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1. Ahora vengamos a las visiones imaginarias, que dicen que son
adonde puede meterse el demonio más que en las dichas, y así debe de
ser; mas cuando son de nuestro Señor, en alguna manera me parecen
más provechosas, porque son más conformes a nuestro natural; salvo
de las que el Señor da a entender en la postrera morada, que a éstas
no llegan ningunas.
2. Pues miremos ahora como os he dicho en el capítulo pasado que
está este Señor, que es como si en una pieza de oro tuviésemos una
piedra preciosa de grandísimo valor y virtudes; sabemos certísimo que
está allí, aunque nunca la hemos visto; mas las virtudes de la
piedra no nos dejan de aprovechar, si la traemos con nosotras. Aunque
nunca la hemos visto, no por eso la dejamos de preciar, porque por
experiencia hemos visto que nos ha sanado de algunas enfermedades, para
que es apropiada; mas no la osamos mirar, ni abrir el relicario, ni
podemos, porque la manera de abrirle sólo la sabe cuya es la joya, y
aunque nos la prestó para que nos aprovechásemos de ella, él se
quedó con la llave y, como cosa suya, abrirá cuando nos la quisiere
mostrar, y aun la tomará cuando le parezca, como lo hace.
3. Pues digamos ahora que quiere alguna vez abrirla de presto, por
hacer bien a quien la ha prestado: claro está que le será después
muy mayor contento cuando se acuerde del admirable resplandor de la
piedra, y así quedará más esculpida en su memoria. Pues así
acaece acá: cuando nuestro Señor es servido de regalar más a esta
alma, muéstrale claramente su sacratísima Humanidad de la manera que
quiere, o como andaba en el mundo, o después de resucitado; y aunque
es con tanta presteza que lo podríamos comparar a la de un relámpago,
queda tan esculpido en la imaginación esta imagen gloriosísima, que
tengo por imposible quitarse de ella hasta que la vea adonde para sin
fin la pueda gozar.
4. Aunque digo imagen, entiéndese que no es pintada al parecer de
quien la ve, sino verdaderamente viva, y algunas veces se está
hablando con el alma y aun mostrándole grandes secretos. Mas habéis
de entender que aunque en esto se detenga algún espacio, no se puede
estar mirando más que estar mirando al sol, y así esta vista siempre
pasa muy de presto; y no porque su resplandor da pena, como el del
sol, a la vista interior, que es la que ve todo esto que cuando es con
la vista exterior no sabré decir de ello ninguna cosa, porque esta
persona que he dicho, de quien tan particularmente yo puedo hablar, no
había pasado por ello; y de lo que no hay experiencia, mal se puede
dar razón cierta), porque su resplandor es como una luz infusa y de
un sol cubierto de una cosa tan delgada como un diamante, si se puede
labrar; como una holanda parece la vestidura, y casi todas las veces
que Dios hace esta merced al alma, se queda en arrobamiento, que no
puede su bajeza sufrir tan espantosa vista.
5. Digo espantosa, porque con ser la más hermosa y de mayor deleite
que podría una persona imaginar, aunque viviese mil años y trabajase
en pensarlo, porque va muy adelante de cuanto cabe en nuestra
imaginación ni entendimiento), es su presencia de tan grandísima
majestad, que hace gran espanto al alma. A osadas que no es menester
aquí preguntar cómo sabe quién es sin que se lo hayan dicho, que se
da bien a conocer que es Señor del cielo y de la tierra; lo que no
harán los reyes de ella, que por sí mismos bien en poco se tendrán,
si no va junto con él su acompañamiento, o lo dicen.
6. ¡Oh Señor, cómo os desconocemos los cristianos! ¿Qué
será aquel día cuando nos vengáis a juzgar, pues viniendo aquí tan
de amistad a tratar con vuestra esposa, pone miraros tanto temor?
¡Oh hijas! ¿y qué será cuando con tan rigurosa voz dijere: Id
malditos de mi Padre?
7. Quédenos ahora esto en la memoria de esta merced que hace Dios
al alma, que no nos será poco bien, pues San Jerónimo, con ser
santo, no la apartaba de la suya, y así no se nos hará nada cuanto
aquí padeciéremos en el rigor de la religión que guardamos, pues
cuando mucho durare, es un momento, comparado con aquella eternidad.
Yo os digo de verdad que, con cuan ruin soy, nunca he tenido miedo de
los tormentos del infierno, que fuese nada en comparación de cuando me
acordaba que habían los condenados de ver airados estos ojos tan
hermosos y mansos y benignos del Señor, que no parece lo podía
sufrir mi corazón: esto ha sido toda mi vida. ¡Cuánto más lo
temerá la persona a quien así se le ha representado, pues es tanto el
sentimiento, que la deja sin sentir! Esta debe ser la causa de quedar
con suspensión; que ayuda el Señor a su flaqueza con que se junte
con su grandeza en esta tan subida comunicación con Dios.
8. Cuando pudiere el alma estar con mucho espacio mirando este
Señor, yo no creo que será visión, sino alguna vehemente
consideración, fabricada en la imaginación alguna figura; será como
cosa muerta en estotra comparación.
9. Acaece a algunas personas y sé que es verdad, que lo han tratado
conmigo, y no tres o cuatro, sino muchas) ser de tan flaca
imaginación, o el entendimiento tan eficaz, o no sé qué es, que se
embeben de manera en la imaginación, que todo lo que piensan
claramente les parece que lo ven; aunque si hubiesen visto la verdadera
visión, entenderían, muy sin quedarles duda, el engaño; porque
van ellas mismas componiendo lo que ven con su imaginación, y no hace
después ningún efecto, sino que se quedan frías, mucho más que si
viesen una imagen devota. Es cosa muy entendida no ser para hacer caso
de ello, y así se olvida mucho más que cosa soñada.
10. En lo que tratamos no es así, sino que estando el alma muy
lejos de que ha de ver cosa, ni pasarle por pensamiento, de presto se
le representa muy por junto y revuelve todas las potencias y sentidos
con un gran temor y alboroto, para ponerlas luego en aquella dichosa
paz. Así como cuando fue derrocado San Pablo, vino aquella
tempestad y alboroto en el cielo, así acá en este mundo interior se
hace gran movimiento, y en un punto como he dicho queda todo sosegado,
y esta alma tan enseñada de unas tan grandes verdades, que no ha
menester otro maestro; que la verdadera sabiduría sin trabajo suyo la
ha quitado la torpeza, y dura con una certidumbre el alma de que esta
merced es de Dios, algún espacio de tiempo, que aunque más le
dijesen lo contrario, entonces no la podrían poner temor de que puede
haber engaño. Después, poniéndosele el confesor, la deja Dios
para que ande vacilando en que por sus pecados sería posible; mas no
creyendo, sino como he dicho en estotras cosas a manera de tentaciones
en cosas de la fe, que puede el demonio alborotar, mas no dejar el
alma de estar firme en ella; antes mientras más la combate, más
queda con certidumbre de que el demonio no la podría dejar con tantos
bienes, como ello es así, que no puede tanto en lo interior del
alma; podrá él representarlo, mas no con esta verdad y majestad y
operaciones.
11. Como los confesores no pueden ver esto ni, por ventura, a
quien Dios hace esta merced, sabérselo decir, temen y con mucha
razón. Y así es menester ir con aviso, hasta aguardar tiempo del
fruto que hacen estas apariciones, e ir poco a poco mirando la humildad
con que dejan al alma y la fortaleza en la virtud; que si es de
demonio, presto dará señal y le cogerán en mil mentiras. Si el
confesor tiene experiencia y ha pasado por estas cosas, poco tiempo ha
menester para entenderlo, que luego en la relación verá si es Dios,
o imaginación, o demonio, en especial si le ha dado Su Majestad don
de conocer espíritus, que si éste tiene y letras, aunque no tenga
experiencia, lo conocerá muy bien.
12. Lo que es mucho menester, hermanas, es que andéis con gran
llaneza y verdad con el confesor, no digo en decir los pecados, que
eso claro está, sino en contar la oración; porque si no hay esto,
no aseguro que vais bien, ni que es Dios el que os enseña; que es
muy amigo que al que está en su lugar se trate con la verdad y claridad
que consigo mismo, deseando entienda todos sus pensamientos, cuánto
más las obras, por pequeñas que sean. Y con esto no andéis
turbadas ni inquietas, que aunque no fuese de Dios, si tenéis
humildad y buena conciencia no os dañará; que sabe Su Majestad
sacar de los males bienes, y que por el camino que el demonio os
quería hacer perder, ganaréis más. Pensando que os hace tan
grandes mercedes, os esforzaréis a contentarle mejor y andar siempre
ocupada en la memoria su figura, que como decía un gran letrado, que
el demonio es gran pintor, y si le mostrase muy al vivo una imagen del
Señor, que no le pesaría, para con ella avivar la devoción y hacer
al demonio guerra con sus mismas maldades; que aunque un pintor sea muy
malo, no por eso se ha de dejar de reverenciar la imagen que hace, si
es de todo nuestro Bien.
13. Parecíale muy mal lo que algunos aconsejan, que den higas
cuando así viesen alguna visión; porque decía que adondequiera que
veamos pintado a nuestro Rey, le hemos de reverenciar; y veo que
tiene razón, porque aun acá se sentiría: si supiese una persona que
quiere bien a otra que hacía semejantes vituperios a su retrato, no
gustaría de ello. Pues ¿cuánto más es razón que siempre se tenga
respeto adonde viéremos un crucifijo o cualquier retrato de nuestro
Emperador? Aunque he escrito en otra parte esto, me holgué de
ponerlo aquí, porque vi que una persona anduvo afligida, que la
mandaban tomar este remedio. No sé quién le inventó tan para
atormentar a quien no pudiere hacer menos de obedecer, si el confesor
le da este consejo, pareciéndole va perdida si no lo hace, y el mío
es que, aunque os le dé, le digáis esta razón con humildad y no le
toméis. En extremo me cuadró mucho las buenas que me dio quien me lo
dijo en este caso.
14. Una gran ganancia saca el alma de esta merced del Señor, que
es, cuando piensa en El o en su vida y Pasión, acordarse de su
mansísimo y hermoso rostro, que es grandísimo consuelo, como acá
nos le daría mayor haber visto a una persona que nos hace mucho bien
que si nunca la hubiésemos conocido. Yo os digo que hace harto
consuelo y provecho tan sabrosa memoria.
Otros bienes trae consigo hartos, mas como queda dicho tanto de los
efectos que hacen estas cosas y se ha de decir más, no me quiero
cansar ni cansaros, sino avisaros mucho que cuando sabéis u oís que
Dios hace estas mercedes a las almas, jamás le supliquéis ni
deseéis que os lleve por este camino; aunque os parezca muy bueno, y
se ha de tener en mucho y reverenciar, no conviene por algunas
razones: la primera, porque es falta de humildad querer vos se os dé
lo que nunca habéis merecido, y así creo que no tendrá mucha quien
lo deseare; porque así como un bajo labrador está lejos de desear ser
rey, pareciéndole imposible, porque no lo merece, así lo está el
humilde de cosas semejantes; y creo yo que nunca se darán, porque
primero da el Señor un gran conocimiento propio que hace estas
mercedes. Pues ¿cómo entenderá con verdad que se la hace muy grande
en no tenerla en el infierno, quien tiene tales pensamientos? La
segunda, porque está muy cierto ser engañado, o muy a peligro,
porque no ha menester el demonio más de ver una puerta pequeña abierta
para hacernos mil trampantojos. La tercera, la misma imaginación,
cuando hay un gran deseo, y la misma persona se hace entender que ve
aquello que desea, y lo oye, como los que andan con gana de una cosa
entre día y mucho pensando en ella, que acaece venirla a soñar. La
cuarta, es muy gran atrevimiento que quiera yo escoger camino no
sabiendo el que me conviene más, sino dejar al Señor, que me
conoce, que me lleve por el que conviene, para que en todo haga su
voluntad. La quinta, ¿pensáis que son pocos los trabajos que
padecen los que el Señor hace estas mercedes? No, sino grandísimos
y de muchas maneras. ¿Qué sabéis vos si seríais para sufrirlos?
La sexta, si por lo mismo que pensáis ganar, perderéis, como hizo
Saúl por ser rey.
16. En fin, hermanas, sin éstas hay otras; y creedme que es lo
más seguro no querer sino lo que quiere Dios, que nos conoce más que
nosotros mismos y nos ama. Pongámonos en sus manos, para que sea
hecha su voluntad en nosotras, y no podemos errar, si con determinada
voluntad nos estamos siempre en esto. Y habéis de advertir, que por
recibir muchas mercedes de éstas no se merece más gloria, porque
antes quedan más obligadas a servir, pues es recibir más. En lo que
es más merecer, no nos lo quita el Señor, pues está en nuestra
mano; y así hay muchas personas santas que jamás supieron qué cosa
es recibir una de aquestas mercedes; y otras que las reciben, que no
lo son. Y no penséis que es continuo, antes por una vez que las hace
el Señor son muy muchos los trabajos; y así el alma no se acuerda si
las ha de recibir más, sino cómo las servir.
17. Verdad es que debe ser grandísima ayuda para tener las virtudes
en más subida perfección; mas el que las tuviere con haberlas ganado
a costa de su trabajo, mucho más merecerá. Yo sé de una persona,
a quien el Señor había hecho algunas de estas mercedes y aun de dos,
la una era hombre, que estaban tan deseosas de servir a Su Majestad a
su costa, sin estos grandes regalos, y tan ansiosas por padecer, que
se quejaban a nuestro Señor porque se los daba, y si pudieran no
recibirlos, lo excusaran. Digo regalos, no de estas visiones, que,
en fin, ven la gran ganancia y son mucho de estimar, sino los que da
el Señor en la contemplación.
18. Verdad es que también son estos deseos sobrenaturales, a mi
parecer, y de almas muy enamoradas, que querrían viese el Señor que
no le sirven por sueldo; y así como he dicho jamás se les acuerda que
han de recibir gloria por cosa, para esforzarse más por eso a servir,
sino de contentar al amor, que es su natural obrar siempre de mil
maneras. Si pudiese, querría buscar invenciones para consumirse el
alma en él; y si fuese menester quedar para siempre aniquilada para la
mayor honra de Dios lo haría de muy buena gana. Sea alabado para
siempre, amén, que abajándose a comunicar con tan miserables
criaturas, quiere mostrar su grandeza.
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