|
1. ¡Cómo me he alargado! Pues no tanto como quisiera, porque es
cosa sabrosa hablar en tal amor. ¿Qué será tenerle? El Señor me
le dé, por quien Su Majestad es.
Ahora vengamos al temor de Dios. Es cosa también muy conocida de
quien le tiene y de los que le tratan. Aunque quiero entendáis que a
los principios no está tan crecido, si no es algunas personas, a
quien -como he dicho- el Señor hace grandes mercedes, que en breve
tiempo las hace ricas de virtudes. Y así no se conoce en todos, a
los principios, digo. Vase aumentando el valor creciendo más cada
día; aunque desde luego se entiende, porque luego se apartan de
pecados y de las ocasiones y de malas compañías y se ven otras
señales. Mas cuando ya llega el alma a contemplación -que es de lo
que más ahora aquí tratamos-, el temor de Dios también anda muy al
descubierto, como el amor; no va disimulado, aun en lo exterior.
Aunque mucho con aviso se miren estas personas, no las verán andar
descuidadas, que por grande que le tengamos a mirarlas, las tiene el
Señor de manera que, si gran interés se le ofreciese, no harán de
advertencia un pecado venial. Los mortales temen como al fuego.
Y éstas son las ilusiones que yo querría, hermanas, temiésemos
mucho, y supliquemos siempre a Dios no sea tan recia la tentación,
que le ofendamos, sino que nos la dé conforme a la fortaleza que nos
ha de dar para vencerla. Esto es lo que hace al caso; este temor es
el que yo deseo nunca se quite de nosotras, que es lo que nos ha de
valer.
2. ¡Oh, que es gran cosa no tener ofendido al Señor, para que
sus siervos y esclavos infernales estén atados!; que, en fin, todos
le han de servir, mal que les pese, sino que ellos es por fuerza y
nosotros de toda voluntad. Así que, teniéndole contento, ellos
estarán a raya, no harán cosa con que nos puedan dañar, aunque más
nos traigan en tentación y nos armen lazos secretos.
3. Tened esta cuenta y aviso -que importa mucho- que no os
descuidéis hasta que os veáis con tan gran determinación de no
ofender al Señor, que perderíais mil vidas antes que hacer un pecado
mortal, y de los veniales estéis con mucho cuidado de no hacerlos;
esto de advertencia, que de otra suerte, ¿quién estará sin hacer
muchos? Mas hay una advertencia muy pensada; otra tan de presto, que
casi haciéndose el pecado venial y advirtiendo, es todo uno, que no
nos pudimos entender. Mas pecado muy de advertencia, por chico que
sea, Dios nos libre de él. ¡Cuánto más que no hay poco, siendo
contra una tan gran Majestad y viendo que nos está mirando! Que esto
me parece a mí es pecado sobrepensado, y como quien dice: "Señor,
aunque os pese, haré esto; ya veo que lo veis, y sé que no lo
queréis y lo entiendo; mas quiero más seguir mi antojo y apetito que
no vuestra voluntad". Y que en cosa de esta suerte hay poco, a mí
no me lo parece, por leve que sea la culpa, sino mucho y muy mucho.
4. Mirad, por amor de Dios, hermanas, si queréis ganar este
temor de Dios, que va mucho entender cuán grave cosa es ofensa de
Dios y tratarlo en vuestros pensamientos muy ordinario, que nos va la
vida y mucho más tener arraigada esta virtud en nuestras almas. Y
hasta que entendáis muy de veras que le tenéis, es menester andar
siempre con mucho mucho cuidado, y apartarnos de todas las ocasiones y
compañías que no nos ayuden a llegarnos más a Dios. Tener gran
cuenta con todo lo que hacemos, para doblar en ello nuestra voluntad,
y cuenta con que lo que hablare vaya con edificación; huir de donde
hubiere pláticas que no sean de Dios.
Ha menester mucho que en sí quede muy impreso este temor; aunque si
de veras hay amor, presto se cobra. Mas en teniendo el alma visto con
gran determinación en sí, que -como he dicho- por cosa criada no
hará una ofensa de Dios, aunque después se caiga alguna vez, porque
somos flacos y no hay que fiar de nosotros; (cuando) más
determinados, menos confiados de nuestra parte, que de donde ha de
venir la confianza ha de ser de Dios); cuando esto que he dicho
entendamos de nosotros, no es menester andar tan encogidos ni
apretados, que el Señor nos favorecerá, y ya la costumbre nos será
ayuda para no ofenderle; sino andar con una santa libertad, tratando
con quien fuere justo y aunque sean distraídas. Porque las que antes
que tuvieseis este verdadero temor de Dios os fueran tóxico y ayuda
para matar el alma, muchas veces después os la harán para amar más a
Dios y alabarle porque os libró de aquello que veis ser notorio
peligro. Y si antes fuerais parte para ayudar a sus flaquezas, ahora
lo seréis para que se vayan a la mano en ellas por estar delante de
vos, que sin quereros hacer honra acaece esto.
5. Yo alabo al Señor muchas veces, y pensando de dónde vendrá
por qué, sin decir palabra, muchas veces un siervo de Dios ataja
palabras que se dicen contra El, debe ser que así como acá, si
tenemos un amigo, siempre se tiene respeto, -si es en su ausencia-,
a no hacerle agravio delante del que saben que lo es, y como aquél
está en gracia, la misma gracia debe hacer que, por bajo que éste
sea, se le tenga respeto y no le den pena en cosa que tanto entienden
ha de sentir, como ofender a Dios. El caso es que yo no sé la
causa, mas sé que es muy ordinario esto.
Así que no os apretéis, porque si el alma se comienza a encoger, es
muy mala cosa para todo lo bueno, y a las veces dan en ser
escrupulosas, y veisla aquí inhabilitada para sí y para los otros.
Y ya que no dé en esto, será buena para sí, mas no llegará muchas
almas a Dios, como ven tanto encogimiento y apretura. Es tal nuestro
natural, que las atemoriza y ahoga y huyen de llevar el camino que vos
lleváis, aunque conocen claro ser de más virtud.
6. Y viene otro daño de aquí, que es juzgar a otros: como no van
por vuestro camino, sino con más santidad por aprovechar el prójimo
tratan con libertad y sin esos encogimientos, luego os parecerán
imperfectos. Si tienen alegría santa, parecerá disolución, en
especial en las que no tenemos letras ni sabemos en lo que se puede
tratar sin pecado. Es muy peligrosa cosa y un andar en tentación
continuo y muy de mala digestión, porque es en perjuicio del
prójimo. Y pensar que si no van todos por el modo que vos,
encogidamente, no van tan bien, es malísimo.
Y hay otro daño: que en algunas cosas que habéis de hablar y es
razón habléis, por miedo de no exceder en algo no osaréis sino por
ventura decir bien de lo que sería muy bien abominaseis.
7. Así que, hermanas, todo lo que pudiereis sin ofensa de Dios
procurad ser afables y entender de manera con todas las personas que os
trataren, que amen vuestra conversación y deseen vuestra manera de
vivir y tratar y no se atemoricen y amedrenten de la virtud. A
religiosas importa mucho esto: mientras más santas, más conversables
con sus hermanas, y que aunque sintáis mucha pena si no van sus
pláticas todas como vos las querríais hablar, nunca os extrañéis de
ellas, si queréis aprovechar y ser amada. Que es lo que mucho hemos
de procurar: ser afables y agradar y contentar a las personas que
tratamos, en especial a nuestras hermanas.
8. Así que, hijas mías, procurad entender de Dios en verdad que
no mira a tantas menudencias como vosotras pensáis, y no dejéis que
se os encoja el ánima y el ánimo, que se podrán perder muchos
bienes. La intención recta, la voluntad determinada, como tengo
dicho, de no ofender a Dios. No dejéis arrinconar vuestra alma,
que en lugar de procurar santidad sacará muchas imperfecciones que el
demonio le pondrá por otras vías y, como he dicho, no aprovechará a
sí y a las otras tanto como pudiera.
9. Veis aquí cómo con estas dos cosas -amor y temor de Dios-
podemos ir por este camino sosegados y quietos, aunque, como el temor
ha de ir siempre delante, no descuidados; que esta seguridad no la
hemos de tener mientras vivimos, porque sería gran peligro. Y así
lo entendió nuestro Enseñador cuando en el fin de esta oración dice
a su Padre estas palabras, como quien entendió bien eran menester.
|
|