|
1. Heme alargado tanto en esto, aunque había hablado en la oración
del recogimiento de lo mucho que importa este entrarnos a solas con
Dios, por ser tan importante. Y cuando no comulgareis, hijas, y
oyereis misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo
provecho, y hacer lo mismo de recogeros después en vos, que es mucho
lo que se imprime el amor así de este Señor. Porque aparejándonos
a recibir, jamás por muchas maneras deja de dar que no entendemos.
Es llegarnos al fuego que, aunque le haya muy grande, si estáis
desviadas y escondéis las manos, mal os podéis calentar, aunque
todavía da más calor que no estar adonde no haya fuego. Mas otra
cosa es querernos llegar a El, que si el alma está dispuesta -digo
que esté con deseo de perder el frío- y se está allí un rato, para
muchas horas queda con calor.
2. Pues mirad, hermanas, que si a los principios no os hallareis
bien (que) podrá ser, porque os pondrá el demonio apretamiento de
corazón y congoja, porque sabe el daño grande que le viene de
aquí), haraos entender que halláis más devoción en otras cosas y
aquí menos. No dejéis este modo; aquí probará el Señor lo que
le queréis. Acordaos que hay pocas almas que le acompañen y le sigan
en los trabajos; pasemos por El algo, que Su Majestad os lo
pagará. Y acordaos también qué de personas habrá que no sólo
quieran no estar con El, sino que con descomedimiento le echen de
sí. Pues algo hemos de pasar para que entienda le tenemos deseo de
ver. Y pues todo lo sufre y sufrirá por hallar sola un alma que le
reciba y tenga en sí con amor, sea ésta la vuestra. Porque, a no
haber ninguna, con razón no le consintiera quedar el Padre Eterno
con nosotros; sino que es tan amigo de amigos y tan señor de sus
siervos, que, como ve la voluntad de su buen Hijo, no le quiere
estorbar obra tan excelente y adonde tan cumplidamente muestra el amor
que tiene a su Padre.
3. Pues, Padre santo que estás en los cielos, ya que lo queréis
y lo aceptáis, y claro está no habíais de negar cosa que tan bien
nos está a nosotros, alguien ha de haber -como dije al principio-
que hable por vuestro Hijo, pues El nunca tornó de Sí. Seamos
nosotras, hijas, aunque es atrevimiento siendo las que somos; mas
confiadas en que nos manda el Señor que pidamos, llegadas a esta
obediencia, en nombre del buen Jesús supliquemos a Su Majestad
que, pues no le ha quedado por hacer ninguna cosa haciendo a los
pecadores tan gran beneficio como éste, que quiera su piedad y se
sirva de poner remedio para que no sea tan maltratado. Y que pues su
santo Hijo puso tan buen medio para que en sacrificio le podamos
ofrecer muchas veces, que valga tan precioso don para que no vaya
adelante tan grandísimo mal y desacatos como se hacen en los lugares
adonde estaba este Santísimo Sacramento entre estos luteranos,
deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los
sacramentos.
4. Pues ¡qué es esto mi Señor y mi Dios! O dad fin al mundo,
o poned remedio en tan gravísimos males; que no hay corazón que lo
sufra, aun de los que somos ruines. Suplícoos, Padre Eterno, que
no lo sufráis ya Vos. Atajad este fuego, Señor, que si queréis
podéis. Mirad que aún está en el mundo vuestro Hijo; por su
acatamiento cesen cosas tan feas y abominables y sucias; por su
hermosura y limpieza, no merece estar en cosa adonde hay cosas
semejantes. No lo hagáis por nosotros, Señor, que no lo
merecemos; hacedlo por vuestro Hijo. Pues suplicaros que no esté
con nosotros, no os lo osamos pedir: ¿qué sería de nosotros? Que
si algo os aplaca, es tener acá tal prenda. Pues algún medio ha de
haber, Señor mío, póngale Vuestra Majestad.
5. ¡Oh mi Dios! ¡quién pudiera importunaros mucho y haberos
servido mucho para poderos pedir tan gran merced en pago de mis
servicios, pues no dejáis ninguno sin paga! Mas no lo he hecho,
Señor; antes por ventura soy yo la que os he enojado de manera que
por mis pecados vengan tantos males. Pues ¿qué he de hacer,
Criador mío, sino presentaros este Pan sacratísimo y, aunque nos
le disteis, tornárosle a dar y suplicaros, por los méritos de
vuestro Hijo, me hagáis esta merced, pues por tantas partes lo tiene
merecido? Ya, Señor, ya ¡haced que se sosiegue este mar! No
ande siempre en tanta tempestad esta nave de la Iglesia, y salvadnos,
Señor mío, que perecemos.
|
|