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1. Para que más claro veáis, hermanas, que es así lo que os he
dicho y que mientras más adelante va un alma más acompañada es de
este buen Jesús, será bien que tratemos de cómo, cuando Su
Majestad quiere, no podemos sino andar siempre con El, como se ve
claro por las maneras y modos con que Su Majestad se nos comunica y
nos muestra el amor que nos tiene, con algunos aparecimientos y
visiones tan admirables; que por si alguna merced de éstas os
hiciere, no andéis espantadas, quiero decir si el Señor fuere
servido que acierte en suma, alguna cosa de éstas, para que le
alabemos mucho, aunque no nos las haga a nosotras, de que se quiera
así comunicar con una criatura, siendo de tanta majestad y poder.
2. Acaece, estando el alma descuidada de que se le ha de hacer esta
merced ni haber jamás pensado merecerla, que siente cabe sí a
Jesucristo nuestro Señor, aunque no le ve, ni con los ojos del
cuerpo ni del alma. Esta llaman visión intelectual, no sé yo por
qué. Vi a esta persona que le hizo Dios esta merced, con otras que
diré adelante, fatigada en los principios harto, porque no podía
entender qué cosa era, pues no la veía; y entendía tan cierto ser
Jesucristo nuestro Señor el que se le mostraba de aquella suerte,
que no lo podía dudar, digo que estaba allí aquella visión; que si
era de Dios o no, aunque traía consigo grandes efectos para entender
que lo era, todavía andaba con miedo, y ella jamás había oído
visión intelectual, ni pensó que la había de tal suerte; mas
entendía muy claro que era este Señor el que le hablaba muchas veces
de la manera que queda dicho, porque hasta que le hizo esta merced que
digo, nunca sabía quién la hablaba, aunque entendía las palabras.
3. Sé que estando temerosa de esta visión porque no es como las
imaginarias, que pasan de presto, sino que dura muchos días, y aun
más que un año alguna vez), se fue a su confesor harto fatigada.
El le dijo que, si no veía nada, que cómo sabía que era nuestro
Señor; que le dijese qué rostro tenía. Ella le dijo que no
sabía, ni veía rostro, ni podía decir más de lo dicho; que lo que
sabía era que era El el que la hablaba y que no era antojo. Y aunque
le ponían hartos temores, todavía muchas veces no podía dudar, en
especial cuando la decía: No hayas miedo, que yo soy. Tenían
tanta fuerza estas palabras, que no lo podía dudar por entonces, y
quedaba muy esforzada y alegre con tan buena compañía; que veía
claro serle gran ayuda para andar con una ordinaria memoria de Dios y
un miramiento grande de no hacer cosa que le desagradase, porque le
parecía la estaba siempre mirando. Y cada vez que quería tratar con
Su Majestad en oración, y aun sin ella, le parecía estar tan
cerca, que no la podía dejar de oír; aunque el entender las palabras
no era cuando ella quería, sino a deshora, cuando era menester.
Sentía que andaba al lado derecho, mas no con estos sentidos que
podemos sentir que está cabe nosotros una persona; porque es por otra
vía más delicada, que no se debe de saber decir; mas es tan cierto y
con tanta certidumbre y aun mucho más; porque acá ya se podría
antojar, mas en esto no, que viene con grandes ganancias y efectos
interiores, que ni los podría haber, si fuese melancolía, ni
tampoco el demonio haría tanto bien, ni andaría el alma con tanta paz
y con tan continuos deseos de contentar a Dios y con tanto desprecio de
todo lo que no la llega a El. Y después se entendió claro no ser
demonio, porque se iba más y más dando a entender.
4. Con todo, sé yo que a ratos andaba harto temerosa; otros con
grandísima confusión, que no sabía por dónde le había venido tanto
bien. Eramos tan una cosa ella y yo, que no pasaba cosa por su alma
que yo estuviese ignorante de ella, y así puedo ser buen testigo y me
podéis creer ser verdad todo lo que en esto dijere.
Es merced del Señor que trae grandísima confusión consigo y
humildad. Cuando fuese del demonio, todo sería al contrario. Y
como es cosa que notablemente se entiende ser dada de Dios, que no
bastaría industria humana para poderse así sentir, en ninguna manera
puede pensar quien lo tiene que es bien suyo, sino dado de la mano de
Dios. Y aunque, a mi parecer, es mayor merced algunas de las que
quedan dichas, ésta trae consigo un particular conocimiento de Dios,
y de esta compañía tan continua nace un amor ternísimo con Su
Majestad y unos deseos aun mayores que los que quedan dichos de
entregarse toda a su servicio, y una limpieza de conciencia grande,
porque hace advertir a todo la presencia que trae cabe sí; porque
aunque ya sabemos que lo está Dios a todo lo que hacemos, es nuestro
natural tal, que se descuida en pensarlo: lo que no se puede descuidar
acá, que la despierta el Señor que está cabe ella. Y aun para las
mercedes que quedan dichas, como anda el alma casi continuo con un
actual amor al que ve o entiende estar cabe sí, son muy más
ordinarias.
5. En fin, en la ganancia del alma se ve ser grandísima merced y
muy mucho de preciar, y agradecer al Señor que se la da tan sin
poderlo merecer, y por ningún tesoro ni deleite de la tierra la
trocaría. Y así, cuando el Señor es servido que se la quite,
queda con mucha soledad; mas todas las diligencias posibles que pusiese
para tornar a tener aquella compañía, aprovechan poco; que lo da el
Señor cuando quiere, y no se puede adquirir. Algunas veces también
es de algún santo, y es también de gran provecho.
6. Diréis que si no se ve, que cómo se entiende que es Cristo, o
cuándo es santo, o su Madre gloriosísima. Eso no sabrá el alma
decir, ni puede entender cómo lo entiende, sino que lo sabe con una
grandísima certidumbre. Aun ya el Señor, cuando habla, más
fácil parece; mas el santo, que no habla, sino que parece le pone el
Señor allí por ayuda de aquel alma y por compañía, es más de
maravillar. Así son otras cosas espirituales, que no se saben
decir, mas entiéndese por ellas cuán bajo es nuestro natural para
entender las grandes grandezas de Dios, pues aun éstas no somos
capaces, sino que, con admiración y alabanzas a Su Majestad pase
quien se las diere; y así le haga particulares gracias por ellas, que
pues no es merced que se hace a todos, hase mucho de estimar y procurar
hacer mayores servicios, pues por tantas maneras la ayuda Dios a
ello. De aquí viene no se tener por eso en más, y parecerle que es
la que menos sirve a Dios de cuantos hay en la tierra, porque le
parece está más obligada a ello que ninguno, y cualquier falta que
hace le atraviesa las entrañas y con muy grande razón.
7. Estos efectos con que anda el alma, que quedan dichos, podrá
advertir cualquiera de vosotras a quien el Señor llevare por este
camino, para entender que no es engaño ni tampoco antojo porque como
he dicho no tengo que es posible durar tanto siendo demonio, haciendo
tan notable provecho al alma y trayéndola con tanta paz interior, que
no es de su costumbre, ni puede, aunque quiere, cosa tan mala hacer
tanto bien; que luego habría unos humos de propia estimación y pensar
era mejor que los otros. Mas este andar siempre el alma tan asida de
Dios y ocupado su pensamiento en El, haríale tanta rabia, que
aunque lo intentase, no tornase muchas veces; y es Dios tan fiel,
que no permitirá darle tanta mano con alma que no pretende otra cosa
sino agradar a Su Majestad y poner su vida por su honra y gloria,
sino que luego ordenará cómo sea desengañada.
8. Mi tema es y será que como el alma ande de la manera que aquí se
ha dicho la dejan estas mercedes de Dios, que Su Majestad la sacará
con ganancia, si permite alguna vez se le atreva el demonio y que él
quedará corrido. Por eso, hijas, si alguna fuere por este camino
como he dicho no andéis asombradas. Bien es que haya temor y andemos
con más aviso, ni tampoco confiadas que, por ser tan favorecidas, os
podéis más descuidar, que esto será señal no ser de Dios, si no
os viereis con los efectos que queda dicho. Es bien que a los
principios lo comuniquéis debajo de confesión con un muy buen
letrado, que son los que nos han de dar la luz, o, si hubiere,
alguna persona muy espiritual; y si no lo es, mejor es muy letrado;
si le hubiere, con el uno y con el otro. Y si os dijeren que es
antojo, no se os dé nada, que el antojo poco mal ni bien puede hacer
a vuestra alma; encomendaos a la divina Majestad, que no consienta
seáis engañada. Si os dijeren es demonio, será más trabajo;
aunque no dirá, si es buen letrado, y hay los efectos dichos, mas
cuando lo diga, yo sé que el mismo Señor, que anda con vos, os
consolará y asegurará, y a él le irá dando luz para que os la dé.
9. Si es persona que aunque tiene oración no la ha llevado el
Señor por ese camino, luego se espantará y lo condenará. Por eso
os aconsejo que sea muy letrado y, si se hallare, también
espiritual, y la priora dé licencia para ello, porque, aunque vaya
segura el alma por ver su buena vida, estará obligada la priora a que
se comunique, para que anden con seguridad entrambas. Y, tratado con
estas personas, quiétese y no ande más dando parte de ello; que
algunas veces, sin haber de qué temer, pone el demonio unos temores
tan demasiados, que fuerzan al alma a no se contentar de una vez. En
especial si el confesor es de poca experiencia y le ve medroso, y él
mismo la hace andar comunicando, viénese a publicar lo que había de
razón estar muy secreto, y a ser esta alma perseguida y atormentada;
porque cuando piensa que está secreto, lo ve público, y de aquí
suceden muchas cosas trabajosas para ella, y podrían suceder para la
Orden, según andan estos tiempos. Así que es menester grande aviso
en esto, y a las prioras lo encomiendo mucho; y que no piense que por
tener una hermana cosas semejantes, es mejor que las otras; lleva el
Señor a cada una como ve que es menester. Aparejo es para venir a
ser muy sierva de Dios, se se ayuda; mas, a las veces, lleva Dios
por este camino a las más flacas. Y así no hay en esto por qué
aprobar ni condenar, sino mirar a las virtudes, y a quien con más
mortificación y humildad y limpieza de conciencia sirviere a nuestro
Señor, que ésa será la más santa, aunque la certidumbre poco se
puede saber acá, hasta que el verdadero Juez dé a cada uno lo que
merece. Allá nos espantaremos de ver cuán diferente es su juicio de
lo que acá podemos entender. Sea para siempre alabado, amén.
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