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1. Pues viendo nuestro buen Maestro que con este manjar celestial
todo nos es fácil, si no es por nuestra culpa, y que podemos cumplir
muy bien lo que hemos dicho al Padre de que se cumpla en nosotros su
voluntad, dícele ahora que nos perdone nuestras deudas, pues
perdonamos nosotros. Y así, prosiguiendo en la oración que nos
enseña, dice estas palabras: "Y perdónanos, Señor, nuestras
deudas, así como nosotros las perdonamos a nuestros deudores".
2. Miremos, hermanas, que no dice "como perdonaremos", porque
entendamos que quien pide un don tan grande como el pasado y quien ya ha
puesto su voluntad en la de Dios, que ya esto ha de estar hecho, y
así dice: "como nosotros las perdonamos". Así que quien de veras
hubiere dicho esta palabra al Señor, "fiat voluntas tua", todo lo
ha de tener hecho, con la determinación al menos.
Veis aquí cómo los santos se holgaban con las injurias y
persecuciones, porque tenían algo que presentar al Señor cuando le
pedían. ¿Qué hará una tan pobre como yo, que tan poco ha tenido
que perdonar y tanto hay que se me perdone?
Cosa es ésta, hermanas, para que miremos mucho en ella: que una
cosa tan grave y de tanta importancia como que nos perdone nuestro
Señor nuestras culpas, que merecían fuego eterno, se nos perdone
con tan baja cosa como es que perdonemos. Y aun de esta bajeza tengo
tan pocas que ofrecer, que de balde me habéis, Señor, de
perdonar. Aquí cabe bien vuestra misericordia. Bendito seáis
Vos, que tan pobre me sufrís, que lo que vuestro Hijo dice en
nombre de todos, por ser yo tal y tan sin caudal, me he de salir de la
cuenta.
3. Mas, Señor mío, ¿si habrá algunas personas que me tengan
compañía y no hayan entendido esto? Si las hay, en vuestro nombre
les pido yo que se les acuerde de esto y no hagan caso de unas cositas
que llaman agravios, que parece hacemos casas de pajitas, como los
niños, con estos puntos de honra. ¡Oh, válgame Dios, hermanas,
si entendiésemos qué cosa es honra y en qué está perder la honra!
Ahora no hablo con nosotras, que harto mal sería no tener ya
entendido esto, sino conmigo el tiempo que me precié de honra sin
entender qué cosa era; íbame al hilo de la gente. ¡Oh, de qué
cosas me agraviaba, que yo tengo vergüenza ahora! Y no era, pues,
de las que mucho miraban en estos puntos; mas erraba en el punto
principal, porque no miraba yo ni hacía caso de la honra que tiene
algún provecho, porque ésta es la que hace provecho al alma. Y qué
bien dijo quien dijo, que honra y provecho no podían estar juntas,
aunque no sé si lo dijo a este propósito. Y es al pie de la letra,
porque provecho del alma y esto que llama el mundo honra nunca puede
estar junto. Cosa espantosa es qué al revés anda el mundo. Bendito
sea el Señor que nos sacó de él.
4. Mas mirad, hermanas, que no nos tiene olvidadas el demonio;
también inventa sus honras en los monasterios y pone sus leyes, que
suben y bajan en dignidades como los del mundo. Los letrados deben de
ir por sus letras -que esto no lo sé-, que el que ha llegado a leer
teología, no ha de bajar a leer filosofía, que es un punto de honra
que está en que ha de subir y no bajar. Y aun si se lo mandase la
obediencia, lo tendría por agravio y habría quien tornase de él,
que es afrenta. Y luego el demonio descubre razones que aun en ley de
Dios parece lleva razón. Pues entre nosotras, la que ha sido priora
ha de quedar inhabilitada para otro oficio más bajo; un mirar en la
que es más antigua, que esto no se nos olvida, y aun a las veces
parece merecemos en ello, porque lo manda la Orden.
5. Cosa es para reír, o para llorar, que lleva más razón.
Sí, que no manda la Orden que no tengamos humildad. Manda que haya
concierto. Mas yo no he de estar tan concertada en cosas de mi
estima, que tenga tanto cuidado en este punto de orden como de otras
cosas de ella, que por ventura guardaremos imperfectamente; no esté
toda nuestra perfección de guardarla en esto; otras lo mirarán por
mí, si yo me descuido. Es el caso que como somos inclinadas a subir
-aunque no subiremos por aquí al cielo-, no ha de haber bajar.
¡Oh Señor, Señor! ¿Sois Vos nuestro dechado y maestro?
Sí, por cierto. ¿Pues en qué estuvo vuestra honra, honrador
nuestro? ¿No la perdisteis, por cierto, en ser humillado hasta la
muerte? No, Señor, sino que la ganasteis para todos.
6. ¡Oh, por amor de Dios, hermanas!, que llevamos perdido el
camino, porque va errado desde el principio, y plega a Dios que no se
pierda algún alma por guardar estos negros puntos de honra sin entender
en qué está la honra. Y vendremos después a pensar que hemos hecho
mucho si perdonamos una cosita de éstas, que ni era agravio ni injuria
ni nada; y muy como quien ha hecho algo, vendremos a que nos perdone
el Señor, pues hemos perdonado. Dadnos, mi Dios, a entender que
no nos entendemos y que venimos vacías las manos, y perdonadnos Vos
por vuestra misericordia. Que en verdad, Señor, que no veo cosa
(pues) todas las cosas se acaban y el castigo es sin fin) que merezca
ponérseos delante para que nos hagáis tan gran merced, si no es por
quien os lo pide.
7. Mas ¡qué estimado debe ser este amarnos unos a otros del
Señor! Pues pudiera el buen Jesús ponerle delante otras, y
decir: "perdonadnos, Señor, porque hacemos mucha penitencia, o
porque rezamos mucho y ayunamos y lo hemos dejado todo por Vos y os
amamos mucho"; y no dijo "porque perderíamos la vida por Vos", y
-como digo- otras cosas que pudiera decir, sino sólo "porque
perdonamos". Por ventura, como nos conoce por tan amigos de esta
negra honra y como cosa más dificultosa de alcanzar de nosotros y más
agradable a su Padre, la dijo y se la ofrece de nuestra parte.
"Efectos que deja el buen espíritu".
8. Pues tened mucha cuenta, hermanas, con que dice: "como
perdonamos"; ya como cosa hecha, como he dicho. Y advertid mucho en
esto, que cuando de las cosas que Dios hace merced a un alma en la
oración que he dicho de contemplación perfecta no sale muy determinada
y, si se le ofrece, lo pone por obra de perdonar cualquier injuria por
grave que sea, no estas naderías que llaman injurias, no fíe mucho
de su oración; que al alma que Dios llega a Sí en oración tan
subida no llegan ni se le da más ser estimada que no. No dije bien,
que sí da, que mucha más pena le da la honra que la deshonra, y el
mucho holgar con descanso que los trabajos. Porque cuando de veras le
ha dado el Señor aquí su reino, ya no le quiere en este mundo; y
para más subidamente reinar, entiende es éste el verdadero camino, y
ha ya visto por experiencia la gran ganancia que le viene y lo que se
adelanta un alma en padecer por Dios. Porque por maravilla llega Su
Majestad a hacer tan grandes regalos sino a personas que han pasado de
buena gana muchos trabajos por El. Porque, como dije en otra parte
de este libro, son grandes los trabajos de los contemplativos, y así
los busca el Señor gente experimentada.
9. Pues entended, hermanas, que como éstos tienen ya entendido lo
que es todo, en cosa que pasa no se detienen mucho. Si de primer
movimiento da pena una gran injuria y trabajo, aún no lo ha bien
sentido cuando acude la razón por otra parte, que parece levanta la
bandera por sí y deja casi aniquilada aquella pena con el gozo que le
da ver que le ha puesto el Señor en las manos cosa que en un día
podra ganar más delante de Su Majestad de mercedes y favores
perpetuos, que pudiera ser ganará él en diez años por trabajos que
quisiera tomar por sí. Esto es muy ordinario, a lo que yo entiendo,
que he tratado muchos contemplativos y sé cierto que pasa así; que
como otros precian oro y joyas, precian ellos los trabajos y los
desean, porque tienen entendido que éstos les han de hacer ricos.
10. De estas personas está muy lejos estima suya de nada. Gustan
entiendan sus pecados y de decirlos cuando ven que tienen estima de
ellos. Así les acaece de su linaje, que ya saben que en el reino que
no se acaba no han de ganar por aquí. Si gustasen ser de buena
casta, es cuando para más servir a Dios fuera menester; cuando no,
pésales los tengan por más de lo que son, y sin ninguna pena
desengañan, sino con gusto. Es el caso que debe ser a quien Dios
hace merced de tener esta humildad y amor grande a Dios, que en cosa
que sea servirle más ya se tiene a sí tan olvidado, que aun no puede
creer que otros sienten algunas cosas ni lo tienen por injuria.
11. Estos efectos que he dicho a la postre son de personas ya más
llegadas a perfección, y a quien el Señor muy ordinario hace
mercedes de llegarle a Sí por contemplación perfecta. Mas lo
primero, que es estar determinados a sufrir injurias, y sufrirlas
aunque sea recibiendo pena, digo que muy en breve lo tiene quien tiene
ya esta merced del Señor de tener oración hasta llegar a unión. Y
que si no tiene estos efectos y sale muy fuerte en ellos de la
oración, crea que no era la merced de Dios, sino alguna ilusión y
regalo del demonio, porque nos tengamos por más honrados.
12. Puede ser que al principio, cuando el Señor hace estas
mercedes, no luego el alma quede con esta fortaleza; mas digo que si
las continúa a hacer, que en breve tiempo se hace con fortaleza, y ya
que no la tenga en otras virtudes, en esto de perdonar sí. No puedo
yo creer que alma que tan junto llega de la misma misericordia, adonde
conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar
luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien
la injurió. Porque tiene presente el regalo y merced que le ha
hecho, adonde vio señales de grande amor, y alégrase se le ofrezca
en qué le mostrar alguno.
13. Torno a decir que conozco muchas personas que las ha hecho el
Señor merced de levantarlas a cosas sobrenaturales, dándoles esta
oración o contemplación que queda dicha, y aunque las veo con otras
faltas e imperfecciones, con ésta no he visto ninguna ni creo la
habrá, si las mercedes son de Dios, como he dicho. El que las
recibiere mayores, mire en sí cómo van creciendo estos efectos; y si
no viere en sí ninguno, témase mucho y no crea que esos regalos son
de Dios -como he dicho- que siempre enriquece el alma adonde llega.
Esto es cierto, que aunque la merced y regalo pase presto, que se
entiende despacio en las ganancias con que queda el alma. Y como el
buen Jesús sabe bien esto, determinadamente dice a su Padre Santo
que "perdonamos nuestros deudores".
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