|
1. De estas mercedes tan grandes queda el alma tan deseosa de gozar
del todo al que se las hace, que vive con harto tormento, aunque
sabroso; unas ansias grandísimas de morirse, y así, con lágrimas
muy ordinarias pide a Dios la saque de este destierro. Todo la cansa
cuanto ve en él; en viéndose a solas tiene algún alivio, y luego
acude esta pena, y en estando sin ella, no se hace. En fin, no
acaba esta mariposica de hallar asiento que dure; antes, como anda el
alma tan tierna del amor, cualquier ocasión que sea para encender más
ese fuego la hace volar; y así en esta morada son muy continuos los
arrobamientos, sin haber remedio de excusarlos, aunque sea en
público, y luego las persecuciones y murmuraciones, que aunque ella
quiera estar sin temores no la dejan, porque son muchas las personas
que se los ponen, en especial los confesores.
2. Y aunque en lo interior del alma parece tiene gran seguridad por
una parte, en especial cuando está a solas con Dios, por otra anda
muy afligida; porque teme si la ha de engañar el demonio de manera que
ofenda a quien tanto ama, que de las murmuraciones tiene poca pena, si
no es cuando el mismo confesor la aprieta, como si ella pudiese más.
No hace sino pedir a todos oraciones y suplicar a Su Majestad la
lleve por otro camino, porque le dicen que lo haga, porque éste es
muy peligroso; mas como ella ha hallado por él tan gran
aprovechamiento, que no puede dejar de ver que le lleva, como lee y
oye y sabe por los mandamientos de Dios el que va al cielo, no lo
acaba de desear, aunque quiere, sino dejarse en sus manos. Y aun
este no lo poder desear le da pena, por parecerle que no obedece al
confesor; que en obedecer y no ofender a nuestro Señor le parece que
está todo su remedio para no ser engañada; y así no haría un pecado
venial de advertencia porque la hiciesen pedazos, a su parecer; y
aflígese en gran manera de ver que no se puede excusar de hacer muchos
sin entenderse.
3. Da Dios a estas almas un deseo tan grandísimo de no le
descontentar en cosa ninguna, por poquito que sea, ni hacer una
imperfección, si pudiese, que por solo esto, aunque no fuese por
más, querría huir de las gentes y ha gran envidia a los que viven y
han vivido en los desiertos. Por otra parte, se querría meter en
mitad del mundo, por ver si pudiese ser parte para que un alma alabase
más a Dios; y si es mujer, se aflige del atamiento que le hace su
natural porque no puede hacer esto, y ha gran envidia a los que tienen
libertad para dar voces, publicando quién es este gran Dios de las
Caballerías.
4. ¡Oh pobre mariposilla, atada con tantas cadenas, que no te
dejan volar lo que querrías! Habedla lástima, mi Dios; ordenad ya
de manera que ella pueda cumplir en algo sus deseos para vuestra honra y
gloria. No os acordéis de lo poco que lo merece y de su bajo
natural. Poderoso sois Vos, Señor, para que la gran mar se retire
y el gran Jordán, y dejen pasar los hijos de Israel. No la hayáis
lástima, que, con vuestra fortaleza ayudada, puede pasar muchos
trabajos; ella está determinada a ello y los desea padecer.
Alargad, Señor, vuestro poderoso brazo, no se le pase la vida en
cosas tan bajas. Parézcase vuestra grandeza en cosa tan femenil y
baja, para que, entendiendo el mundo que no es nada de ella, os
alaben a Vos, cuéstele lo que le costare, que eso quiere, y dar mil
vidas porque un alma os alabe un poquito más a su causa, si tantas
tuviera; y las da por muy bien empleadas y entiende con toda verdad que
no merece padecer por Vos un muy pequeño trabajo, cuánto más
morir.
5. No sé a qué propósito he dicho esto, hermanas, ni para qué,
que no me he entendido. Entendamos que son estos los efectos que
quedan de estas suspensiones o éxtasis, sin duda ninguna; porque no
son deseos que se pasan sino que están en un ser, y cuando se ofrece
algo en que mostrarlo se ve que no era fingido. ¿Por qué digo estar
en un ser? Algunas veces se siente el alma cobarde, y en las cosas
más bajas, y atemorizada y con tan poco ánimo que no le parece
posible tenerle para cosa: entiendo yo que la deja el Señor entonces
en su natural para mucho mayor bien suyo; porque ve entonces que, si
para algo le ha tenido, ha sido de Su Majestad, con una claridad que
la deja aniquilada a sí y con mayor conocimiento de la misericordia de
Dios y de su grandeza, que en cosa tan baja la ha querido mostrar.
Mas, lo más ordinario, está como antes hemos dicho.
6. Una cosa advertid, hermanas, en estos grandes deseos de ver a
nuestro Señor: que aprietan algunas veces tanto que es menester no
ayudar a ellos, sino divertiros, si podéis digo; porque en otros que
diré adelante, en ninguna manera se puede, como veréis. En estos
primeros, alguna vez sí podrán, porque hay razón entera para
conformarse con la voluntad de Dios, y decir lo que decía San
Martín; y podráse volver la consideración si mucho aprietan;
porque como es, al parecer, deseo que ya parece de personas muy
aprovechadas, ya podría el demonio moverle, porque pensásemos que lo
estamos, que siempre es bien andar con temor. Mas tengo para mí que
no podrá poner la quietud y paz que esta pena da en el alma, sino que
será moviendo con él alguna pasión, como se tiene cuando por cosas
del siglo tenemos alguna pena. Mas a quien no tuviere experiencia de
lo uno y de lo otro, no lo entenderá, y pensando es una gran cosa,
ayudará cuanto pudiere, y haríale mucho daño a la salud: porque es
continua esta pena, o al menos muy ordinaria.
7. También advertid que suele causar la complexión flaca cosas de
estas penas, en especial si es en unas personas tiernas que por cada
cosita lloran; mil veces las hará entender que lloran por Dios, que
no sea así. Y aun puede acaecer ser cuando viene una multitud de
lágrimas, digo, por un tiempo que a cada palabrita que oiga o piense
de Dios no se puede resistir de ellas) haberse allegado algún humor
al corazón, que ayuda más que el amor que se tiene a Dios, que no
parece han de acabar de llorar; y como ya tienen entendido que las
lágrimas son buenas, no se van a la mano ni querrían hacer otra
cosa, y ayudan cuanto pueden a ellas. Pretende el demonio aquí que
se enflaquezcan de manera, que después ni puedan tener oración ni
guardar su Regla.
8. Paréceme que os estoy mirando cómo decís que qué habéis de
hacer, si en todo pongo peligro, pues en una cosa tan buena como las
lágrimas, me parece puede haber engaño; que yo soy la engañada; y
ya puede ser, mas creed que no hablo sin haber visto que le puede haber
en algunas personas, aunque no en mí; porque no soy nada tierna,
antes tengo un corazón tan recio, que algunas veces me da pena;
aunque cuando el fuego de adentro es grande, por recio que sea el
corazón, destila como hace una alquitara; y bien entenderéis cuándo
vienen las lágrimas de aquí, que son más confortadoras y pacifican,
que no alborotadoras, y pocas veces hacen mal. El bien es en este
engaño cuando lo fuere que será daño del cuerpo digo, si hay
humildad y no del alma; y cuando no le hay, no será malo tener esta
sospecha.
9. No pensemos que está todo hecho en llorando mucho, sino que
echemos mano del obrar mucho y de las virtudes, que son las que nos han
de hacer al caso, y las lágrimas vénganse cuando Dios las enviare,
no haciendo nosotras diligencias para traerlas. Estas dejarán esta
tierra seca regada, y son gran ayuda para dar fruto; mientras menos
caso hiciéremos de ellas, más, porque es agua que cae del cielo; la
que sacamos cansándonos en cavar para sacarla, no tiene que ver con
ésta, que muchas veces cavaremos y quedaremos molidas, y no
hallaremos ni un charco de agua, cuánto más pozo manantial. Por
eso, hermanas, tengo por mejor que nos pongamos delante del Señor y
miremos su misericordia y grandeza y nuestra bajeza, y dénos El lo
que quisiere, siquiera haya agua, siquiera sequedad: El sabe mejor
lo que nos conviene. Y con esto andaremos descansadas y el demonio no
tendrá tanto lugar de hacernos trampantojos.
10. Entre estas cosas penosas y sabrosas juntamente da nuestro
Señor al alma algunas veces unos júbilos y oración extraña, que no
sabe entender qué es. Porque si os hiciere esta merced, le alabéis
mucho y sepáis que es cosa que pasa, la pongo aquí. Es, a mi
parecer, una unión grande de las potencias, sino que las deja nuestro
Señor con libertad para que gocen de este gozo, y a los sentidos lo
mismo, sin entender qué es lo que gozan y cómo lo gozan. Parece
esto algarabía, y cierto pasa así, que es un gozo tan excesivo del
alma, que no querría gozarle a solas, sino decirlo a todos para que
la ayudasen a alabar a nuestro Señor, que aquí va todo su
movimiento. ¡Oh, qué de fiestas haría y qué de muestras, si
pudiese, para que todos entendiesen su gozo! Parece que se ha hallado
a sí, y que, como el padre del hijo pródigo, querría convidar a
todos y hacer grandes fiestas, por ver su alma en puesto que no puede
dudar que está en seguridad, al menos por entonces. Y tengo para mí
que es con razón; porque tanto gozo interior de lo muy íntimo del
alma, y con tanta paz, y que todo su contento provoca a alabanzas de
Dios, no es posible darle el demonio.
11. Es harto, estando con este gran ímpetu de alegría, que calle
y pueda disimular, y no poco penoso. Esto debía sentir San
Francisco, cuando le toparon los ladrones, que andaba por el campo
dando voces y les dijo que era pregonero del gran Rey, y otros santos
que se van a los desiertos por poder pregonar lo que San Francisco
estas alabanzas de su Dios. Yo conocí uno llamado fray Pedro de
Alcántara que creo lo es, según fue su vida, que hacía esto
mismo, y le tenían por loco los que alguna vez le oyeron. ¡Oh,
qué buena locura, hermanas, si nos la diese Dios a todas! Y ¡qué
mercedes os ha hecho de teneros en parte que, aunque el Señor os haga
ésta y deis muestras de ello, antes será para ayudaros que no para
murmuración, como fuerais si estuvierais en el mundo, que se usa tan
poco este pregón, que no es mucho que le murmuren!
12. ¡Oh desventurados tiempos y miserable vida en la que ahora
vivimos, y dichosas a las que les ha cabido tan buena suerte, que
estén fuera de el. Algunas veces me es particular gozo, cuando
estando juntas, las veo a estas hermanas tenerle tan grande interior,
que la que más puede, más alabanzas da a nuestro Señor de verse en
el monasterio; porque se les ve muy claramente que salen aquellas
alabanzas de lo interior del alma. Muchas veces, querría,
hermanas, hicieseis esto, que una que comienza despierta a las
demás. ¿En qué mejor se puede emplear vuestra lengua cuando estéis
juntas que en alabanzas de Dios, pues tenemos tanto por qué se las
dar?
13. Plega a Su Majestad que muchas veces nos dé esta oración,
pues es tan segura y gananciosa; que adquirirla no podremos, porque es
cosa muy sobrenatural; y acaece durar un día, y anda el alma como uno
que ha bebido mucho, mas no tanto que esté enajenado de los sentidos;
o un melancólico, que del todo no ha perdido el seso, mas no sale de
una cosa que se le puso en la imaginación ni hay quien le saque de
ella.
Harto groseras comparaciones son éstas para tan preciosa causa, mas
no alcanza otras mi ingenio; porque ello es así que este gozo la tiene
tan olvidada de sí y de todas las cosas, que no advierte ni acierta a
hablar, sino en lo que procede de su gozo, que son alabanzas de
Dios.
Ayudemos a esta alma, hijas mías, todas. ¿Para qué queremos
tener más seso?; ¿qué nos puede dar mayor contento? ¡Y
ayúdennos todas las criaturas, por todos los siglos de los siglos,
amén, amén, amén!
|
|