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1. No dé el Señor a probar a nadie en esta casa el trabajo que
queda dicho, por quien Su Majestad es, de verse alma y cuerpo
apretadas, o que si la prelada está bien con el confesor, que ni a
él de ella ni a ella de él no osan decir nada. Aquí vendrá la
tentación de dejar de confesar pecados muy graves, por miedo de no
estar en desasosiego. ¡Oh, válgame Dios, qué daño puede hacer
aquí el demonio y qué caro les cuesta el apretamiento y honra! Que
porque no traten más de un confesor, piensan granjean gran cosa de
religión y honra del monasterio, y ordena por esta vía el demonio
coger las almas, como no puede por otra. Si piden otro, luego parece
va perdido el concierto de la religión, o que si no es de la Orden,
aunque sea un santo, aun tratar con él les parece les hace afrenta.
2. Esta santa libertad pido yo por amor del Señor a la que
estuviere por mayor: procure siempre con el obispo o provincial que,
sin los confesores ordinarios, procure algunas veces tratar ella y
todas y comunicar sus almas con personas que tengan letras, en especial
si los confesores no las tienen, por buenos que sean. Son gran cosa
letras para dar en todo luz. Será posible hallar lo uno y lo otro
junto en algunas personas. Y mientras más merced el Señor os
hiciere en la oración, es menester más ir bien fundadas sus obras y
oración.
3. Ya sabéis que la primera piedra ha de ser buena conciencia y con
todas vuestras fuerzas libraros aun de pecados veniales y seguir lo más
perfecto. Parecerá que esto cualquier confesor lo sabe, y es
engaño. A mí me acaeció tratar con uno cosas de conciencia que
había oído todo el curso de teología, y me hizo harto daño en cosas
que me decía no eran nada; y sé que no pretendía engañarme ni
tenía para qué, sino que no supo más. Y con otros dos o tres, sin
éste, me acaeció.
4. Este tener verdadera luz para guardar la ley de Dios con
perfección es todo nuestro bien. Sobre ésta asienta bien la
oración. Sin este cimiento fuerte, todo el edificio va falso. Si
no les dieren libertad para confesarse, para tratar cosas de su alma
con personas semejantes a lo que he dicho. Y atrévome más a decir,
que aunque el confesor lo tenga todo, algunas veces se haga lo que
digo; porque ya puede ser él se engañe, y es bien no se engañen
todas por él; procurando siempre no sea cosa contra la obediencia,
que medios hay para todo, y vale mucho a las almas, y así es bien por
las maneras que pudiere lo procure.
5. Todo esto que he dicho toca a la prelada. Y así la torno a
pedir que, pues aquí no se pretende tener otra consolación sino la
del alma, procure en esto su consolación, que hay diferentes caminos
por donde lleva Dios y no por fuerza los sabrá todos un confesor; que
yo aseguro no les falten personas santas que quieran tratarlas y
consolar sus almas, si ellas son las que han de ser, aunque seáis
pobres; que el que las sustenta los cuerpos despertará y pondrá
voluntad a quien con ella dé luz a sus almas, y remédiase este mal,
que es el que yo temo; que cuando el demonio tentase al confesor en
engañarle en alguna doctrina, como sepa trata con otros iráse a la
mano y mirará mejor, en todo, lo que hace.
Quitada esta entrada al demonio, yo espero en Dios no la tendrá en
esta casa; y así pido por amor del Señor al obispo que fuere, que
deje a las hermanas esta libertad y que no se la quite, cuando las
personas fueren tales que tengan letras y bondad, que luego se entiende
en lugar tan chico como éste.
6. Esto que aquí he dicho, téngolo visto y entendido y tratado con
personas doctas y santas, que han mirado lo que más convenía a esta
casa para que la perfección de esta casa fuese adelante. Y entre los
peligros -que en todo le hay mientras vivimos- éste hallamos ser el
menor; y que nunca haya vicario que tenga mano de entrar y salir, ni
confesor que tenga esta libertad; sino que éstos sean para celar el
recogimiento y honestidad de la casa y aprovechamiento interior y
exterior, para decirlo al prelado cuando hubiere falta; mas no que sea
él superior.
7. Y esto es lo que se hace ahora, y no por solo mi parecer; porque
el obispo que ahora tenemos, debajo de cuya obediencia estamos (que)
por causas muchas que hubo, no se dio la obediencia a la Orden), que
es persona amiga de toda religión y santidad y gran siervo de Dios
(llámase) Don Alvaro de Mendoza, de gran nobleza de linaje, y
muy aficionado a favorecer esta casa de todas maneras), hizo juntar
personas de letras y espíritu y experiencia para este punto, y se vino
a determinar esto. Razón será que los prelados que vinieren se
lleguen a este parecer, pues por tan buenos está determinado y con
hartas oraciones pedido al Señor alumbrase lo mejor; y, a lo que se
entiende hasta ahora, cierto esto lo es. El Señor sea servido
llevarlo siempre adelante como más sea para su gloria, amén.
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