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1. No habéis de entender, hermanas, que siempre en un ser están
estos efectos que he dicho en estas almas, que por eso adonde se me
acuerda digo "lo ordinario"; que algunas veces las deja nuestro
Señor en su natural, y no parece sino que entonces se juntan todas
las cosas ponzoñosas del arrabal y moradas de este castillo para
vengarse de ellas por el tiempo que no las pueden haber a las manos.
2. Verdad es que dura poco: un día lo más, o poco más; y en
este gran alboroto, que procede lo ordinario de alguna ocasión, se ve
lo que gana el alma en la buena compañía que está, porque la da el
Señor una gran entereza para no torcer en nada de su servicio y buenas
determinaciones, sino que parece le crecen, y por un primer movimiento
muy pequeño no tuercen de esta determinación. Como digo, es pocas
veces, sino que quiere nuestro Señor que no pierda la memoria de su
ser, para que siempre esté humilde, lo uno; lo otro, porque
entienda más lo que debe a Su Majestad y la grandeza de la merced que
recibe, y le alabe.
3. Tampoco os pase por pensamiento que por tener estas almas tan
grandes deseos y determinación de no hacer una imperfección por cosa
de la tierra, dejan de hacer muchas, y aun pecados. De advertencia
no, que las debe el Señor a estas tales dar muy particular ayuda para
esto. Digo pecados veniales, que de los mortales, que ellas
entiendan, están libres, aunque no seguras; que tendrán algunos que
no entienden, que no les será pequeño tormento. También se le dan
las almas que ven que se pierden; y aunque en alguna manera tienen gran
esperanza que no serán de ellas, cuando se acuerdan de algunos que
dice la Escritura que parecía eran favorecidos del Señor, como un
Salomón, que tanto comunicó con Su Majestad, no pueden dejar de
temer, como tengo dicho; y la que se viere de vosotras con mayor
seguridad en sí, ésa tema más, porque bienaventurado el varón que
teme a Dios, dice David. Su Majestad nos ampare siempre;
suplicárselo para que no le ofendamos es la mayor seguridad que podemos
tener. Sea por siempre alabado, amén.
4. Bien será, hermanas, deciros qué es el fin para que hace el
Señor tantas mercedes en este mundo. Aunque en los efectos de ellas
lo habréis entendido, si advertisteis en ello, os lo quiero tornar a
decir aquí, porque no piense alguna que es para sólo regalar estas
almas, que sería grande yerro; porque no nos puede Su Majestad
hacer mayor, que es darnos vida que sea imitando a la que vivió su
Hijo tan amado; y así tengo yo por cierto que son estas mercedes para
fortalecer nuestra flaqueza como aquí he dicho alguna vez para poderle
imitar en el mucho padecer.
5. Siempre hemos visto que los que más cercanos anduvieron a Cristo
nuestro Señor fueron los de mayores trabajos: miremos los que pasó
su gloriosa Madre y los gloriosos apóstoles. ¿Cómo pensáis que
pudiera sufrir San Pablo tan grandísimos trabajos? Por él podemos
ver qué efectos hacen las verdaderas visiones y contemplación, cuando
es de nuestro Señor y no imaginación o engaño del demonio. ¿Por
ventura escondióse con ellas para gozar de aquellos regalos y no
entender en otra cosa? Ya lo veis, que no tuvo día de descanso, a
lo que podemos entender, y tampoco le debía tener de noche, pues en
ella ganaba lo que había de comer. Gusto yo mucho de San Pedro
cuando iba huyendo de la cárcel y le apareció nuestro Señor y le
dijo que iba a Roma a ser crucificado otra vez. Ninguna rezamos esta
fiesta adonde esto está, que no me es particular consuelo. ¿Cómo
quedó San Pedro de esta merced del Señor, o qué hizo? Irse
luego a la muerte; y no es poca misericordia del Señor hallar quien
se la dé.
6. ¡Oh hermanas mías, qué olvidado debe tener su descanso, y
qué poco se le debe de dar de honra, y qué fuera debe estar de querer
ser tenida en nada el alma adonde está el Señor tan particularmente!
Porque si ella está mucho con El, como es razón, poco se debe de
acordar de sí; toda la memoria se le va en cómo más contentarle, y
en qué o por dónde mostrará el amor que le tiene. Para esto es la
oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual: de
que nazcan siempre obras, obras.
7. Esta es la verdadera muestra de ser cosa y merced hecha de Dios
como ya os he dicho, porque poco me aprovecha estarme muy recogida a
solas haciendo actos con nuestro Señor, proponiendo y prometiendo de
hacer maravillas por su servicio, si en saliendo de allí, que se
ofrece la ocasión, lo hago todo al revés. Mal dije que aprovechará
poco, que todo lo que se está con Dios aprovecha mucho; y estas
determinaciones, aunque seamos flacos en no las cumplir después,
alguna vez, nos dará Su Majestad cómo lo hagamos, y aun quizá
aunque nos pese, como acaece muchas veces: que, como ve un alma muy
cobarde, dale un muy gran trabajo, bien contra su voluntad, y sácala
con ganancia; y después, como esto entiende el alma, queda más
perdido el miedo, para ofrecerse más a El. Quise decir que es
poco, en comparación de lo mucho más que es que conformen las obras
con los actos y palabras, y que la que no pudiere por junto, sea poco
a poco; vaya doblando su voluntad, si quiere que le aproveche la
oración: que dentro de estos rincones no faltarán hartas ocasiones en
que lo podáis hacer.
8. Mirad que importa esto mucho más que yo os sabré encarecer.
Poned los ojos en el Crucificado y haráseos todo poco. Si Su
Majestad nos mostró el amor con tan espantables obras y tormentos,
¿cómo queréis contentarle con sólo palabras? ¿Sabéis qué es ser
espirituales de veras? Hacerse esclavos de Dios, a quien,
señalados con su hierro que es el de la cruz, porque ya ellos le han
dado su libertad, los pueda vender por esclavos de todo el mundo, como
El lo fue; que no les hace ningún agravio ni pequeña merced. Y si
a esto no se determinan, no hayan miedo que aprovechen mucho, porque
todo este edificio como he dicho es su cimiento humildad; y si no hay
ésta muy de veras, aun por vuestro bien no querrá el Señor subirle
muy alto, porque no dé todo en el suelo. Así que, hermanas, para
que lleve buenos cimientos, procurad ser la menor de todas y esclava
suya, mirando cómo o por dónde las podéis hacer placer y servir;
pues lo que hiciereis en este caso, hacéis más por vos que por
ellas, poniendo piedras tan firmes, que no se os caiga el castillo.
9. Torno a decir, que para esto es menester no poner vuestro
fundamento sólo en rezar y contemplar; porque, si no procuráis
virtudes y hay ejercicio de ellas, siempre os quedaréis enanas; y aun
plega a Dios que sea sólo no crecer, porque ya sabéis que quien no
crece, descrece; porque el amor tengo por imposible contentarse de
estar en un ser, adonde le hay.
10. Pareceros ha que hablo con los que comienzan, y que después
pueden ya descansar. Ya os he dicho que el sosiego que tienen estas
almas en lo interior, es para tenerle muy menos, ni querer tenerle,
en lo exterior. ¿Para qué pensáis que son aquellas inspiraciones
que he dicho, o por mejor decir aspiraciones, y aquellos recaudos que
envía el alma del centro interior a la gente de arriba del castillo, y
a las moradas que están fuera de donde ella está? ¿Es para que se
echen a dormir? ¡No, no, no!, que más guerra les hace desde
allí, para que no estén ociosas potencias y sentidos y todo lo
corporal, que les ha hecho cuando andaba con ellos padeciendo; porque
entonces no entendía la ganancia tan grande que son los trabajos, que
por ventura han sido medios para traerla Dios allí, y cómo la
compañía que tiene le da fuerzas muy mayores que nunca. Porque si
acá dice David que con los santos seremos santos, no hay que dudar,
sino que, estando hecha una cosa con el Fuerte por la unión tan
soberana de espíritu con espíritu, se le ha de pegar fortaleza, y
así veremos la que han tenido los santos para padecer y morir.
11. Es muy cierto que aun de la que ella allí se le pega, acude a
todos los que están en el castillo, y aun al mismo cuerpo, que parece
muchas veces no se siente; sino, esforzado con el esfuerzo que tiene
el alma bebiendo del vino de esta bodega, adonde la ha traído su
Esposo y no la deja salir, redunda en el flaco cuerpo, como acá el
manjar que se pone en el estómago da fuerza a la cabeza y a todo él.
Y así tiene harta malaventura mientras vive; porque, por mucho que
haga, es mucho más la fuerza interior y la guerra que se le da, que
todo le parece nonada. De aquí debían venir las grandes penitencias
que hicieron muchos santos, en especial la gloriosa Magdalena, criada
siempre en tanto regalo, y aquella hambre que tuvo nuestro padre
Elías de la honra de su Dios y tuvo Santo Domingo y San Francisco
de allegar almas para que fuese alabado; que yo os digo que no debían
pasar poco, olvidados de sí mismos.
12. Esto quiero yo, mis hermanas, que procuremos alcanzar, y no
para gozar, sino para tener estas fuerzas para servir: deseemos y nos
ocupemos en la oración; no queramos ir por camino no andado, que nos
perderemos al mejor tiempo; y sería bien nuevo pensar tener estas
mercedes de Dios por otro que el que El fue y han ido todos sus
santos; no nos pase por pensamiento; creedme, que Marta y María
han de andar juntas para hospedar al Señor y tenerle siempre consigo,
y no le hacer mal hospedaje no le dando de comer. ¿Cómo se lo diera
María, sentada siempre a sus pies, si su hermana no le ayudara? Su
manjar es que de todas las maneras que pudiéremos lleguemos almas para
que se salven y siempre le alaben.
13. Decirme heis dos cosas: la una, que dijo que María había
escogido la mejor parte. Y es que ya había hecho el oficio de
Marta, regalando al Señor en lavarle los pies y limpiarlos con sus
cabellos, y ¿pensáis que le sería poca mortificación a una señora
como ella era, irse por esas calles, y por ventura sola, porque no
llevaba hervor para entender cómo iba, y entrar adonde nunca había
entrado, y después sufrir la murmuración del fariseo y otras muy
muchas que debía sufrir? Porque ver en el pueblo una mujer como ella
hacer tanta mudanza, y como sabemos, entre tan mala gente, que
bastaba ver que tenía amistad con el Señor, a quien ellos tenían
tan aborrecido, para traer a la memoria la vida que había hecho, y
que se quería ahora hacer santa, porque está claro que luego mudaría
vestido y todo lo demás; pues ahora se dice a personas, que no son
tan nombradas, ¿qué sería entonces? Yo os digo, hermanas, que
venía "la mejor parte" sobre hartos trabajos y mortificación, que
aunque no fuera sino ver a su Maestro tan aborrecido, era intolerable
trabajo. Pues los muchos que después pasó en la muerte del Señor y
en los años que vivió, en verse ausente de El, que serían de
terrible tormento, se verá que no estaba siempre con regalo de
contemplación a los pies del Señor. Tengo para mí que el no haber
recibido martirio fue por haberle pasado en ver morir al Señor.
14. La otra, que no podéis vosotras, ni tenéis cómo allegar
almas a Dios; que lo haríais de buena gana, mas que no habiendo de
enseñar ni de predicar, como hacían los apóstoles, que no sabéis
cómo. A esto he respondido por escrito algunas veces, y aun no sé
si en este Castillo; mas porque es cosa que creo os pasa por
pensamiento, con los deseos que os da el Señor, no dejaré de
decirlo aquí: ya os dije en otra parte que algunas veces nos pone el
demonio deseos grandes, porque no echemos mano de lo que tenemos a mano
para servir a nuestro Señor en cosas posibles, y quedemos contentas
con haber deseado las imposibles. Dejado que en la oración ayudaréis
mucho, no queráis aprovechar a todo el mundo, sino a las que están
en vuestra compañía, y así será mayor la obra, porque estáis a
ellas más obligada. ¿Pensáis que es poca ganancia que sea vuestra
humildad tan grande, y mortificación, y el servir a todas, y una
gran caridad con ellas, y un amor del Señor, que ese fuego las
encienda a todas, y con las demás virtudes siempre las andéis
despertando? No será sino mucha, y muy agradable servicio al
Señor, y con esto que ponéis por obra que podéis, entenderá Su
Majestad que haríais mucho más; y así os dará premio como si le
ganaseis muchas.
15. Diréis que esto no es convertir, porque todas son buenas.
¿Quién os mete en eso? Mientras fueren mejores, más agradables
serán sus alabanzas al Señor y más aprovechará su oración a los
prójimos.
En fin, hermanas mías, con lo que concluyo es, que no hagamos
torres sin fundamento, que el Señor no mira tanto la grandeza de las
obras como el amor con que se hacen; y como hagamos lo que
pudiéremos, hará Su Majestad que vayamos pudiendo cada día más y
más, como no nos cansemos luego, sino que lo poco que dura esta vida
y quizá será más poco de lo que cada una piensa interior y
exteriormente ofrezcamos al Señor el sacrificio que pudiéremos, que
Su Majestad le juntará con el que hizo en la cruz por nosotras al
Padre, para que tenga el valor que nuestra voluntad hubiere merecido,
aunque sean pequeñas las obras.
16. Plega a Su Majestad, hermanas e hijas mías, que nos veamos
todas adonde siempre le alabemos, y me dé gracia para que yo obre algo
de lo que os digo, por los méritos de su Hijo, que vive y reina por
siempre jamás amén; que yo os digo que es harta confusión mía, y
así os pido por el mismo Señor que no olvidéis en vuestras oraciones
esta pobre miserable.
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