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1. Pareceros ha, hermanas, que está dicho tanto en este camino
espiritual, que no es posible quedar nada por decir. Harto desatino
sería pensar esto; pues la grandeza de Dios no tiene término,
tampoco le tendrán sus obras. ¿Quién acabará de contar sus
misericordias y grandezas? Es imposible, y así no os espantéis de
lo que está dicho y se dijere, porque es una cifra de lo que hay que
contar de Dios. Harta misericordia nos hace que haya comunicado estas
cosas a persona que las podamos venir a saber, para que mientras más
supiéremos que se comunica con las criaturas, más alabaremos su
grandeza y nos esforzaremos a no tener en poco almas con que tanto se
deleita el Señor, pues cada una de nosotras la tiene, sino que como
no las preciamos como merece criatura hecha a la imagen de Dios, así
no entendemos los grandes secretos que están en ella.
Plega a Su Majestad, si es servido, menee la pluma y me dé a
entender cómo yo os diga algo de lo mucho que hay que decir y da Dios
a entender a quien mete en esta morada. Harto lo he suplicado a Su
Majestad, pues sabe que mi intento es que no estén ocultas sus
misericordias, para que más sea alabado y glorificado su nombre.
2. Esperanza tengo que, no por mí, sino por nosotras, hermanas,
me ha de hacer esta merced, para que entendáis lo que os importa que
no quede por vosotras el celebrar vuestro Esposo este espiritual
matrimonio con vuestras almas, pues trae tantos bienes consigo como
veréis. ¡Oh gran Dios!, parece que tiembla una criatura tan
miserable como yo de tratar en cosa tan ajena de lo que merezco
entender. Y es verdad que he estado en gran confusión pensando si
será mejor acabar con pocas palabras esta morada; porque me parece que
han de pensar que yo lo sé por experiencia, y háceme grandísima
vergüenza, porque, conociéndome la que soy, es terrible cosa. Por
otra parte, me ha parecido que es tentación y flaqueza, aunque más
juicios de estos echéis. Sea Dios alabado y entendido un poquito
más, y gríteme todo el mundo; cuánto más que estaré yo quizá
muerta cuando se viniere a ver. Sea bendito el que vive para siempre y
vivirá, amén.
3. Cuando nuestro Señor es servido haber piedad de lo que padece y
ha padecido por su deseo esta alma que ya espiritualmente ha tomado por
esposa, primero que se consuma el matrimonio espiritual métela en su
morada, que es esta séptima; porque así como la tiene en el cielo,
debe tener en el alma una estancia adonde sólo Su Majestad mora, y
digamos otro cielo. Porque nos importa mucho, hermanas, que no
entendamos es el alma alguna cosa oscura; que como no la vemos, lo
más ordinario debe parecer que no hay otra luz interior sino ésta que
vemos, y que está dentro de nuestra alma alguna oscuridad. De la que
no está en gracia yo os lo confieso, y no por falta del Sol de
Justicia que está en ella dándole ser; sino por no ser ella capaz
para recibir la luz, como creo dije en la primera morada, que había
entendido una persona que estas desventuradas almas es así que están
como en una cárcel oscura, atadas de pies y manos para hacer ningún
bien que les aproveche para merecer, y ciegas y mudas. Con razón
podemos compadecernos de ellas y mirar que algún tiempo nos vimos así
y que también puede el Señor haber misericordia de ellas.
4. Tomemos, hermanas, particular cuidado de suplicárselo y no nos
descuidar, que es grandísima limosna rogar por los que están en
pecado mortal; muy mayor que sería si viésemos un cristiano atadas
las manos atrás con una fuerte cadena y él amarrado a un poste y
muriendo de hambre, y no por falta de qué coma, que tiene cabe sí
muy extremados manjares, sino que no los puede tomar para llegarlos a
la boca, y aun está con grande hastío, y ve que va ya a expirar, y
no muerte como acá, sino eterna, ¿no sería gran crueldad estarle
mirando y no le llegar a la boca qué comiese? Pues ¿qué si por
vuestra oración le quitasen las cadenas? Ya lo veis. Por amor de
Dios os pido que siempre tengáis acuerdo en vuestras oraciones de
almas semejantes.
5. No hablamos ahora con ellas, sino con las que ya, por la
misericordia de Dios, han hecho penitencia por sus pecados y están en
gracia, que podemos considerar no una cosa arrinconada y limitada,
sino un mundo interior, adonde caben tantas y tan lindas moradas como
habéis visto; y así es razón que sea, pues dentro de esta alma hay
morada para Dios.
Pues cuando Su Majestad es servido de hacerle la merced dicha de este
divino matrimonio, primero la mete en su morada, y quiere Su
Majestad que no sea como otras veces que la ha metido en estos
arrobamientos, que yo bien creo que la une consigo entonces y en la
oración que queda dicha de unión, aunque no le parece al alma que es
tan llamada para entrar en su centro, como aquí en esta morada, sino
a la parte superior. En esto va poco: sea de una manera o de otra,
el Señor la junta consigo; mas es haciéndola ciega y muda, como lo
quedó San Pablo en su conversión, y quitándola el sentir cómo o
de qué manera es aquella merced que goza; porque el gran deleite que
entonces siente el alma, es de verse cerca de Dios. Mas cuando la
junta consigo, ninguna cosa entiende, que las potencias todas se
pierden.
6. Aquí es de otra manera: quiere ya nuestro buen Dios quitarla
las escamas de los ojos y que vea y entienda algo de la merced que le
hace, aunque es por una manera extraña; y metida en aquella morada,
por visión intelectual, por cierta manera de representación de la
verdad, se le muestra la Santísima Trinidad, todas tres personas,
con una inflamación que primero viene a su espíritu a manera de una
nube de grandísima claridad, y estas Personas distintas, y por una
noticia admirable que se da al alma, entiende con grandísima verdad
ser todas tres Personas una sustancia y un poder y un saber y un solo
Dios; de manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el
alma, podemos decir, por vista, aunque no es vista con los ojos del
cuerpo, porque no es visión imaginaria. Aquí se le comunican todas
tres Personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que
dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría El y el Padre y
el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus
mandamientos.
7. ¡Oh, válgame Dios! ¡Cuán diferente cosa es oír estas
palabras y creerlas, a entender por esta manera cuán verdaderas son!
Y cada día se espanta más esta alma, porque nunca más le parece se
fueron de con ella, sino que notoriamente ve, de la manera que queda
dicho, que están en lo interior de su alma, en lo muy muy interior,
en una cosa muy honda, que no sabe decir cómo es, porque no tiene
letras, siente en sí esta divina compañía.
8. Pareceros ha que, según esto, no andará en sí, sino tan
embebida que no pueda entender en nada. Mucho más que antes, en todo
lo que es servicio de Dios, y en faltando las ocupaciones, se queda
con aquella agradable compañía; y si no falta a Dios el alma,
jamás El la faltará, a mi parecer, de darse a conocer tan
conocidamente su presencia; y tiene gran confianza que no la dejará
Dios, pues la ha hecho esta merced, para que la pierda; y así se
puede pensar, aunque no deja de andar con más cuidado que nunca, para
no le desagradar en nada.
9. El traer esta presencia entiéndese que no es tan enteramente,
digo tan claramente, como se le manifiesta la primera vez y otras
algunas que quiere Dios hacerle este regalo; porque si esto fuese,
era imposible entender en otra cosa, ni aun vivir entre la gente; mas
aunque no es con esta tan clara luz siempre que advierte se halla con
esta compañía. Digamos ahora como una persona que estuviese en una
muy clara pieza con otras y cerrasen las ventanas y se quedase a
oscuras; no porque se quitó la luz para verlas y que hasta tornar la
luz no las ve, deja de entender que están allí. Es de preguntar si
cuando torna la luz y las quiere tornar a ver, si puede. Esto no
está en su mano, sino cuando quiere nuestro Señor que se abra la
ventana del entendimiento; harta misericordia la hace en nunca se ir de
con ella y querer que ella lo entienda tan entendido.
10. Parece que quiere aquí la divina Majestad disponer el alma
para más con esta admirable compañía; porque está claro que será
bien ayudada para en todo ir adelante en la perfección y perder el
temor que traía algunas veces de las demás mercedes que la hacía,
como queda dicho. Y así fue, que en todo se hallaba mejorada, y le
parecía que por trabajos y negocios que tuviese, lo esencial de su
alma jamás se movía de aquel aposento, de manera que en alguna manera
le parecía había división en su alma, y andando con grandes
trabajos, que poco después que Dios le hizo esta merced tuvo, se
quejaba de ella, a manera de Marta cuando se quejó de María, y
algunas veces la decía que se estaba ella siempre gozando de aquella
quietud a su placer, y la deja a ella en tantos trabajos y
ocupaciones, que no la puede tener compañía.
11. Esto os parecerá, hijas, desatino, mas verdaderamente pasa
así; que aunque se entiende que el alma está toda junta, no es
antojo lo que he dicho, que es muy ordinario. Por donde decía yo que
se ven cosas interiores, de manera que cierto se entiende hay
diferencia en alguna manera, y muy conocida, del alma al espíritu,
aunque más sea todo uno. Conócese una división tan delicada, que
algunas veces parece obra de diferente manera lo uno de lo otro, como
el sabor que les quiere dar el Señor. También me parece que el alma
es diferente cosa de las potencias y que no es todo una cosa. Hay
tantas y tan delicadas en lo interior, que sería atrevimiento ponerme
yo a declararlas. Allá lo veremos, si el Señor nos hace merced de
llevarnos por su misericordia, adonde entendamos estos secretos.
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