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1. Cosa imperfecta me parece, hermanas mías, este quejarnos
siempre con livianos males; si podéis sufrirlo, no lo hagáis.
Cuando es grave el mal, él mismo se queja; es otro quejido y luego
se parece. Mirad que sois pocas, y si una tiene esta costumbre es
para traer fatigadas a todas, si os tenéis amor y hay caridad; sino
que la que estuviere de mal que sea de veras, lo diga y tome lo
necesario; que si perdéis el amor propio, sentiréis tanto cualquier
regalo, que no hayáis miedo le toméis sin necesidad ni os quejéis
sin causa. Cuando la hay, sería muy peor no decirlo que tomarle sin
ella, y muy malo si no os apiadasen.
2. Mas de eso, a buen seguro que adonde hay caridad y tan pocas,
que nunca falte el cuidado de curaros. Mas unas flaquezas y malecillos
de mujeres, olvidaos de quejarlas, que algunas veces pone el demonio
imaginación de esos dolores; quítanse y pónense. Si no se pierde
la costumbre de decirlo y quejaros de todo si no fuere a Dios, nunca
acabaréis. Porque este cuerpo tiene una falta, que mientras más le
regalan, más necesidades descubre. Es cosa extraña lo que quiere
ser regalado; y como tiene aquí algún buen color, por poca que sea
la necesidad, engaña a la pobre del alma para que no medre.
3. Acordaos qué de pobres enfermos habrá que no tengan a quién se
quejar. Pues pobres y regaladas, no lleva camino. Acordaos también
de muchas casadas; -yo sé que las hay- y personas de suerte, que
con graves males, por no dar enfado a sus maridos, no se osan quejar,
y con graves trabajos. Pues ¡pecadora de mí!, sí, que no venimos
aquí a ser más regaladas que ellas. ¡Oh, que estáis libres de
grandes trabajos del mundo, sabed sufrir un poquito por amor de Dios
sin que lo sepan todos! Pues es una mujer muy malcasada, y porque no
sepa su marido lo dice y se queja, pasa mucha malaventura sin descansar
con nadie, ¿y no pasaremos algo entre Dios y nosotras de los males
que nos da por nuestros pecados? ¡Cuánto más que es nonada lo que
se aplaca el mal!
4. En todo esto que he dicho, no trato de males recios, cuando hay
calentura mucha, aunque pido haya moderación y sufrimiento siempre,
sino unos malecillos que se pueden pasar en pie. Mas ¿qué fuera si
éste se hubiera de ver fuera de esta casa?, ¿qué dijeran todas las
monjas de mí? Y ¡qué de buena gana, si alguna se enmendara, lo
sufriera yo! Porque por una que haya de esta suerte, viene la cosa a
términos que, por la mayor parte, no creen a ninguna, por graves
males que tenga.
Acordémonos de nuestros Padres santos pasados ermitaños, cuya vida
pretendemos imitar: ¡qué pasarían de dolores, y qué a solas, y de
fríos y hambre y sol y calor, sin tener a quién se quejar sino a
Dios! ¿Pensáis que eran de hierro? Pues tan delicados eran como
nosotras. Y creed, hijas, que en comenzando a vencer estos
corpezuelos, no nos cansan tanto. Hartas habrá que miren lo que es
menester; descuidaos de vosotras, si no fuere a necesidad conocida.
Si no nos determinamos a tragar de una vez la muerte y la falta de
salud, nunca haremos nada.
5. Procurad de no temerla, y dejaros toda en Dios, venga lo que
viniere. ¿Qué va en que muramos? De cuantas veces nos ha burlado
el cuerpo, ¿no burlaríamos alguna de él? Y creed que esta
determinación importa más de lo que podemos entender; porque de
muchas veces que poco a poco lo vayamos haciendo, con el favor del
Señor, quedaremos señoras de él. Pues vencer un tal enemigo, es
gran negocio para pasar en la batalla de esta vida. Hágalo el Señor
como puede. Bien creo no entiende la ganancia sino quien ya goza de la
victoria, que es tan grande, a lo que creo, que nadie sentiría pasar
trabajo por quedar en este sosiego y señorío.
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