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1. Ahora mirad que dice vuestro Maestro: "Que estás en los
cielos".
¿Pensáis que importa poco saber qué cosa es cielo y adónde se ha de
buscar vuestro sacratísimo Padre? Pues yo os digo que para
entendimientos derramados que importa mucho, no sólo creer esto, sino
procurarlo entender por experiencia. Porque es una de las cosas que
ata mucho el entendimiento y hace recoger el alma.
2. Ya sabéis que Dios está en todas partes. Pues claro está que
adonde está el rey, allí dicen está la corte. En fin, que adonde
está Dios, es el cielo. Sin duda lo podéis creer que adonde está
Su Majestad está toda la gloria. Pues mirad que dice San Agustín
que le buscaba en muchas partes y que le vino a hallar dentro de sí
mismo. ¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender
esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno
ir al cielo, ni para regalarse con El, ni ha menester hablar a
voces? Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá. Ni ha
menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle
dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran
humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus
trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de
ser su hija.
3. Se deje de unos encogimientos que tienen algunas personas y
piensan es humildad. Sí, que no está la humildad en que si el rey
os hace una merced no la toméis, sino tomarla y entender cuán sobrada
os viene y holgaros con ella. ¡Donosa humildad, que me tenga yo al
Emperador del cielo y de la tierra en mi casa, que se viene a ella por
hacerme merced y por holgarse conmigo, y que por humildad ni le quiera
responder ni estarme con El ni tomar lo que me da, sino que le deje
solo. Y que estándome diciendo y rogando le pida, por humildad me
quede pobre, y aun le deje ir, de que ve que no acabo de
determinarme!
No os curéis, hijas, de estas humildades, sino tratad con El como
con padre y como con hermano y como con señor y como con esposo; a
veces de una manera, a veces de otra, que El os enseñará lo que
habéis de hacer para contentarle. Dejaos de ser bobas; pedidle la
palabra, que vuestro Esposo es, que os trate como a tal.
4. Este modo de rezar, aunque sea vocalmente, con mucha más
brevedad se recoge el entendimiento, y es oración que trae consigo
muchos bienes. Llámase recogimiento, porque recoge el alma todas las
potencias y se entra dentro de sí con su Dios, y viene con más
brevedad a enseñarla su divino Maestro y a darla oración de quietud,
que de ninguna otra manera. Porque allí metida consigo misma, puede
pensar en la Pasión y representar allí al Hijo y ofrecerle al Padre
y no cansar el entendimiento andándole buscando en el monte Calvario y
al huerto y a la columna.
5. Las que de esta manera se pudieren encerrar en este cielo pequeño
de nuestra alma, adonde está el que le hizo, y la tierra, y
acostumbrar a no mirar ni estar adonde se distraigan estos sentidos
exteriores, crea que lleva excelente camino y que no dejará de llegar
a beber el agua de la fuente, porque camina mucho en poco tiempo. Es
como el que va en una nao, que con un poco de buen viento se pone en el
fin de la jornada en pocos días, y los que van por tierra tárdanse
más.
6. Estos están ya, como dicen, puestos en la mar; que, aunque
del todo no han dejado la tierra, por aquel rato hacen lo que pueden
por librarse de ella, recogiendo sus sentidos a sí mismos. Si es
verdadero el recogimiento, siéntese muy claro, porque hace alguna
operación. No sé cómo lo dé a entender. Quien lo tuviere, sí
entenderá. Es que parece se levanta el alma con el juego, que ya ve
lo es las cosas del mundo. Alzase al mejor tiempo y como quien se
entra en un castillo fuerte para no temer los contrarios: un retirarse
los sentidos de estas cosas exteriores y darles de tal manera de mano
que, sin entenderse, se le cierran los ojos por no las ver, porque
más se despierte la vista a los del alma.
Así, quien va por este camino casi siempre que reza tiene cerrados
los ojos, y es admirable costumbre para muchas cosas, porque es un
hacerse fuerza a no mirar las de acá. Esto al principio, que
después no es menester; mayor se la hace cuando en aquel tiempo los
abre. Parece que se entiende un fortalecerse y esforzarse el alma a
costa del cuerpo, y que le deja solo y desflaquecido, y ella toma
allí bastimento para contra él.
7. Y aunque al principio no se entienda esto, por no ser tanto -que
hay más y menos en este recogimiento-, si se acostumbra (aunque) al
principio dé trabajo, porque el cuerpo torna de su derecho, sin
entender que él mismo se corta la cabeza en no darse por vencido), si
se usa algunos días y nos hacemos esta fuerza, verse ha claro la
ganancia y entenderán, en comenzando a rezar, que se vienen las
abejas a la colmena y se entran en ella para labrar la miel, y esto sin
cuidado nuestro; porque ha querido el Señor que por el tiempo que le
han tenido, se haya merecido estar el alma y voluntad con este
señorío, que en haciendo una seña no más de que se quiere recoger,
la obedezcan los sentidos y se recojan a ella. Y aunque después
tornen a salir, es gran cosa haberse ya rendido, porque salen como
cautivos y sujetos y no hacen el mal que antes pudieran hacer. Y en
tornando a llamar la voluntad, vienen con más presteza, hasta que a
muchas entradas de éstas quiere el Señor se queden ya del todo en
contemplación perfecta.
8. Entiéndase mucho esto que queda dicho, porque, aunque parece
oscuro, se entenderá a quien quisiere obrarlo.
Así que caminan por mar; y pues tanto nos va no ir tan despacio,
hablemos un poco de cómo nos acostumbraremos a tan buen modo de
proceder. Están más seguros de muchas ocasiones; pégase más
presto el fuego del amor divino, porque con poquito que soplen con el
entendimiento, como están cerca del mismo fuego, con una centellica
que le toque se abrasará todo. Como no hay embarazo de lo exterior,
estáse sola el alma con su Dios: hay gran aparejo para entenderse.
9. Pues hagamos cuenta que dentro de nosotras está un palacio de
grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas, en
fin, como para tal Señor; y que sois vos parte para que este
edificio sea tal, como a la verdad es así, que no hay edificio de
tanta hermosura como una alma limpia y llena de virtudes, y mientras
mayores, más resplandecen las piedras; y que en este palacio está
este gran Rey, que ha tenido por bien ser vuestro Padre; y que está
en un trono de grandísimo precio, que es vuestro corazón.
10. Parecerá esto al principio cosa impertinente -digo, hacer
esta ficción para darlo a entender- y podrá ser aproveche mucho, a
vosotras en especial; porque, como no tenemos letras las mujeres,
todo esto es menester para que entendamos con verdad que hay otra cosa
más preciosa, sin ninguna comparación, dentro de nosotras que lo que
vemos por de fuera. No nos imaginemos huecas en lo interior. Y plega
a Dios sean solas mujeres las que andan con este descuido; que tengo
por imposible, si trajésemos cuidado de acordarnos tenemos tal
huésped dentro de nosotras, nos diésemos tanto a las cosas del
mundo, porque veríamos cuán bajas son para las que dentro poseemos.
Pues ¿qué más hace una alimaña que en viendo lo que le contenta a
la vista harta su hambre en la presa? Sí, que diferencia ha de haber
de ellas a nosotras.
11. Reiránse de mí, por ventura, y dirán que bien claro se
está esto, y tendrán razón; porque para mí fue oscuro algún
tiempo. Bien entendía que tenía alma; mas lo que merecía esta alma
y quién estaba dentro de ella, si yo no me tapara los ojos con las
vanidades de la vida para verlo, no lo entendía. Que, a mi
parecer, si como ahora entiendo que en este palacio pequeñito de mi
alma cabe tan gran Rey, que no le dejara tantas veces solo, alguna me
estuviera con El, y más procurara que no estuviera tan sucia. Mas
¡qué cosa de tanta admiración, quien hinchiera mil mundos y muy
mucho más con su grandeza, encerrarse en una cosa tan pequeña! A la
verdad, como es Señor, consigo trae la libertad, y como nos ama,
hácese a nuestra medida.
12. Cuando un alma comienza, por no la alborotar de verse tan
pequeña para tener en sí cosa tan grande, no se da a conocer hasta
que va ensanchándola poco a poco, conforme a lo que es menester para
lo que ha de poner en ella. Por esto digo que trae consigo la
libertad, pues tiene el poder de hacer grande este palacio. Todo el
punto está en que se le demos por suyo con toda determinación, y le
desembaracemos para que pueda poner y quitar como en cosa propia. Y
tiene razón Su Majestad, no se lo neguemos. Y como El no ha de
forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos, mas no se da a Sí del
todo hasta que nos damos del todo.
Esto es cosa cierta y, porque importa tanto, os lo acuerdo tantas
veces: ni obra en el alma como cuando del todo sin embarazo es suya,
ni sé cómo ha de obrar; es amigo de todo concierto. Pues si el
palacio henchimos de gente baja y de baratijas, ¿cómo ha de caber el
Señor con su corte? Harto hace de estar un poquito entre tanto
embarazo.
13. ¿Pensáis, hijas, que viene solo? ¿No veis que dice su
Hijo: "que estás en los cielos?". Pues un tal Rey, a osadas
que no le dejen solo los cortesanos, sino que están con El rogándole
por nosotros todos para nuestro provecho, porque están llenos de
caridad. No penséis que es como acá, que si un señor o prelado
favorece a alguno por algunos fines, o porque quiere, luego hay las
envidias y el ser malquisto aquel pobre sin hacerles nada.
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