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1. Pues tornemos a nuestra palomica y veamos algo de lo que Dios da
en este estado. Siempre se entiende que ha de procurar ir adelante en
el servicio de nuestro Señor y en el conocimiento propio; que si no
hace más de recibir esta merced y, como cosa ya segura, descuidarse
en su vida y torcer el camino del cielo, que son los mandamientos,
acaecerle ha lo que a la que sale del gusano, que echa la simiente para
que produzcan otras y ella queda muerta para siempre. Digo que echa la
simiente, porque tengo para mí que quiere Dios que no sea dada en
balde una merced tan grande; sino que ya que no se aproveche de ella
para sí, aproveche a otros. Porque como queda con estos deseos y
virtudes dichas, el tiempo que dura en el bien siempre hace provecho a
otras almas y de su calor les pega calor; y aun cuando le tienen ya
perdido, acaece quedar con esa gana de que se aprovechen otros, y
gusta de dar a entender las mercedes que Dios hace a quien le ama y
sirve.
2. Yo he conocido persona que le acaecía así, que, estando muy
perdida, gustaba de que se aprovechasen otras con las mercedes que
Dios le había hecho y mostrarles el camino de oración a las que no le
entendían, e hizo harto provecho, harto. Después le tornó el
Señor a dar luz. Verdad es que aún no tenía los efectos que quedan
dichos. Mas ¡cuántos debe haber que los llama el Señor al
apostolado, como a Judas, comunicando con ellos, y los llama para
hacer reyes, como a Saúl, y después por su culpa se pierden! De
donde sacaremos, hermanas, que para ir mereciendo más y más y no
perdiéndonos como éstos, la seguridad que podemos tener es la
obediencia y no torcer de la ley de Dios; digo a quien hiciere
semejantes mercedes, y aun a todos.
3. Paréceme que queda algo oscura, con cuanto he dicho, esta
morada. Pues hay tanta ganancia de entrar en ella, bien será que no
parezca quedan sin esperanza a los que el Señor no da cosas tan
sobrenaturales; pues la verdadera unión se puede muy bien alcanzar,
con el favor de nuestro Señor, si nosotros nos esforzamos a
procurarla, con no tener voluntad sino atada con lo que fuere la
voluntad de Dios. ¡Oh, qué de ellos habrá que digamos esto y nos
parezca que no queremos otra cosa y moriríamos por esta verdad, como
creo ya he dicho! Pues yo os digo, y lo diré muchas veces, que
cuando lo fuere, que habéis alcanzado esta merced del Señor, y
ninguna cosa se os dé de estotra unión regalada que queda dicha, que
lo que hay de mayor precio en ella es por proceder de ésta que ahora
digo y por no poder llegar a lo que queda dicho si no es muy cierta la
unión de estar resignada nuestra voluntad en la de Dios. ¡Oh, qué
unión ésta para desear! Venturosa el alma que la ha alcanzado, que
vivirá en esta vida con descanso y en la otra también; porque ninguna
cosa de los sucesos de la tierra la afligirá, si no fuere si se ve en
algún peligro de perder a Dios o ver si es ofendido; ni enfermedad,
ni pobreza, ni muertes, si no fuere de quien ha de hacer falta en la
Iglesia de Dios; que ve bien esta alma, que El sabe mejor lo que
hace que ella lo que desea.
4. Habéis de notar que hay penas y penas; porque algunas penas hay
producidas de presto de la naturaleza, y contentos lo mismo, y aun de
caridad de apiadarse de los prójimos, como hizo nuestro Señor cuando
resucitó a Lázaro; y no quitan éstas el estar unidas con la
voluntad de Dios, ni tampoco turban el ánima con una pasión
inquieta, desasosegada, que dura mucho. Estas penas pasan de
presto; que, como dije, de los gozos en la oración, parece que no
llegan a lo hondo del alma, sino a estos sentidos y potencias. Andan
por estas moradas pasadas, mas no entran en la que está por decir
postrera, pues para esto es menester lo que queda dicho de suspensión
de potencias, que poderoso es el Señor de enriquecer las almas por
muchos caminos y llegarlas a estas moradas y no por el atajo que queda
dicho.
5. Mas advertid mucho, hijas, que es necesario que muera el
gusano, y más a vuestra costa; porque acullá ayuda mucho para morir
el verse en vida tan nueva; acá es menester que, viviendo en ésta,
le matemos nosotras. Yo os confieso que será a mucho o más trabajo,
mas su precio se tiene; así será mayor el galardón si salís con
victoria. Mas de ser posible no hay que dudar como lo sea la unión
verdaderamente con la voluntad de Dios.
Esta es la unión que toda mi vida he deseado; ésta es la que pido
siempre a nuestro Señor y la que está más clara y segura.
6. Mas ¡ay de nosotros, qué pocos debemos de llegar a ella,
aunque a quien se guarda de ofender al Señor y ha entrado en religión
le parezca que todo lo tiene hecho! ¡Oh!, que quedan unos gusanos
que no se dan a entender, hasta que, como el que royó la yedra a
Jonás, nos han roído las virtudes, con un amor propio, una propia
estimación, un juzgar los prójimos, aunque sea en pocas cosas, una
falta de caridad con ellos, no los queriendo como a nosotros mismos;
que, aunque arrastrando cumplimos con la obligación para no ser
pecado, no llegamos con mucho a lo que ha de ser para estar del todo
unidas con la voluntad de Dios.
7. ¿Qué pensáis, hijas, que es su voluntad? Que seamos del
todo perfectas; que para ser unos con El y con el Padre, como Su
Majestad le pidió, mirad qué nos falta para llegar a esto. Yo os
digo que lo estoy escribiendo con harta pena de verme tan lejos, y todo
por mi culpa; que no ha menester el Señor hacernos grandes regalos
para esto; basta lo que nos ha dado en darnos a su Hijo, que nos
enseñase el camino. No penséis que está la cosa en si se muere mi
padre o hermano, conformarme tanto con la voluntad de Dios que no lo
sienta; y si hay trabajos y enfermedades, sufrirlos con contento.
Bueno es, y a las veces consiste en discreción, porque no podemos
más, y hacemos de la necesidad virtud. Cuántas cosas de éstas
hacían los filósofos, o aunque no sea de éstas, de otras, de tener
mucho saber. Acá solas estas dos que nos pide el Señor: amor de
Su Majestad y del prójimo, es en lo que hemos de trabajar.
Guardándolas con perfección, hacemos su voluntad, y así estaremos
unidos con El. Mas ¡qué lejos estamos de hacer, como debemos a tan
gran Dios, estas dos cosas, como tengo dicho! Plega a Su Majestad
nos dé gracia para que merezcamos llegar a este estado, que en nuestra
mano está, si queremos.
8. La más cierta señal que, a mi parecer, hay de si guardamos
estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si
amamos a Dios no se puede saber, aunque hay indicios grandes para
entender que le amamos; mas el amor del prójimo, sí. Y estad
ciertas que mientras más en éste os viereis aprovechadas, más lo
estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad
nos tiene, que en pago del que tenemos al prójimo hará que crezca el
que tenemos a Su Majestad por mil maneras. En esto yo no puedo
dudar.
9. Impórtanos mucho andar con gran advertencia cómo andamos en
esto, que si es con mucha perfección, todo lo tenemos hecho; porque
creo yo que según es malo nuestro natural, que si no es naciendo de
raíz del amor de Dios, que no llegaremos a tener con perfección el
del prójimo. Pues tanto nos importa esto, hermanas, procuremos
irnos entendiendo en cosas aun menudas, y no haciendo caso de unas muy
grandes, que así por junto vienen en la oración, de parecer que
haremos y aconteceremos por los prójimos y por sola un alma que se
salve; porque si no vienen después conformes las obras, no hay para
qué creer que lo haremos. Así digo de la humildad también y de
todas las virtudes. Son grandes los ardides del demonio, que por
hacernos entender que tenemos una, no la teniendo, dará mil vueltas
al infierno. Y tiene razón, porque es muy dañoso, que nunca estas
virtudes fingidas vienen sin alguna vanagloria, como son de tal raíz;
así como las que da Dios están libres de ella ni de soberbia.
10. Yo gusto algunas veces de ver unas almas, que, cuando están
en oración, les parece querrían ser abatidas y públicamente
afrentadas por Dios, y después una falta pequeña encubrirían si
pudiesen, o que si no la han hecho y se la cargan, Dios nos libre.
Pues mírese mucho quien esto no sufre, para no hacer caso de lo que a
solas determinó, a su parecer; que en hecho de verdad no fue
determinación de la voluntad, que cuando ésta hay verdadera es otra
cosa; sino alguna imaginación, que en ésta hace el demonio sus
saltos y engaños; y a mujeres o gente sin letras, podrá hacer
muchos, porque no sabemos entender las diferencias de potencias e
imaginación y otras mil cosas que hay interiores. ¡Oh hermanas,
cómo se ve claro adónde está de veras el amor del prójimo en algunas
de vosotras, y en las que no está con esta perfección! Si
entendieseis lo que nos importa esta virtud, no traeríais otro
estudio.
11. Cuando yo veo almas muy diligentes a entender la oración que
tienen y muy encapotadas cuando están en ella, que parece no se osan
bullir ni menear el pensamiento porque no se les vaya un poquito de
gusto y devoción que han tenido, háceme ver cuán poco entienden del
camino por donde se alcanza la unión, y piensan que allí está todo
el negocio. Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y que
si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada
de perder esa devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún
dolor, te duela a tí; y si fuere menester, lo ayunes, porque ella
lo coma, no tanto por ella, como porque sabes que tu Señor quiere
aquello. Esta es la verdadera unión con su voluntad, y que si vieres
loar mucho a una persona te alegres más mucho que si te loasen a tí.
Esto, a la verdad, fácil es, que si hay humildad, antes tendrá
pena de verse loar. Mas esta alegría de que se entiendan las virtudes
de las hermanas es gran cosa, y cuando viéremos alguna falta en
alguna, sentirla como si fuera en nosotras y encubrirla.
12. Mucho he dicho en otras partes de esto, porque veo, hermanas,
que si hubiese en ello quiebra vamos perdidas. Plega al Señor nunca
la haya, que como esto sea, yo os digo que no dejéis de alcanzar de
Su Majestad la unión que queda dicha. Cuando os viéreis faltas en
esto, aunque tengáis devoción y regalos, que os parezca habéis
llegado ahí, y alguna suspensioncilla en la oración de quietud (que
algunas luego les parecerá que está todo hecho), creedme que no
habéis llegado a unión, y pedid a nuestro Señor que os dé con
perfección este amor del prójimo, y dejad hacer a Su Majestad, que
El os dará más que sepáis desear, como vosotras os esforcéis y
procuréis en todo lo que pudiereis esto; y forzar vuestra voluntad
para que se haga en todo la de las hermanas, aunque perdáis de vuestro
derecho, y olvidar vuestro bien por el suyo, aunque más
contradicción os haga el natural; y procurar tomar trabajo por
quitarle al prójimo, cuando se ofreciere. No penséis que no ha de
costar algo y que os lo habéis de hallar hecho. Mirad lo que costó a
nuestro Esposo el amor que nos tuvo, que por librarnos de la muerte,
la murió tan penosa como muerte de cruz.
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