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1. Quedé de estos cuatro días de paroxismo de manera que
sólo el Señor puede saber los incomportables tormentos que sentía en
mí: la lengua hecha pedazos de mordida; la garganta, de no haber
pasado nada y de la gran flaqueza que me ahogaba, que aun el agua no
podía pasar; toda me parecía estaba descoyuntada; con grandísimo
desatino en la cabeza; toda encogida, hecha un ovillo, porque en esto
paró el tormento de aquellos días, sin poderme menear, ni brazo ni
pie ni mano ni cabeza, más que si estuviera muerta, si no me
meneaban; sólo un dedo me parece podía menear de la mano derecha.
Pues llegar a mí no había cómo, porque todo estaba tan lastimado
que no lo podía sufrir. En una sábana, una de un cabo y otra de
otro, me meneaban.
Esto fue hasta Pascua Florida. Sólo tenía que, si no
llegaban a mí, los dolores me cesaban muchas veces y, a cuento de
descansar un poco, me contaba por buena, que traía temor me
había de faltar la paciencia; y así quedé muy contenta de verme sin
tan agudos y continuos dolores, aunque a los recios fríos de cuartanas
dobles con que quedé, recísimas, los tenía incomportables;
el hastío muy grande.
2. Di luego tan gran prisa de irme al monasterio, que me hice llevar
así. A la que esperaban muerta, recibieron con alma; mas el
cuerpo peor que muerto, para dar pena verle. El extremo de flaqueza
no se puede decir, que solos los huesos tenía ya. Digo que estar
así me duró más de ocho meses; el estar tullida, aunque iba
mejorando, casi tres años. Cuando comencé a andar a gatas,
alababa a Dios. Todos los pasé con gran conformidad y, si no fue
estos principios, con gran alegría; porque todo se me hacía nonada
comparado con los dolores y tormentos del principio. Estaba muy
conforme con la voluntad de Dios, aunque me dejase así siempre.
Paréceme era toda mi ansia de sanar por estar a solas en oración como
venía mostrada, porque en la enfermería no había aparejo.
Confesábame muy a menudo. Trataba mucho de Dios, de manera que
edificaba a todas, y se espantaban de la paciencia que el Señor me
daba; porque, a no venir de mano de Su Majestad, parecía imposible
poder sufrir tanto mal con tanto contento.
3. Gran cosa fue haberme hecho la merced en la oración que me había
hecho, que ésta me hacía entender qué cosa era amarle; porque de
aquel poco tiempo vi nuevas en mí esta virtudes, aunque no fuertes,
pues no bastaron a sustentarme en justicia: no tratar mal de nadie por
poco que fuese, sino lo ordinario era excusar toda murmuración;
porque traía muy delante cómo no había de querer ni decir de otra
persona lo que no quería dijesen de mí. Tomaba esto en harto extremo
para las ocasiones que había, aunque no tan perfectamente que algunas
veces, cuando me las daban grandes, en algo no quebrase; mas lo
continuo era esto; y así, a las que estaban conmigo y me trataban
persuadía tanto a esto, que se quedaron en costumbre. Vínose a
entender que adonde yo estaba tenían seguras las espaldas, y en esto
estaban con las que yo tenía amistad y deudo, y enseñaba;
aunque en otras cosas tengo bien que dar cuenta a Dios del mal ejemplo
que les daba.
Plega a Su Majestad me perdone, que de muchos males fui causa,
aunque no con tan dañada intención como después sucedía la obra.
4. Quedóme deseo de soledad; amiga de tratar y hablar en Dios,
que si yo hallara con quién, más contento y recreación me
daba que toda la policía o grosería, por mejor decir de la
conversación del mundo; comulgar y confesar muy más a menudo, y
desearlo; amiguísima de leer buenos libros; un grandísimo
arrepentimiento en habiendo ofendido a Dios, que muchas veces me
acuerdo que no osaba tener oración, porque temía la grandísima pena
que había de sentir de haberle ofendido, como un gran castigo. Esto
me fue creciendo después en tanto extremo, que no sé yo a qué
compare este tormento. Y no era poco ni mucho por temor jamás, sino
como se me acordaba los regalos que el Señor me hacía en la oración
y lo mucho que le debía, y veía cuán mal se lo pagaba, no lo podía
sufrir, y enojábame en extremo de las muchas lágrimas que
por la culpa lloraba, cuando veía mi poca enmienda, que ni bastaban
determinaciones ni fatiga en que me veía para no tornar a caer en
poniéndome en la ocasión. Parecíanme lágrimas engañosas y
parecíame ser después mayor la culpa, porque veía la gran merced que
me hacía el Señor en dármelas y tan gran arrepentimiento.
Procuraba confesarme con brevedad y, a mi parecer, hacía de
mi parte lo que podía para tornar en gracia.
Estaba todo el daño en no quitar de raíz las ocasiones y en los
confesores, que me ayudaban poco; que, a decirme en el peligro que
andaba y que tenía obligación a no traer aquellos tratos, sin duda
creo se remediara; porque en ninguna vía sufriera andar en pecado
mortal sólo un día, si yo lo entendiera.
Todas estas señales de temer a Dios me vinieron con la oración, y
la mayor era ir envuelto en amor, porque no se me ponía delante el
castigo. Todo lo que estuve tan mala, me duró mucha guarda
de mi conciencia cuanto a pecados mortales. ¡Oh, válgame Dios,
que deseaba yo la salud para más servirle, y fue causa de todo mi
daño!
5. Pues como me vi tan tullida y en tan poca edad y cuál me habían
parado los médicos de la tierra, determiné acudir a los del cielo
para que me sanasen; que todavía deseaba la salud, aunque con mucha
alegría lo llevaba, y pensaba algunas veces que, si estando buena me
había de condenar, que mejor estaba así; mas todavía pensaba que
serviría mucho más a Dios con la salud. Este es nuestro engaño,
no nos dejar del todo a lo que el Señor hace, que sabe mejor lo que
nos conviene.
6. Comencé a hacer devociones de misas y cosas muy aprobadas de
oraciones, que nunca fui amiga de otras devociones que hacen algunas
personas, en especial mujeres, con ceremonias que yo no podía sufrir
y a ellas les hacía devoción; después se ha dado a entender no
convenían, que eran supersticiosas. Y tomé por abogado y señor al
glorioso San José y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de
esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida de alma este
padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No
me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de
hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios
por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha
librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les
dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso
Santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor
darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra que como
tenía el nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar, así en el
cielo hace cuanto le pide.
Esto han visto otras algunas personas, a quien yo decía se
encomendasen a él, también por experiencia; y aun hay
muchas que le son devotas de nuevo, experimentando esta verdad.
7. Procuraba yo hacer su fiesta con toda la solemnidad que podía,
más llena de vanidad que de espíritu, queriendo se hiciese muy
curiosamente y bien, aunque con buen intento. Mas esto tenía malo,
si algún bien el Señor me daba gracia que hiciese, que era lleno de
imperfecciones y con muchas faltas. Para el mal y curiosidad y vanidad
tenía gran maña y diligencia. El Señor me perdone.
Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo,
por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios.
No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares
servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque
aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan.
Paréceme ha algunos años que cada año en su día le pido una cosa,
y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la
endereza para más bien mío.
8. Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana
me alargara en decir muy por menudo las mercedes que ha hecho este
glorioso Santo a mí y a otras personas; mas por no hacer más de lo
que me mandaron, en muchas cosas seré corta más de lo que quisiera,
en otras más larga que era menester; en fin, como quien en todo lo
bueno tiene poca discreción. Sólo pido por amor de Dios que lo
pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es
encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. En
especial, personas de oración siempre le habían de ser aficionadas;
que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles en el
tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San
José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare maestro
que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no
errará en el camino. Plega al Señor no haya yo errado en atreverme
a hablar en él; porque aunque publico serle devota, en los
servicios y en imitarle siempre he faltado.
Pues él hizo como quien es en hacer de manera que pudiese levantarme y
andar y no estar tullida; y yo como quien soy, en usar mal de esta
merced.
9. ¡Quién dijera que había tan presto de caer, después de tantos
regalos de Dios, después de haber comenzado Su Majestad a darme
virtudes, que ellas mismas me despertaban a servirle, después de
haberme visto casi muerta y en tan gran peligro de ir condenada,
después de haberme resucitado alma y cuerpo, que todos los que me
vieron se espantaban de verme viva! ¡Qué es esto, Señor mío!
¿En tan peligrosa vida hemos de vivir? Que escribiendo esto estoy y
me parece que con vuestro favor y por vuestra misericordia podría decir
lo que San Pablo, aunque no con esa perfección, que no vivo yo ya
sino que Vos, Criador mío, vivís en mí, según ha
algunos años que, a lo que puedo entender, me tenéis de vuestra mano
y me veo con deseos y determinaciones y en alguna manera probado por
experiencia en estos años en muchas cosas, de no hacer cosa contra
vuestra voluntad, por pequeña que sea, aunque debo hacer hartas
ofensas a Vuestra Majestad sin entenderlo. Y también me parece que
no se me ofrecerá cosa por vuestro amor, que con gran determinación
me deje de poner a ella, y en algunas me habéis Vos ayudado para que
salga con ellas, y no quiero mundo ni cosa de él, ni me parece me da
contento cosa que salga de Vos, y lo demás me parece pesada
cruz.
Bien me puedo engañar, y así será que no tengo esto que he dicho;
mas bien veis Vos, mi Señor, que a lo que puedo entender no
miento, y estoy temiendo y con mucha razón si me habéis de tornar a
dejar; porque ya sé a lo que llega mi fortaleza y poca virtud en no me
la estando Vos dando siempre y ayudando para que no os deje; y plega a
Vuestra Majestad que aun ahora no esté dejada de Vos, pareciéndome
todo esto de mí.
No sé cómo queremos vivir, pues es todo tan incierto. Parecíame a
mí, Señor mío, ya imposible dejaros tan del todo a Vos; y como
tantas veces os dejé, no puedo dejar de temer, porque, en
apartándoos un poco de mí, daba con todo en el suelo.
Bendito seáis por siempre, que aunque os dejaba yo a Vos, no me
dejasteis Vos a mí tan del todo, que no me tornase a levantar, con
darme Vos siempre la mano; y muchas veces, Señor, no la quería,
ni quería entender cómo muchas veces me llamabais de nuevo, como
ahora diré.
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