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1. Pues estando con esta señora que he dicho, adonde estuve
más de medio año, ordenó el Señor que tuviese noticia de mí una
beata de nuestra Orden, de más de setenta leguas de aquí de este
lugar, y acertó a venir por acá y rodeó algunas por
hablarme. Habíala el Señor movido el mismo año y mes que a mí
para hacer otro monasterio de esta Orden; y como le puso este deseo,
vendió todo lo que tenía y fuese a Roma a traer despacho para ello,
a pie y descalza.
2. Es mujer de mucha penitencia y oración, y hacíala el Señor
muchas mercedes, y aparecídola nuestra Señora y mandádola lo
hiciese. Hacíame tantas ventajas en servir al Señor, que yo había
vergüenza de estar delante de ella. Mostróme los despachos que
traía de Roma y, en quince días que estuvo conmigo, dimos orden en
cómo habíamos de hacer estos monasterios. Y hasta que yo la
hablé, no había venido a mi noticia que nuestra Regla antes que se
relajase mandaba no se tuviese propio, ni yo estaba en fundarle
sin renta, que iba mi intento a que no tuviésemos cuidado de lo que
habíamos menester, y no miraba a los muchos cuidados que trae consigo
tener propio.
Esta bendita mujer, como la enseñaba el Señor, tenía bien
entendido, con no saber leer, lo que yo con tanto haber andado a leer
las Constituciones, ignoraba. Y como me lo dijo, perecióme bien,
aunque temí que no me lo habían de consentir, sino decir que hacía
desatinos y que no hiciese cosa que padeciesen otras por mí, que, a
ser yo sola, poco ni mucho me detuviera, antes me era gran regalo
pensar de guardar los consejos de Cristo Señor nuestro, porque
grandes deseos de pobreza ya me los había dado Su Majestad.
Así que para mí no dudaba ser lo mejor; porque días había que
deseaba fuera posible a mi estado andar pidiendo por amor de Dios y no
tener casa ni otra cosa. Mas temía que, si a las demás no daba el
Señor estos deseos, vivirían descontentas, y también no fuese
causa de alguna distracción, porque veía algunos monasterios pobres
no muy recogidos, y no miraba que el no serlo era causa de ser pobres,
y no la pobreza de la distracción; porque ésta no hace más
ricas, ni falta Dios jamás a quien le sirve. En fin tenía flaca la
fe, lo que no hacía a esta sierva de Dios.
3. Como yo en todo tomaba tantos pareceres, casi a nadie hallaba de
este parecer: ni confesor, ni los letrados que trataba.
Traíanme tantas razones, que no sabía qué hacer, porque, como ya
yo sabía era Regla y veía ser más perfección, no podía
persuadirme a tener renta. Y ya que algunas veces me tenían
convencida, en tornando a la oración y mirando a Cristo en la cruz
tan pobre y desnudo, no podía poner a paciencia ser rica.
Suplicábale con lágrimas lo ordenase de manera que yo me viese pobre
como El.
4. Hallaba tantos inconvenientes para tener renta y veía ser tanta
causa de inquietud y aun distracción, que no hacía sino disputar con
los letrados. Escribílo al religioso dominico que nos ayudaba.
Envióme escritos dos pliegos de contradicción y teología
para que no lo hiciese, y así me lo decía, que lo había estudiado
mucho. Yo le respondí que para no seguir mi llamamiento y el voto que
tenía hecho de pobreza y los consejos de Cristo con toda perfección,
que no quería aprovecharme de teología, ni con sus letras en este
caso me hiciese merced.
Si hallaba alguna persona que me ayudase, alegrábame mucho. Aquella
señora con quien estaba, para esto me ayudaba mucho.
Algunos luego al principio decíanme que les parecía bien; después,
como más lo miraban, hallaban tantos inconvenientes, que tornaban a
poner mucho en que no lo hiciese. Decíales yo que, si ellos tan
presto mudaban parecer, que yo al primero me quería llegar.
5. En este tiempo, por ruegos míos, porque esta señora no había
visto al santo Fray Pedro de Alcántara, fue el Señor servido
viniese a su casa, y como el que era bien amador de la pobreza y tantos
años la había tenido, sabía bien la riqueza que en ella estaba, y
así me ayudó mucho y mandó que en ninguna manera dejase de llevarlo
muy adelante. Ya con este parecer y favor, como quien mejor le podía
dar por tenerlo sabido por larga experiencia, yo determiné no andar
buscando otros.
6. Estando un día mucho encomendándolo a Dios, me dijo el Señor
que en ninguna manera dejase de hacerle pobre, que ésta era
la voluntad de su Padre y suya, que El me ayudaría. Fue con tan
grandes efectos, en un gran arrobamiento, que en ninguna manera pude
tener duda de que era Dios.
Otra vez me dijo que en la renta estaba la confusión, y otras cosas
en loor de la pobreza, y asegurándome que a quien le servía no le
faltaba lo necesario para vivir; y esta falta, como digo, nunca yo la
temí por mí.
También volvió el Señor el corazón del Presentado, digo
del religioso dominico, de quien he dicho me escribió no lo hiciese
sin renta. Ya yo estaba muy contenta con haber entendido esto y tener
tales pareceres; no me parecía sino que poseía toda la riqueza del
mundo, en determinándome a vivir de por amor de Dios.
7. En este tiempo, mi Provincial me alzó el mandamiento y
obediencia que me había puesto para estar allí, y dejó en mi
voluntad que si me quisiese ir que pudiese, y si estar, también, por
cierto tiempo; y en éste había de haber elección en mi monasterio,
y avisáronme que muchas querían darme aquel cuidado de
prelada, que para mí sólo pensarlo era tan gran tormento que a
cualquier martirio me determinaba a pasar por Dios con facilidad, a
éste en ningún arte me podía persuadir. Porque dejado el trabajo
grande, por ser muy muchas y otras causas de que yo nunca fui
amiga, ni de ningún oficio, antes siempre los había rehusado,
parecíame gran peligro para la conciencia, y así alabé a Dios de no
me hallar allá. Escribí a mis amigas para que no me diesen voto.
8. Estando muy contenta de no me hallar en aquel ruido, díjome el
Señor que en ninguna manera deje de ir, que pues deseo cruz, que
buena se me apareja, que no la deseche, que vaya con ánimo, que El
me ayudará, y que me fuese luego. Yo me fatigué mucho y no hacía
sino llorar, porque pensé que era la cruz ser prelada y, como digo,
no podía persuadirme a que estaba bien a mi alma en ninguna manera, ni
yo hallaba términos para ello.
Contélo a mi confesor. Mandóme que luego procurase ir,
que claro estaba era más perfección y que, porque hacía gran calor,
que bastaba hallarme allá a la elección, y que me estuviese unos
días, porque no me hiciese mal el camino; mas el Señor,
que tenía ordenado otra cosa, húbose de hacer; porque era tan grande
el desasosiego que traía en mí y el no poder tener oración y
parecerme faltaba de lo que el Señor me había mandado, y que, como
estaba allí a mi placer y con regalo, no quería irme a ofrecer al
trabajo; que todo era palabras con Dios; que, por qué pudiendo
estar adonde era más perfección, había de dejarlo; que si me
muriese, muriese..., y con esto un apretamiento de alma, un
quitarme el Señor todo el gusto en la oración..., en fin, yo
estaba tal, que ya me era tormento tan grande, que supliqué a aquella
señora tuviese por bien dejarme venir, porque ya mi confesor como me
vio así me dijo que me fuese, que también le movía Dios como a
mí.
9. Ella sentía tanto que la dejase, que era otro tormento; que le
había costado mucho acabarlo con el Provincial por muchas maneras de
importunaciones. Tuve por grandísima cosa querer venir en ello,
según lo que sentía; sino, como era muy temerosa de Dios
y como le dije que se le podía hacer gran servicio y otras hartas
cosas, y dila esperanza que era posible tornarla a ver, y así, con
harta pena, lo tuvo por bien.
10. Ya yo no la tenía de venirme, porque entendiendo yo era más
perfección una cosa y servicio de Dios, con el contento que me da
contentarle, pasé la pena de dejar a aquella señora que tanto la
veía sentir, y a otras personas a quien debía mucho, en especial a
mi confesor, que era de la Compañía de Jesús, y hallábame muy
bien con él. Mas mientras más veía que perdía de consuelo
por el Señor, más contento me daba perderle. No podía entender
cómo era esto, porque veía claro estos dos contrarios: holgarme y
consolarme y alegrarme de lo que me pesaba en el alma. Porque yo
estaba consolada y sosegada y tenía lugar para tener muchas horas de
oración; veía que venía a meterme en un fuego, que ya el Señor me
lo había dicho que venía a pasar gran cruz, aunque nunca yo
pensé lo fuera tanto como después vi. Y con todo, venía yo
alegre, y estaba deshecha de que no me ponía luego en la batalla,
pues el Señor quería la tuviese; y así enviaba Su Majestad el
esfuerzo y le ponía en mi flaqueza.
11. No podía, como digo, entender cómo podía ser esto. Pensé
esta comparación: si poseyendo yo una joya o cosa que me da gran
contento, ofréceseme saber que la quiere una persona que yo
quiero más que a mí y deseo más contentarla que mi mismo descanso,
dame gran contento quedarme sin el que me daba lo que poseía, por
contentar a aquella persona; y como este contento de contentarla excede
a mi mismo contento, quítase la pena de la falta que me hace la joya o
lo que amo, y de perder el contento que daba. De manera que, aunque
quería tenerla de ver que dejaba personas que tanto sentían apartarse
de mí, con ser yo de mi condición tan agradecida que bastara en otro
tiempo a fatigarme mucho, y ahora, aunque quisiera tener pena, no
podía.
12. Importó tanto el no me tardar un día más para lo que tocaba
al negocio de esta bendita casa, que yo no sé cómo pudiera
concluirse si entonces me detuviera. ¡Oh grandeza de Dios!, muchas
veces me espanta cuando lo considero y veo cuán particularmente quería
Su Majestad ayudarme para que se efectuase este rinconcito de Dios,
que yo creo lo es, y morada en que Su Majestad se deleita, como una
vez estando en oración me dijo, que era esta casa paraíso de su
deleite. Y así parece ha Su Majestad escogido las almas que ha
traído a él, en cuya compañía yo vivo con harta harta confusión;
porque yo no supiera desearlas tales para este propósito de tanta
estrechura y pobreza y oración; y llévanlo con una alegría
y contento, que cada una se halla indigna de haber merecido venir a tal
lugar; en especial algunas, que las llamó el Señor de mucha vanidad
y gala del mundo, adonde pudieran estar contentas conforme a sus
leyes, y hales dado el Señor tan doblados los contentos aquí, que
claramente conocen haberles el Señor dado ciento por uno que dejaron,
y no se hartan de dar gracias a Su Majestad. A otras ha
mudado de bien en mejor. A las de poca edad da fortaleza y
conocimiento para que no puedan desear otra cosa, y que entiendan que
es vivir en mayor descanso, aun para lo de acá, estar apartadas de
todas las cosas de la vida. A las que son de más edad y con poca
salud, da fuerzas y se las ha dado para poder llevar la aspereza y
penitencia que todas.
13. ¡Oh Señor mío, cómo se os parece que sois poderoso!
No es menester buscar razones para lo que Vos queréis,
porque sobre toda razón natural hacéis las cosas tan posibles que dais
a entender bien que no es menester más de amaros de veras y dejarlo de
veras todo por Vos, para que Vos, Señor mío, lo hagáis todo
fácil. Bien viene aquí decir que fingís trabajo en vuestra ley;
porque yo no le veo, Señor, ni sé cómo es estrecho el
camino que lleva a Vos. Camino real veo que es, que no senda.
Camino que, quien de verdad se pone en él, va más seguro. Muy
lejos están los puertos y rocas para caer, porque lo están de las
ocasiones. Senda llamo yo, y ruin senda y angosto camino, el que de
una parte está un valle muy hondo adonde caer y de la otra un
despeñadero: no se han descuidado, cuando se despeñan y se hacen
pedazos.
14. El que os ama de verdad, Bien mío, seguro va por ancho
camino y real. Lejos está el despeñadero. No ha tropezado tantico,
cuando le dais Vos, Señor, la mano. No basta una
caída ni muchas, si os tiene amor y no a las cosas del mundo, para
perderse. Va por el valle de la humildad. No puedo entender qué es
lo que temen de ponerse en el camino de la perfección.
El Señor, por quien es, nos dé a entender cuán mala es la
seguridad en tan manifiestos peligros como hay en andar con el hilo de
la gente, y cómo está la verdadera seguridad en procurar ir
muy adelante en el camino de Dios. Los ojos en El, y no hayan miedo
se ponga este Sol de Justicia, ni nos deje caminar de noche
para que nos perdamos, si primero no le dejamos a El.
15. No temen andar entre leones, que cada uno parece que quiere
llevar un pedazo, que son las honras y deleites y contentos semejantes
que llama el mundo; y acá parece hace el demonio temer de
musarañas. Mil veces me espanto y diez mil querría hartarme de
llorar y dar voces a todos para decir la gran ceguedad y maldad mía,
porque si aprovechase algo para que ellos abriesen los ojos, ábraselos
el que puede, por su bondad, y no permita se me tornen a
cegar a mí, amén.
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