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1. Y porque no penséis se saca poca ganancia de rezar vocalmente con
perfección, os digo que es muy posible que estando rezando el
Paternóster os ponga el Señor en contemplación perfecta, o rezando
otra oración vocal; que por estas vías muestra Su Majestad que oye
al que le habla, y le habla su grandeza, suspendiéndole el
entendimiento y atajándole el pensamiento, y tomándole -como dicen-
la palabra de la boca, que aunque quiere no puede hablar si no es con
mucha pena; entiende que sin ruido de palabras le está enseñando este
Maestro divino, suspendiendo las potencias, porque entonces antes
dañarían que aprovecharían si obrasen. Gozan sin entender cómo
gozan. Está el alma abrasándose en amor y no entiende cómo ama.
Conoce que goza de lo que ama y no sabe cómo lo goza. Bien entiende
que no es gozo que alcanza el entendimiento a desearle. Abrázale la
voluntad sin entender cómo. Mas en pudiendo entender algo, ve que no
es éste bien que se puede merecer con todos los trabajos que se pasasen
juntos por ganarle en la tierra. Es don del Señor de ella y del
cielo, que en fin da como quien es.
Esta, hijas, es contemplación perfecta.
3. Ahora entenderéis la diferencia que hay de ella a la oración
mental, que es lo que queda dicho: pensar y entender qué hablamos y
con quién hablamos y quién somos los que osamos hablar con tan gran
Señor. Pensar esto y otras cosas semejantes de lo poco que le hemos
servido y lo mucho que estamos obligados a servir es oración mental.
No penséis es otra algarabía, ni os espante el nombre. Rezar el
Paternóster y Avemaría o lo que quisiereis, es oración vocal.
Pues mirad qué mala música hará sin lo primero: aun las palabras no
irán con concierto todas veces. En estas dos cosas podemos algo
nosotros, con el favor de Dios; en la contemplación que ahora dije,
ninguna cosa: Su Majestad es el que todo lo hace, que es obra suya
sobre nuestro natural.
4. Como está dado a entender esto de contemplación muy largamente,
lo mejor que yo lo supe declarar, en la relación que tengo dicho
escribí para que viesen mis confesores de mi vida -que me lo
mandaron-, no lo digo aquí ni hago más de tocar en ello. Las que
hubiereis sido tan dichosas que el Señor os llegue a estado de
contemplación, si le pudieseis haber, puntos tiene y avisos que el
Señor quiso acertase a decir, que os consolarían mucho y
aprovecharían, a mi parecer y al de algunos que le han visto, que le
tienen para hacer caso de él; que vergüenza es deciros yo que hagáis
caso del mío, y el Señor sabe la confusión con que escribo mucho de
lo que escribo. ¡Bendito sea que así me sufre! Las que -como
digo- tuvieren oración sobrenatural, procúrenle después de yo
muerta; las que no, no hay para qué, sino esforzarse a hacer lo que
en éste va dicho, y deje al Señor, que es quien lo ha de dar y no
os lo negará si no os quedáis en el camino, sino que os esforzáis
hasta llegar a la fin
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