|
1. Estando yo una vez importunando al Señor mucho porque diese
vista a una persona que yo tenía obligación, que la había del
todo casi perdido, yo teníale gran lástima y temía por mis pecados
no me había el Señor de oír. Aparecióme como otras veces y
comenzóme a mostrar la llaga de la mano izquierda, y con la otra
sacaba un clavo grande que en ella tenía metido. Parecíame que a
vuelta del clavo sacaba la carne. Veíase bien el gran dolor,
que me lastimaba mucho, y díjome que quien aquello había pasado por
mí, que no dudase sino que mejor haría lo que le pidiese; que El me
prometía que ninguna cosa le pidiese que no la hiciese, que ya
sabía El que yo no pediría sino conforme a su gloria, y que así
haría esto que ahora pedía; que aun cuando no le servía, mirase yo
que no le había pedido cosa que no la hiciese mejor que yo lo sabía
pedir, que cuán mejor lo haría ahora que sabía le amaba, que no
dudase de esto.
No creo pasaron ocho días, que el Señor no tornó la vista a
aquella persona. Esto supo mi confesor luego. Ya puede ser no fuese
por mi oración; mas yo como había visto esta visión, quedóme una
certidumbre que, por merced hecha a mí, di a Su Majestad las
gracias.
2. Otra vez estaba una persona muy enfermo de una enfermedad muy
penosa, que por ser no sé de qué hechura, no la señalo aquí.
Era cosa incomportable lo que había dos meses que pasaba y
estaba en un tormento que se despedazaba. Fuele a ver mi confesor,
que era el Rector que he dicho, y húbole gran lástima, y
díjome que en todo caso le fuese a ver, que era persona que yo lo
podía hacer, por ser mi deudo. Yo fui y movióme a tener de él
tanta piedad, que comencé muy importunamente a pedir su salud al
Señor. En esto vi claro, a todo mi parecer, la merced que me
hizo; porque luego otro día estaba del todo bueno de aquel dolor.
3. Estaba una vez con grandísima pena, porque sabía que una
persona, a quien yo tenía mucha obligación, quería hacer una cosa
harto contra Dios y su honra, y estaba ya muy determinado a ello.
Era tanta mi fatiga, que no sabía qué hacer. Remedio para que lo
dejase, ya parecía que no le había. Supliqué a Dios muy de
corazón que le pusiese; mas hasta verlo, no podía aliviarse mi
pena.
Fuime, estando así, a una ermita bien apartada, que las hay
en este monasterio, y estando en una, adonde está Cristo a la
Columna, suplicándole me hiciese esta merced, oí que me hablaba una
voz muy suave, como metida en un silbo. Yo me espelucé toda, que me
hizo temor, y quisiera entender lo que me decía, mas no pude, que
pasó muy en breve. Pasado mi temor, que fue presto, quedé con un
sosiego y gozo y deleite interior, que yo me espanté que sólo oír
una voz (que esto oílo con los oídos corporales y sin entender
palabra) hiciese tanta operación en el alma. En esto vi que
se había de hacer lo que pedía, y así fue que se me quitó del todo
la pena en cosa que aún no era, como si lo viera hecho, como fue
después. Díjelo a mis confesores, que tenía entonces dos, harto
letrados y siervos de Dios.
4. Sabía que una persona que se había determinado a servir muy de
veras a Dios y tenido algunos días oración y en ella le hacía Su
Majestad muchas mercedes, y que por ciertas ocasiones que había
tenido la había dejado, y aún no se apartaba de ellas, y eran bien
peligrosas. A mi me dio grandísima pena por ser persona a quien
quería mucho y debía. Creo fue más de un mes que no hacía sino
suplicar a Dios tornase esta alma a Sí.
Estando un día en oración, vi un demonio cabe mí que hizo unos
papeles que tenía en la mano pedazos con mucho enojo. A mí me dio
gran consuelo, que me pareció se había hecho lo que pedía; y así
fue, que después lo supe que había hecho una confesión con gran
contrición, y tornóse tan de veras a Dios, que espero en Su
Majestad ha de ir siempre muy adelante. Sea bendito por todo,
amén.
5. En esto de sacar nuestro Señor almas de pecados graves por
suplicárselo yo, y otras traídolas a más perfección, es muchas
veces. Y de sacar almas de purgatorio y otras cosas señaladas, son
tantas las mercedes que en esto el Señor me ha hecho, que sería
cansarme y cansar a quien lo leyese si las hubiese de decir, y mucho
más en salud de almas que de cuerpos. Esto ha sido cosa muy conocida
y que de ello hay hartos testigos. Luego luego dábame mucho
escrúpulo, porque yo no podía dejar de creer que el Señor lo hacía
por mi oración. Dejemos ser lo principal, por sola su bondad. Mas
son ya tantas las cosas y tan vistas de otras personas, que no me da
pena creerlo, y alabo a Su Majestad y háceme confusión, porque veo
soy más deudora, y háceme a mi parecer crecer el deseo de servirle,
y avívase el amor. Y lo que más me espanta es que las que el Señor
ve no convienen, no puedo, aunque quiero, suplicárselo, sino con
tan poca fuerza y espíritu y cuidado, que, aunque más yo quiero
forzarme, es imposible, como otras cosas que Su Majestad ha de
hacer, que veo yo que puedo pedirlo muchas veces y con gran
importunidad. Aunque yo no traiga este cuidado, parece que se me
representa delante.
6. Es grande la diferencia de estas dos maneras de pedir, que no sé
cómo lo declarar; porque aunque lo uno pido (que no dejo de
esforzarme a suplicarlo al Señor, aunque no sienta en mí aquel
hervor que en otras, aunque mucho me toquen), es como quien tiene
trabada la lengua, que aunque quiera hablar no puede, y si habla, es
de suerte que ve que no le entienden; o como quien habla claro y
despierto a quien ve que de buena gana le está oyendo. Lo
uno se pide, digamos ahora, como oración vocal, y lo otro en
contemplación tan subida, que se representa el Señor de manera que
se entiende que nos entiende y que se huelga Su Majestad de que se lo
pidamos y de hacernos merced.
Sea bendito por siempre, que tanto da y tan poco le doy yo. Porque
¿qué hace, Señor mío, quien no se deshace toda por Vos? ¡Y
qué de ello, qué de ello, qué de ello y otras mil veces lo puedo
decir, me falta para esto! Por eso no había de querer vivir (aunque
hay otras causas), porque no vivo conforme a lo que os debo. ¡Con
qué de imperfecciones me veo! ¡Con qué flojedad en serviros! Es
cierto que algunas veces me parece querría estar sin sentido, por no
entender tanto mal de mí. El, que puede, lo remedie.
7. Estando en casa de aquella señora que he dicho, adonde
había menester estar con cuidado y considerar siempre la vanidad que
consigo traen todas las cosas de la vida, porque estaba muy estimada y
era muy loada y ofrecíanse hartas cosas a que me pudiera bien apegar,
si mirara a mí; mas miraba el que tiene verdadera vista a no me dejar
de su mano.
8. Ahora que digo de «verdadera vista», me acuerdo de los grandes
trabajos que se pasan en tratar (personas a quien Dios ha llegado a
conocer lo que es verdad) en estas cosas de la tierra, adonde tanto se
encubre, como una vez el Señor me dijo. Que muchas cosas de las que
aquí escribo, no son de mi cabeza, sino que me las decía este mi
Maestro celestial. Y porque en las cosas que yo señaladamente digo
«esto entendí», o «me dijo el Señor», se me hace escrúpulo
grande poner o quitar una sola sílaba que sea; así, cuando
puntualmente no se me acuerda bien todo, va dicho como de mío; porque
algunas cosas también lo serán; no llamo mío lo que es bueno, que
ya sé no hay cosa en mí, sino lo que tan sin merecerlo me ha dado el
Señor; sino llamo «dicho de mí», no ser dado a entender en
revelación.
9. Mas ¡ay Dios mío, y cómo aun en las espirituales queremos
muchas veces entender las cosas por nuestro parecer, y muy torcidas de
la verdad también, como en las del mundo, y nos parece que hemos de
tasar nuestro aprovechamiento por los años que tenemos algún ejercicio
de oración, y aun parece queremos poner tasa a quien sin ninguna da
sus dones cuando quiere, y puede dar en medio año más a uno que a
otro en muchos! Y es cosa ésta que la tengo tan vista por muchas
personas, que yo me espanto cómo nos podemos detener en esto.
10. Bien creo no estará en este engaño quien tuviere talento de
conocer espíritus y le hubiere el Señor dado humildad verdadera; que
éste juzga por los efectos y determinaciones y amor, y dale el Señor
luz para que lo conozca. Y en esto mira el adelantamiento y
aprovechamiento de las almas, que no en los años; que en medio
puede uno haber alcanzado más que otro en veinte. Porque,
como digo, dalo el Señor a quien quiere y aun a quien mejor se
dispone. Porque veo yo venir ahora a esta casa unas doncellas que son
de poca edad, y en tocándolas Dios y dándoles un poco de
luz y amor digo en un poco de tiempo que les hizo algún regalo, no le
aguardaron, ni se les puso cosa delante, sin acordarse del comer,
pues se encierran para siempre en casa sin renta, como quien no estima
la vida por el que sabe que las ama. Déjanlo todo, ni quieren
voluntad, ni se les pone delante que pueden tener descontento en tanto
encerramiento y estrechura: todas juntas se ofrecen en sacrificio por
Dios.
11. ¡Cuán de buena gana les doy yo aquí la ventaja y había de
andar avergonzada delante de Dios! Porque lo que Su Majestad no
acabó conmigo en tanta multitud de años como ha que comencé a tener
oración y me comenzó a hacer mercedes, acaba con ellas en tres meses
y aun con alguna en tres días, con hacerlas muchas menos que a mí,
aunque bien las paga Su Majestad. A buen seguro que no están
descontentas por lo que por El han hecho.
12. Para esto querría yo se nos acordase de los muchos años a los
que los tenemos de profesión y las personas que los tienen de
oración, y no para fatigar a los que en poco tiempo van más
adelante, con hacerlos tornar atrás para que anden a nuestro paso; y
a los que vuelan como águilas con las mercedes que les hace Dios,
quererlos hacer andar como pollo trabado; sino que pongamos
los ojos en Su Majestad y, si los viéremos con humildad, darles la
rienda; que el Señor que los hace tantas mercedes no los dejará
despeñar. Fíanse ellos mismos de Dios, que esto les aprovecha la
verdad que conocen de la fe, ¿y no los fiaremos nosotros, sino que
queremos medirlos por nuestra medida conforme a nuestros bajos ánimos?
No así, sino que, si no alcanzamos sus grandes efectos y
determinaciones, porque sin experiencia se pueden mal entender,
humillémonos y no los condenemos; que, con parecer que miramos su
provecho, nos le quitamos a nosotros y perdemos esta ocasión que el
Señor pone para humillarnos y para que entendamos lo que nos falta, y
cuán más desasidas y llegadas a Dios deben estar estas almas que las
nuestras, pues tanto Su Majestad se llega a ellas.
13. No entiendo otra cosa ni la querría entender, sino que
oración de poco tiempo que hace efectos muy grandes, que luego se
entienden (que es imposible que los haya, para dejarlo todo sólo por
contentar a Dios, sin gran fuerza de amor), yo la querría más que
la de muchos años, que nunca acabó de determinarse más al postrero
que al primero a hacer cosa que sea nada por Dios, salvo si unas
cositas menudas como sal, que no tienen peso ni tomo que parece un
pájaro se las llevara en el pico, no tenemos por gran efecto y
mortificación; que de algunas cosas hacemos caso, que hacemos por el
Señor, que es lástima las entendamos, aunque se hiciesen muchas.
Yo soy ésta, y olvidaré las mercedes a cada paso. No digo yo que
no las tendrá Su Majestad en mucho, según es bueno; mas querría
yo no hacer caso de ellas, ni ver que las hago, pues no son nada.
Mas perdonadme, Señor mío, y no me culpéis, que con algo me
tengo de consolar, pues no os sirvo en nada, que si en cosas grandes
os sirviera, no hiciera caso de las nonadas. ¡Bienaventuradas las
personas que os sirven con obras grandes! Si con haberlas yo envidia y
desearlo se me toma en cuenta, no quedaría muy atrás en contentaros;
mas no valgo nada, Señor mío. Ponedme Vos el valor, pues tanto
me amáis.
14. Acaecióme un día de estos que con traer un Breve de Roma
para no poder tener renta este monasterio, se acabó del
todo, que paréceme ha costado algún trabajo. Estando consolada de
verlo así concluido y pensando los que había tenido y alabando al
Señor que en algo se había querido servir de mí, comencé a pensar
las cosas que había pasado. Y es así que en cada una de las que
parecía eran algo, que yo había hecho, hallaba tantas faltas e
imperfecciones, y a veces poco ánimo, y muchas poca fe; porque hasta
ahora, que todo lo veo cumplido cuanto el Señor me dijo de esta casa
se había de hacer, nunca determinadamente lo acababa de
creer, ni tampoco lo podía dudar. No sé cómo era esto. Es que
muchas veces, por una parte me parecía imposible, por otra no lo
podía dudar, digo creer que no se había de hacer. En fin, hallé
lo bueno haberlo el Señor hecho todo de su parte, y lo malo yo; y
así dejé de pensar en ello, y no querría se me acordase por no
tropezar con tantas faltas mías. Bendito sea El, que de todas saca
bien, cuando es servido, amén.
15. Pues digo que es peligroso ir tasando los años que se han
tenido de oración, que aunque haya humildad, parece puede quedar un
no sé qué de parecer se merece algo por lo servido. No digo yo que
no lo merecen y les será bien pagado; mas cualquier espiritual que le
parezca que por muchos años que haya tenido oración merece estos
regalos de espíritu, tengo yo por cierto que no subirá a la cumbre de
él. ¿No es harto que haya merecido le tenga Dios de su mano para no
le hacer las ofensas que antes que tuviese oración le hacía, sino que
le ponga pleito por sus dineros, como dicen? No me parece
profunda humildad. Ya puede ser lo sea; mas yo por atrevimiento lo
tengo; pues yo, con tener poca humildad, no me parece jamás he
osado. Ya puede ser que, como nunca he servido, no he pedido; por
ventura si lo hubiera hecho, quisiera más que todos me lo pagara el
Señor.
16. No digo yo que no va creciendo un alma y que no se lo dará
Dios, si la oración ha sido humilde; mas que se olviden estos
años, que es todo asco cuanto podemos hacer, en comparación de una
gota de sangre de las que el Señor por nosotros derramó. Y si con
servir más quedamos más deudores, ¿qué es esto que pedimos, pues
si pagamos un maravedí de la deuda, nos tornan a dar mil ducados?
Que, por amor de Dios, dejemos estos juicios, que son suyos.
Estas comparaciones siempre son malas, aun en cosas de acá; pues
¿qué será en lo que sólo Dios sabe? Y lo mostró bien Su
Majestad cuando pagó tanto a los postreros como a los primeros.
17. Es en tantas veces las que he escrito estas tres hojas y en
tantos días porque he tenido y tengo, como he dicho, poco
lugar, que se me había olvidado lo que comencé a decir, que
era esta visión:
Vime estando en oración en un gran campo a solas. En rededor de mí
mucha gente de diferentes maneras que me tenían rodeada. Todas me
parece tenían armas en las manos para ofenderme: unas, lanzas;
otras, espadas; otras, dagas y otras, estoques muy largos. En
fin, yo no podía salir por ninguna parte sin que me pusiese a peligro
de muerte, y sola, sin persona que hallase de mi parte. Estando mi
espíritu en esta aflicción, que no sabía qué me hacer, alcé los
ojos al cielo, y vi a Cristo, no en el cielo, sino bien alto de mí
en el aire, que tendía la mano hacia mí, y desde allí me favorecía
de manera que yo no temía toda la otra gente, ni ellos, aunque
querían, me podían hacer daño.
18. Parece sin fruto esta visión, y hame hecho grandísimo
provecho, porque se me dio a entender lo que significaba. Y poco
después me vi casi en aquella batería y conocí ser aquella visión un
retrato del mundo, que cuanto hay en él parece tiene armas para
ofender a la triste alma. Dejemos los que no sirven mucho al Señor,
y honras y haciendas y deleites y otras cosas semejantes, que está
claro que, cuando no se cata, se ve enredada, al menos
procuran todas estas cosas enredar; mas amigos, parientes y, lo que
más me espanta, personas muy buenas, de todo me vi después tan
apretada, pensando ellos que hacían bien, que yo no sabía cómo me
defender ni qué hacer.
19. ¡Oh, válgame Dios! si dijese de las maneras y diferencias
de trabajos que en este tiempo tuve, aun después de lo que atrás
queda dicho, ¡cómo sería harto aviso para del todo
aborrecerlo todo!
Fue la mayor persecución me parece de las que he pasado. Digo que me
vi a veces de todas partes tan apretada, que sólo hallaba remedio en
alzar los ojos al cielo y llamar a Dios. Acordábame bien de lo que
había visto en esta visión. E hízome harto gran provecho para no
confiar mucho de nadie, porque no le hay que sea estable sino Dios.
Siempre en estos trabajos grandes me enviaba el Señor, como me lo
mostró, una persona de su parte que me diese la mano, como me lo
había mostrado en esta visión, sin ir asida a nada más de a
contentar al Señor; que ha sido para sustentar esa poquita de virtud
que yo tenía en desearos servir. ¡Seáis bendito por siempre!
20. Estando una vez muy inquieta y alborotada, sin poder
recogerme, y en batalla y contienda, yéndoseme el pensamiento a cosas
que no eran perfectas aún no me parece estaba con el desasimiento que
suelo, como me vi así tan ruin, tenía miedo si las mercedes que el
Señor me había hecho eran ilusiones. Estaba, en fin, con una
oscuridad grande de alma. Estando con esta pena, comenzóme a hablar
el Señor y díjome que no me fatigase, que en verme así entendería
la miseria que era, si El se apartaba de mí, y que no había
seguridad mientras vivíamos en esta carne. Dióseme a entender cuán
bien empleada es esta guerra y contienda por tal premio, y parecióme
tenía lástima el Señor de los que vivimos en el mundo. Mas que no
pensase yo me tenía olvidada, que jamás me dejaría, mas que era
menester hiciese yo lo que es en mí. Esto me dijo el Señor con una
piedad y regalo, y con otras palabras en que me hizo harta merced, que
no hay para qué decirlas.
21. Estas me dice Su Majestad muchas veces, mostrándome gran
amor: Ya eres mía y Yo soy tuyo.
Las que yo siempre tengo costumbre de decir, y a mi parecer las digo
con verdad, son: ¿Qué se me da, Señor, a mí de mí, sino de
Vos? Son para mí estas palabras y regalos tan grandísima
confusión, cuando me acuerdo la que soy, que como he dicho creo otras
veces y ahora lo digo algunas a mi confesor, más ánimo me
parece es menester para recibir estas mercedes, que para pasar
grandísimos trabajos. Cuando pasa, estoy casi olvidada de mis
obras, sino un representárseme que soy ruin, sin discurso de
entendimiento, que también me parece a veces sobrenatural.
22. Viénenme algunas veces unas ansias de comulgar tan grandes,
que no sé si se podría encarecer. Acaecióme una mañana que llovía
tanto, que no parece hacía para salir de casa. Estando yo fuera de
ella, yo estaba ya tan fuera de mí con aquel deseo, que aunque me
pusieran lanzas a los pechos, me parece entrara por ellas, cuánto
más agua. Como llegué a la iglesia, diome un arrobamiento grande:
parecióme vi abrir los cielos, no una entrada como otras veces he
visto. Representóseme el trono que dije a vuestra merced he visto
otras veces, y otro encima de él, adonde por una noticia que
no sé decir, aunque no lo vi, entendí estar la Divinidad.
Parecíame sostenerle unos animales; a mí me parece he oído una
figura de estos animales; pensé si eran los evangelistas.
Mas cómo estaba el trono, ni qué estaba en él, no lo vi, sino muy
gran multitud de ángeles. Pareciéronme sin comparación con muy
mayor hermosura que los que en el cielo he visto. He pensado si son
serafines o querubines, porque son muy diferentes en la gloria, que
parecía tener inflamamiento: es grande la diferencia, como he dicho.
Y la gloria que entonces en mí sentí no se puede escribir
ni aun decir, ni la podrá pensar quien no hubiere pasado por esto.
Entendí estar allí todo junto lo que se puede desear, y no vi nada.
Dijéronme, y no sé quién, que lo que allí podía hacer era
entender que no podía entender nada, y mirar lo nonada que era todo en
comparación de aquello. Es así que se afrentaba después mi alma de
ver que pueda parar en ninguna cosa criada, cuánto más aficionarse a
ella, porque todo me parecía un hormiguero.
23. Comulgué y estuve en la misa, que no sé cómo pude estar.
Parecióme había sido muy breve espacio. Espantéme cuando dio el
reloj y vi que eran dos horas las que había estado en aquel
arrobamiento y gloria. Espantábame después, cómo en llegando a
este fuego, que parece viene de arriba, de verdadero amor de Dios
(porque aunque más lo quiera y procure y me deshaga por ello, si no
es cuando Su Majestad quiere, como he dicho otras veces, no
soy parte para tener una centella de él), parece que consume el
hombre viejo de faltas y tibieza y miseria; y a manera de como hace el
ave fénix según he leído y de la misma ceniza, después que
se quema, sale otra, así queda hecha otra el alma después con
diferentes deseos y fortaleza grande. No parece es la que antes, sino
que comienza con nueva puridad el camino del Señor.
Suplicando yo a Su Majestad fuese así, y que de nuevo comenzase a
servirle, me dijo: Buena comparación has hecho; mira no se te
olvide para procurar mejorarte siempre.
24. Estando una vez con la misma duda que poco ha dije, si
eran estas visiones de Dios, me apareció el Señor y me dijo con
rigor: ¡Oh hijos de los hombres! ¿Hasta cuándo seréis duros de
corazón? Que una cosa examinase bien en mí: si del todo estaba dada
por suya, o no; que si lo estaba y lo era, que creyese no me dejaría
perder.
Yo me fatigué mucho de aquella exclamación. Con gran ternura y
regalo me tornó a decir que no me fatigase, que ya sabía que por mí
no faltaría de ponerme a todo lo que fuese su servicio; que se haría
todo lo que yo quería (y así se hizo lo que entonces le suplicaba);
que mirase el amor que se iba aumentando en mí cada día para amarle,
que en esto vería no ser demonio; que no pensase que consentía Dios
tuviese tanta parte el demonio en las almas de sus siervos y que te
pudiese dar la claridad de entendimiento y quietud que tienes. Diome a
entender que habiéndome dicho tantas personas, y tales, que era
Dios, que haría mal en no creerlo.
25. Estando una vez rezando el salmo de Quicumque vult,
se me dio a entender la manera cómo era un solo Dios y tres Personas
tan claro, que yo me espanté y consolé mucho. Hízome grandísimo
provecho para conocer más la grandeza de Dios y sus maravillas, y
para cuando pienso o se trata de la Santísima Trinidad, parece
entiendo cómo puede ser, y esme mucho contento.
26. Un día de la Asunción de la Reina de los Angeles y Señora
nuestra, me quiso el Señor hacer esta merced, que en un arrobamiento
se me representó su subida al cielo, y la alegría y solemnidad con
que fue recibida y el lugar adonde está. Decir cómo fue esto, yo no
sabría. Fue grandísima la gloria que mi espíritu tuvo de ver tanta
gloria. Quedé con grandes efectos, y aprovechóme para desear más
pasar grandes trabajos, y quedóme gran deseo de servir a esta
Señora, pues tanto mereció.
27. Estando en un Colegio de la Compañía de Jesús, y
estando comulgando los hermanos de aquella casa, vi un palio muy rico
sobre sus cabezas. Esto vi dos veces. Cuando otras personas
comulgaban, no lo veía.
|
|