este padre rector nunca dudó en que era espíritu
de Dios, porque con mucho estudio y cuidado miraba todos los efectos.
En fin de muchas cosas, no se osaron atrever a estorbármelo.
11. Tornó mi confesor a darme licencia que pusiese en ello todo lo
que pudiese. Yo bien veía al trabajo que me ponía, por ser muy sola
y tener poquísima posibilidad. Concertamos se tratase con todo
secreto, y así procuré que una hermana mía que vivía fuera
de aquí comprase la casa y la labrase como que era para sí, con
dineros que el Señor dio por algunas vías para comprarla, que sería
largo de contar cómo el Señor lo fue proveyendo; porque yo traía
gran cuenta de no hacer cosa contra obediencia; mas sabía que, si lo
decía a mis prelados, era todo perdido, como la vez pasada,
y aun ya fuera peor.
En tener los dineros, en procurarlo, en concertarlo y hacerlo
labrar, pasé tantos trabajos y algunos bien a solas, aunque mi
compañera hacía lo que podía, mas podía poco, y tan poco
que era casi nonada, más de hacerse en su nombre y con su favor, y
todo el más trabajo era mío, de tantas maneras, que ahora me espanto
cómo lo pude sufrir. Algunas veces afligida decía: «Señor mío,
¿cómo me mandáis cosas que parecen imposibles? que, aunque fuera
mujer, ¡si tuviera libertad...!; mas atada por tantas partes,
sin dineros ni de dónde los tener, ni para Breve, ni para
nada, ¿qué puedo yo hacer, Señor?».
12. Una vez estando en una necesidad que no sabía qué me hacer ni
con qué pagar unos oficiales, me apareció San José, mi verdadero
padre y señor, y me dio a entender que no me faltarían, que los
concertase. Y así lo hice sin ninguna blanca, y el
Señor, por maneras que se espantaban los que lo oían, me proveyó.
Hacíaseme la casa muy chica, porque lo era tanto, que no parece
llevaba camino ser monasterio, y quería comprar otra (ni había con
qué, ni había manera para comprarse, ni sabía qué me hacer) que
estaba junto a ella, también harto pequeña, para hacer la iglesia;
y acabando un día de comulgar, díjome el Señor: Ya te he dicho
que entres como pudieres. Y a manera de exclamación también
me dijo: ¡Oh codicia del género humano, que aun tierra piensas que
te ha de faltar! ¡Cuántas veces dormí yo al sereno por no tener
adonde me meter!.
Yo quedé muy espantada y vi que tenía razón. Y voy a la casita y
tracéla y hallé, aunque bien pequeño, monasterio cabal, y no curé
de comprar más sitio, sino procuré se labrase en ella de
manera que se pueda vivir, todo tosco y sin labrar, no más
de como no fuese dañoso a la salud, y así se ha de hacer siempre.
13. El día de Santa Clara, yendo a comulgar, se me
apareció con mucha hermosura. Díjome que me esforzase y fuese
adelante en lo comenzado, que ella me ayudaría. Yo la tomé gran
devoción, y ha salido tan verdad, que un monasterio de monjas de su
Orden que está cerca de éste, nos ayuda a sustentar; y lo
que ha sido más, que poco a poco trajo este deseo mío a tanta
perfección, que en la pobreza que la bienaventurada Santa tenía en
su casa, se tiene en ésta, y vivimos de limosna; que no me ha
costado poco trabajo que sea con toda firmeza y autoridad del Padre
Santo que no se pueda hacer otra cosa, ni jamás haya renta.
Y más hace el Señor, y debe por ventura ser por ruegos de esta
bendita Santa, que sin demanda ninguna nos provee Su Majestad muy
cumplidamente lo necesario. Sea bendito por todo, amén.
14. Estando en estos mismos días, el de nuestra Señora de la
Asunción, en un monasterio de la Orden del glorioso Santo Domingo,
estaba considerando los muchos pecados que en tiempos pasados
había en aquella casa confesado y cosas de mi ruin vida. Vínome un
arrobamiento tan grande, que casi me sacó de mí. Sentéme, y aun
paréceme que no pude ver alzar ni oír misa, que después quedé con
escrúpulo de esto. Parecióme, estando así, que me veía vestir
una ropa de mucha blancura y claridad, y al principio no veía quién
me la vestía. Después vi a nuestra Señora hacia el lado derecho y
a mi padre San José al izquierdo, que me vestían aquella ropa.
Dióseme a entender que estaba ya limpia de mis pecados. Acabada de
vestir, y yo con grandísimo deleite y gloria, luego me pareció
asirme de las manos nuestra Señora: díjome que la daba mucho
contento en servir al glorioso San José, que creyese que lo que
pretendía del monasterio se haría y en él se serviría mucho el
Señor y ellos dos; que no temiese habría quiebra en esto jamás,
aunque la obediencia que daba no fuese a mi gusto, porque
ellos nos guardarían, y que ya su Hijo nos había prometido andar con
nosotras; que para señal que sería esto verdad me daba
aquella joya.
Parecíame haberme echado al cuello un collar de oro muy hermoso,
asida una cruz a él de mucho valor. Este oro y piedras es tan
diferente de lo de acá, que no tiene comparación; porque es su
hermosura muy diferente de lo que podemos acá imaginar, que no alcanza
el entendimiento a entender de qué era la ropa ni cómo imaginar el
blanco que el Señor quiere que se represente, que parece todo lo de
acá como un dibujo de tizne, a manera de decir.
15. Era grandísima la hermosura que vi en nuestra Señora, aunque
por figuras no determiné ninguna particular, sino toda junta la
hechura del rostro, vestida de blanco con grandísimo resplandor, no
que deslumbra, sino suave. Al glorioso San José no vi tan claro,
aunque bien vi que estaba allí, como las visiones que he dicho que no
se ven. Parecíame nuestra Señora muy niña.
Estando así conmigo un poco, y yo con grandísima gloria y contento,
más a mi parecer que nunca le había tenido y nunca quisiera quitarme
de él, parecióme que los veía subir al cielo con mucha multitud de
ángeles. Yo quedé con mucha soledad, aunque tan consolada y elevada
y recogida en oración y enternecida, que estuve algún espacio que
menearme ni hablar no podía, sino casi fuera de mí. Quedé con un
ímpetu grande de deshacerme por Dios y con tales efectos, y todo
pasó de suerte que nunca pude dudar, aunque mucho lo procurase, no
ser cosa de Dios. Dejóme consoladísima y con mucha paz.
16. En lo que dijo la Reina de los Angeles de la obediencia,
es que a mí se me hacía de mal no darla a la Orden, y
habíame dicho el Señor que no convenía dársela a ellos. Diome las
causas para que en ninguna manera convenía lo hiciese, sino que
enviase a Roma por cierta vía, que también me dijo, que El haría
viniese recado por allí. Y así fue, que se envió por donde el
Señor me dijo que nunca acabábamos de negociarlo y vino muy bien. Y
para las cosas que después han sucedido, convino mucho se diese la
obediencia al Obispo. Mas entonces no le conocía yo, ni
aun sabía qué prelado sería, y quiso el Señor fuese tan bueno y
favoreciese tanto esta casa, como ha sido menester para la gran
contradicción que ha habido en ella como después diré y para
ponerla en el estado que está. Bendito sea El que así lo ha hecho
todo, amén.
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