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1. Pues todavía quiero, hijas, declarar -como lo he oído
platicar, o el Señor ha querido dármelo a entender, por ventura
para que os lo diga- esta oración de quietud, adonde a mí me parece
comienza el Señor, como he dicho, a dar a entender que oye nuestra
petición y comienza ya a darnos su reino aquí, para que de veras le
alabemos y santifiquemos su nombre y procuremos lo hagan todos.
2. Es ya cosa sobrenatural y que no la podemos procurar nosotros por
diligencias que hagamos. Porque es un ponerse el alma en paz, o
ponerla el Señor con su presencia, por mejor decir, como hizo al
junto Simeón, porque todas las potencias se sosiegan. Entiende el
alma, por una manera muy fuera de entender con los sentidos
exteriores, que está ya junto cabe su Dios, que con poquito más
llegará a estar hecha una misma cosa con El por unión. Esto no es
porque lo ve con los ojos del cuerpo ni del alma. Tampoco no veía el
justo Simeón más del glorioso Niño pobrecito; que en lo que
llevaba envuelto y la poca gente con El que iban en la procesión,
más pudiera juzgarle por hijo de gente pobre que por Hijo del Padre
celestial; mas dióselo el mismo Niño a entender. Y así lo
entiende acá el alma, aunque no con esa claridad; porque aun ella no
entiende cómo lo entiende, más de que se ve en el reino, al menos
cabe el Rey que se le ha de dar, y parece que la misma alma está con
acatamiento aun para no osar pedir. Es como un amortecimiento interior
y exteriormente, que no querría el hombre exterior (digo) el
cuerpo, porque mejor me entendáis), que no se querría bullir, sino
como quien ha llegado casi al fin del camino descansa para poder mejor
tornar a caminar, que allí se le doblan las fuerzas para ello.
3. Siéntese grandísimo deleite en el cuerpo y grande satisfacción
en el alma. Está tan contenta de sólo verse cabe la fuente, que aun
sin beber está ya harta. No le parece hay más que desear. Las
potencias sosegadas, que no querrían bullirse, todo parece le estorba
a amar, aunque no tan perdidas, porque pueden pensar en cabe quién
están, que las dos están libres. La voluntad es aquí la cautiva,
y si alguna pena puede tener estando así es de ver que ha de tornar a
tener libertad. El entendimiento no querría entender más de una
cosa, ni la memoria ocuparse en más. Aquí ven que ésta sola es
necesaria y todas las demás la turban. El cuerpo no querrían se
menease, porque les parece han de perder aquella paz, y así no se
osan bullir. Dales pena el hablar; en decir "Padre nuestro" una
vez, se les pasará una hora. Están tan cerca, que ven que se
entienden por señas. Están en el palacio cabe su Rey y ven que las
comienza ya a dar aquí su reino. No parece están en el mundo ni le
querrían ver ni oír, sino a su Dios. No les da pena nada, ni
parece se la ha de dar. En fin, lo que dura, con la satisfacción y
deleite que en sí tienen, están tan embebidas y absortas, que no se
acuerdan que hay más que desear, sino que de buena gana dirían con
San Pedro: "Señor, hagamos aquí tres moradas".
4. Algunas veces en esta oración de quietud hace Dios otra merced
bien dificultosa de entender si no hay gran experiencia; mas si hay
alguna, luego lo entenderéis la que la tuviere, y daros ha mucha
consolación saber qué es, y creo muchas veces hace Dios esta merced
junto con estotra. Cuando es grande y por mucho tiempo esta quietud,
paréceme a mí que si la voluntad no estuviese asida a algo, que no
podría durar tanto en aquella paz; porque acaece andar un día o dos
que nos vemos con esta satisfacción y no nos entendemos -digo los que
la tienen- y verdaderamente ven que no están enteros en lo que hacen,
sino que les falta lo mejor, que es la voluntad, que, a mi parecer,
está unida con su Dios y deja las otras potencias libres para que
entiendan en cosas de su servicio. Y para esto tienen entonces mucha
más habilidad; mas para tratar cosas del mundo están torpes y como
embobados a veces.
5. Es gran merced ésta a quien el Señor la hace, porque vida
activa y contemplativa es junta. De todo sirven entonces al Señor
juntamente; porque la voluntad estáse en su obra sin saber cómo obra
y en su contemplación; las otras dos potencias sirven en lo que
Marta; así que ella y María andan juntas.
Yo sé de una persona que la ponía el Señor aquí muchas veces, y
no se sabía entender, y preguntólo a un gran contemplativo, y dijo
que era muy posible, que a él le acaecía. Así que pienso que,
pues el alma está tan satisfecha en esta oración de quietud, que lo
más continuo debe estar unida la potencia de la voluntad con el que
solo puede satisfacerla.
6. Paréceme será bien dar aquí algunos avisos para las que de
vosotras, hermanas, el Señor ha llegado aquí por sola su bondad,
que sé que son algunas.
El primero es, que como se ven en aquel contento y no saben cómo les
vino, al menos ven que no le pueden ellas por sí alcanzar, dales esta
tentación: que les parece podrán detenerle, y aun resolgar no
querrían. Y es bobería, que así como no podemos hacer que
amanezca, tampoco podemos que deje de anochecer. No es ya obra
nuestra, que es sobrenatural y cosa muy sin poderla nosotros adquirir.
Con lo que más detendremos esta merced, es con entender claro que no
podemos quitar ni poner en ella, sino recibirla como indignísimos de
merecerla, con hacimiento de gracias, y éstas no con muchas
palabras, sino con un alzar los ojos con el publicano.
7. Bien es procurar más soledad para dar lugar al Señor y dejar a
Su Majestad que obre como en cosa suya; y cuanto más, una palabra
de rato en rato, suave, como quien da un soplo en la vela, cuando
viere que se ha muerto, para tornarla a encender; mas si está
ardiendo, no sirve de más de matarla, a mi parecer. Digo que sea
suave el soplo, porque por concertar muchas palabras con el
entendimiento no ocupe la voluntad.
8. Y notad mucho, amigas, este aviso que ahora quiero decir,
porque os veréis muchas veces que no os podáis valer con esotras dos
potencias: que acaece estar el alma con grandísima quietud, y andar
el entendimiento tan remontado, que no parece es en su casa aquello que
pasa; y así lo parece entonces que no está sino como en casa ajena
por huésped y buscando otras posadas adonde estar, que aquélla no le
contenta, porque sabe poco estar en un ser. Por ventura es sólo el
mío, y no deben ser así otros. Conmigo hablo, que algunas veces me
deseo morir, de que no puedo remediar esta variedad del entendimiento.
Otras parece hace asiento en su casa y acompaña a la voluntad, que
cuando todas tres potencias se conciertan, es una gloria. Como dos
casados, que si se aman, que el uno quiere lo que el otro; mas si uno
es malcasado, ya se ve el desasosiego que da a su mujer. Así que la
voluntad, cuando se ve en esta quietud, no haga caso del entendimiento
más que de un loco; porque si le quiere traer consigo, forzado se ha
de ocupar e inquietar algo. Y en este punto de oración todo será
trabajar y no ganar más, sino perder lo que le da el Señor sin
ningún trabajo suyo.
9. Y advertid mucho a esta comparación, que me parece cuadra
mucho: está el alma como un niño que aún mama cuando está a los
pechos de su madre, y ella, sin que él paladee, échale la leche en
la boca por regalarle. Así es acá, que sin trabajo del
entendimiento está amando la voluntad, y quiere el Señor que, sin
pensarlo, entienda que está con El y que sólo trague la leche que
Su Majestad le pone en la boca y goce de aquella suavidad; que
conozca le está el Señor haciendo aquella merced y se goce de
gozarla; mas no que quiera entender cómo la goza y qué es lo que
goza, sino descuídese entonces de sí, que quien está cabe ella no
se descuidará de ver lo que le conviene. Porque si va a pelear con el
entendimiento para darle parte trayéndole consigo, no puede a todo;
forzado dejará caer la leche de la boca y pierde aquel mantenimiento
divino.
10. En esto diferencia esta oración de cuando está toda el alma
unida con Dios: porque entonces aun sólo este tragar el mantenimiento
no hace; dentro de sí, sin entender cómo, le pone el Señor.
Aquí parece que quiere trabaje un poquito, aunque es con tanto
descanso que casi no se siente. Quien la atormenta es el
entendimiento; lo que no hace cuando es unión de todas tres
potencias, porque las suspende el que las crió; porque con el gozo
que da, todas las ocupa sin saber ellas cómo ni poderlo entender.
Así que, como digo, en sintiendo en sí esta oración, que es un
contento quieto y grande de la voluntad, sin saberse determinar de qué
es señaladamente, aunque bien se determina que es diferentísimo de
los contentos de acá y que no bastaría señorear el mundo con todos
los contentos de él para sentir en sí el alma aquella satisfacción,
que es en lo interior de la voluntad -que otros contentos de la vida
paréceme a mí que los goza lo exterior de la voluntad, como la
corteza de ella, digamos- ... Pues cuando se viere en este tan
subido grado de oración (que) es, como he dicho ya, muy
conocidamente sobrenatural), si el entendimiento -o pensamiento, por
más me declarar- a los mayores desatinos del mundo se fuere, ríase
de él y déjele para necio, y estése en su quietud, que él irá y
vendrá; que aquí es señora y poderosa la voluntad, ella se le
traerá sin que os ocupéis. Y si quiere a fuerza de brazos traerle,
pierde la fortaleza que tiene para contra él, que viene de comer y
admitir aquel divino sustentamiento, y ni el uno ni el otro ganarán
nada, sino perderán entrambos. Dicen que quien mucho quiere apretar
junto, lo pierde todo; así me parece será aquí.
La experiencia dará esto a entender, que quien no la tuviere no me
espanto le parezca muy oscuro esto y cosa no necesaria; mas ya he
dicho, que con poca que haya, lo entenderá y se podrá aprovechar de
ello y alabará al Señor, porque fue servido se acertase a decir
aquí.
11. Ahora, pues, concluyamos con que puesta el alma en esta
oración, ya parece le ha concedido el Padre Eterno su petición de
darle acá su reino. ¡Oh dichosa demanda, que tanto bien en ella
pedimos sin entenderlo! ¡Dichosa manera de pedir! Por eso quiero
yo, hermanas, que miremos cómo rezamos esta oración del
Paternóster y todas las demás vocales. Porque hecha Dios esta
merced, descuidarnos hemos de las cosas del mundo; porque llegando el
Señor de él, todo lo echa fuera. No digo que todos los que la
tuvieren, por fuerza estén desasidos del todo del mundo; al menos
querría que entiendan lo que les falta y se humillen y procuren irse
desasiendo del todo, porque si no, quedarse ha aquí. Y alma a quien
Dios le da tales prendas es señal que la quiere para mucho: si no es
por su culpa, irá muy adelante. Mas si ve que poniéndola el reino
del cielo en su casa se torna a la tierra, no sólo no la mostrará los
secretos que hay en su reino, mas serán pocas veces las que le haga
este favor, y breve espacio.
12. Ya puede ser yo me engañe en esto, mas véolo y sé que pasa
así, y tengo para mí que por eso no hay muchos más espirituales;
porque, como no responden en los servicios conforme a tan gran merced,
con no tornar a aparejarse a recibirla, sino sacar al Señor de las
manos la voluntad que ya tiene por suya y ponerla en cosas bajas, vase
a buscar adonde le quieran para dar más, aunque no del todo quita lo
dado cuando se vive con limpia conciencia.
Mas hay personas, y yo he sido una de ellas, que está el Señor
enterneciéndolas y dándolas inspiraciones santas y luz de lo que es
todo, y, en fin, dándoles este reino y poniéndolos en esta oración
de quietud, y ellos haciéndose sordos. Porque son tan amigas de
hablar y de decir muchas oraciones vocales muy apriesa, como quien
quiere acabar su tarea, como tienen ya por sí de decirlas cada día,
que aunque, -como digo- les ponga el Señor su reino en las manos,
no lo admiten; sino que ellos con su rezar piensan que hacen mejor, y
se divierten.
13. Esto no hagáis, hermanas, sino estad sobre aviso cuando el
Señor os hiciere esta merced. Mirad que perdéis un gran tesoro y
que hacéis mucho más con una palabra de cuando en cuando del
Paternóster, que con decirle muchas veces aprisa. Está muy junto a
quien pedís, no os dejará de oír. Y creed que aquí es el
verdadero alabar y santificar de su nombre, porque ya, como cosa de su
casa, glorificáis al Señor y alabáisle con más afección y deseo,
y parece no podéis dejarle de servir.
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